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jueves, 22 de junio de 2017

Decir adiós

Dicen que durante la adolescencia comienzas a sufrir una serie de cambios que te convertirán en una persona adulta: se te engruesa la voz, te crece vello púbico, barba, bigote, te sientes desconcertado, malhumorado, molesto por cualquier cosa, crees que nadie te entiende, pero, sobre todo, recalcan una y otra vez que comenzarás a ver a las mujeres de forma distinta. Resulta que cumples catorce años y las mujeres pasan de ser tus compañeras de juego a convertirse en una especie de presa que debes asechar, ya no pueden ser tus amigas, porque de repente te conviertes en un enemigo, alguien en quien no se puede confiar, y debes mantenerte alejado de ellas, guardar la distancia, a menos, claro, que estés pensando en casarte, tener hijos, y vivir para siempre a su lado, de lo contrario, es mejor no hablarles y… bueno, la adolescencia es un período difícil.
            No quiero decir que yo sea una persona especial y que ninguno de esos cambios tuvo efecto en mí, porque soy único y diferente de todos los demás. No es eso, lo cierto es que mi voz no se volvió más gruesa, mi cara es tan lampiña como hace cinco años y las mujeres… bueno, me causó una gran impresión que de repente ya no estuvieran ahí, ya no quisieran (o no tuvieran permiso) de ir al cine, al parque, al centro comercial conmigo. Como estudio en un colegio de varones, de por sí ya era complejo mantener unas pocas amistades con chicas de mi edad, así que de repente me sentí abandonado, abrumado y solo. Sí, creo que después de todo sí había entrado en la adolescencia junto con todos los demás.
            Gabriel era mi mejor amigo en la escuela. Él es un tanto excéntrico, un muchacho muy desinhibido, a diferencia mía, que solía hacer bromas sobre que era homosexual en una escuela católica, todo un caso, yo me doblaba de risa cada que les decía a los otros compañeros que estaban bien guapos y trataba de tomarlos de la mano. Gabriel y yo hacíamos todo juntos: íbamos a la escuela, luego al gimnasio, estábamos en la misma compañía de teatro, él quería ser actor, yo sólo entré por él, teníamos los mismos amigos en común, juagábamos a los mismos juegos. Y de compañeros y amigos nos convertimos también en cómplices, cuando Gabriel comenzó a interesarse en las chicas, me volví su brazo derecho, me encargaba de conocer a la muchacha en cuestión, saber qué le gustaba, sus intereses, sus miedos, y luego realizaba una estrategia para que Gabriel pudiera conquistarla, y funcionaba.
            Todo iba bien, hasta que llegamos a los últimos meses de la secundaria. Ambos teníamos un plan, nos quedaríamos a estudiar la preparatoria en la misma escuela, seguiríamos siendo los mejores amigos para siempre, haríamos mejores planes para conquistar muchachas. Gabriel se interesó en Lucy, la amiga de una amiga, y comenzó mi tarea de investigación. Acercarme a Lucy no fue nada sencillo, ella era mucho más compleja que el resto de amigas que teníamos, era, por decirlo de alguna forma, más madura. Casi puedo asegurar que Lucy, desde el principio, sabía cuál era nuestro modus operandi, pero no se inmutó, me seguía la plática, y hasta me buscaba para conversar. Salimos un par de veces luego de la escuela y tuvimos conversaciones muy profundas e interesantes. En nuestra tercera cita Lucy me preguntó, sin mayores rodeos, por qué hacía eso por Gabriel, entonces no supe qué decir, me quedé pasmado, jamás imaginé que alguien pudiera sospechar que Gabriel y yo estábamos coludidos. Le respondí que no era por Gabriel, que lo hacía por mí, porque ella me gustaba. Y hasta cierto punto era verdad, esas semanas que habíamos compartido hicieron que comenzara a estrechar lazos con Lucy. Ella no respondió, se acercó mucho a mí, me miró directamente a los ojos, me tomo de la cabeza con ambas manos y me dio un beso en los labios. El tiempo se detuvo por un momento y yo me quedé ahí, sintiendo en los labios de Lucy la traición que le hacía a Gabriel. Cuando Lucy separó sus labios de los míos, yo respiraba aceleradamente, mi corazón palpitaba a toda velocidad en mi pecho y sentí como la sangre coloreaba mi rostro. Entonces Lucy me dijo: “lo que dices no es verdad. Mira, no andaré con Gabriel, pero si tú de verdad quieres que sea tu novia, llámame. Por cierto, no respondiste mi pregunta, y no quiero que me respondas ahora, pero respóndete a ti mismo, no te engañes ¿por qué haces esto por Gabriel?” Dio media vuelta y se fue.
            Regresé a casa desconcertado. No sabía qué iba a decirle a Gabriel, pero, sobre todo, no sabía a qué se refería Lucy. Estuve pensando durante horas y horas qué quería decir, pero no lo comprendía. Y el beso… había dado mi primer beso a una pretendida de Gabriel ¿cómo podría decir que era su mejor amigo? Me sentía tan mal que no quería volver a ver a Gabriel, estaba tan avergonzado. Fingí una enfermedad para no ir a la escuela, pensé que sería suficiente para darme tiempo y pensar, pero no fue así, a las tres de la tarde llegó Gabriel a mi casa, preocupado porque me había enfermado. Le pedí que se fuera, porque no quería contagiarlo, pero se quedó, ahí, parado en la puerta, con una sonrisa franca, luego me dio un abrazo y me dijo “no te ves enfermo”. Entonces yo me puse muy nervioso. “Gabriel, debo hablar contigo, es sobre Lucy…”, “A, no má” me interrumpió “ya tienes un plan, la verdad es que esa chava sí me gusta un buen”, “mira, no sé cómo decirte esto…, es que ella no quiere andar contigo porque… le gusta alguien más”, “Ah, sí ¿Quién?”, “Yo…”, “¿En serio? Oye, felicidades, por fin tendrás novia…”, “Gabriel, ¿no estás enojado?”, “Ay, no mames, ¿no me digas que por eso no fuiste a la escuela hoy”, “yo…”, “mira, está muy chido que le gustes a Lucy, la neta eres bien chido, hasta yo andaría contigo”. Entonces me dio la mano y pude sentir la fuerza de su apretón. Lo rodee con mis brazos y comencé a sentir que no quería que aquel momento terminara nunca. Una fuerte emoción me invadió y sólo pude manifestarla derramando lágrimas sobre su hombro mientras intentaba decir gracias. Gabriel me secó las lágrimas con su playera, me dio una palmada en la mejilla, luego me guiñó un ojo y me dijo “nos vemos mañana en la escuela”.
            Parecía que todo volvería a la normalidad, pero en la siguiente fiesta que fuimos juntos, conocimos a Samantha y a Gabriel le gustó. Entonces comenzamos llevar a cabo el plan para que él y Samantha se volvieran novios. Pero tampoco funcionó, de alguna forma me volví muy amigo de Samantha, pero ella no quería andar con Gabriel. ¿Es que acaso yo estaba haciendo algo de manera inconsciente para evitar que Samantha saliera con él?
            Estábamos a unas semanas de graduarnos de secundaria, cuando les dije a mis padres que quería cambiarme de escuela, que ya no quería seguir ahí, que había buscado otras opciones y creía que estaría mejor en una escuela mixta, no en una de varones. Mis padres, muy desconcertados al principio, trataron de convencerme de que me quedara ahí. Pero yo supliqué que no fuera así. Finalmente accedieron a cambiarme, de último momento. El último día de clases, informé a todo el grupo que no continuaría con ellos el próximo año. Todos quedaron estupefactos, pero yo quedé pendiente en todo momento de la reacción de Gabriel. Se hizo una rueda a mi alrededor, todos me abrazaban y me decían que me extrañarían, sólo él se quedó alejado. No fue sino hasta el final del día cuando se me acercó, con lágrimas en los ojos y me preguntó “¿por qué te vas? ¿qué voy a hacer en la preparatoria sin ti?”, “estarás bien” le dije “quizá podamos vernos de vez en cuando, no es el fin del mundo”, “Eres mi mejor amigo ¿lo sabes?”, entonces no pude contener más las lágrimas “lo sé, pero estarás mejor sin mí”. No sé por qué lo dije, pero fue así. Luego me fui de la escuela, subí al auto en el que mis papás fueron a recogerme, y mientras enjugaba mis lágrimas envié un mensaje a Lucy para concertar una cita.
            Cuando llegué con Lucy, ella me miró con una sonrisa pícara, y sin más preámbulo me dijo “ya tienes la respuesta ¿verdad?”. Asentí con la cabeza. “Lo hice porque lo amo…” Sentí como un viento tibio desordenaba mis cabellos.

domingo, 18 de septiembre de 2016

Más allá

Te sientes muy fría. Ven, ovíllate a mi lado, deja que te cubra con la frazada. Mucho mejor. Mira, afuera una turba enardecida que avanza hacia el cementerio en busca de otra tumba vacía, pero no te preocupes, no nos pasará nada, aquí estamos seguros, a mi lado no te encontrarán.
Desde aquí puede contemplarse todo el panorama. Recuerdo que desde esta misma ventana te vi por primera vez. Caminabas sigilosa, en la oscuridad, evitando las miradas, oculta entre las sombras. Te amé desde el instante en que nuestras miradas se cruzaron y tú, como una cervatilla asustada, corriste a ocultarte detrás del árbol y te esfumaste en la oscuridad. Así te veía cada noche, siempre a la misma hora, sin retrasarte un solo minuto. Recuerdo también la primera vez que te hablé y tus pasos volaron más prestos que mis palabras. Mas imposible me resultaba olvidarte, no podía borrar las huellas que surcaste en mi memoria. De día evocaba tu imagen y trataba de fijarla con suaves palabras o raudos movimientos de pincel; por las noches, cuando el cansancio se prolongaba en mis párpados, eran tus fantasmagóricos dedos los que cerraban mis ojos, y mis oídos soñaban con tu cálido arrullo cuando el gélido viento soplaba con más fuerza.
Quizá tú no recuerdes cómo una noche, al abrigo de la frondosa copa del árbol al otro lado de la ventana, me decidí a seguir tu noctámbulo paseo. Cuantos esfuerzos me costó el seguir tus pasos tan gráciles y naturales. Fue así como te vi entrar al cementerio. Aquella vez te perdí de vista en cuanto tu cuerpo leve sorteó sin dificultad la muralla que, impertérrita, resguarda los cuerpos de nuestros antepasados. Cuando yo logré entrar ya no estabas, era como si te hubiese tragado la tierra, y aunque ahora que estás a mi lado lo recuerdo con una sonrisa en el rostro, debo admitir que esa noche sentí un terror tan profundo que mi mente no alcanzó el reposo sino hasta que la luna no completó un ciclo.
Pero era mi amor tan profundo, tan sublime, que no podía dejar que el miedo contuviera mis piernas. Fue la fuerza de Eros la que impulsó mis piernas para que pudiera seguirte hasta lo más profundo del cementerio, recorrías laberínticos senderos siempre al abrigo de las sombras. Cuando al fin te detuviste frente a una tumba y comenzaste a cavar, mis ojos no daban crédito a tus acciones, pero te observé con cautela, mi curiosidad era casi tan fuerte como el amor que por ti siento. Esa noche te vi desenterrar el cuerpo. La escasa luz de la luna confería a ese cuerpo frágil, lleno de tierra, un aspecto natural, parecía que entre tus brazos se llenara de vida.
Y te vi cada noche repetir el mismo ritual. Llegar al cementerio, desenterrar el cuerpo, limpiar cada centímetro con tus besos apasionados, yacer a su lado, y unas horas antes del amanecer, volver a enterrarlo y dejar todo como si nada hubiera pasado. Debo confesarte que los celos mórbidos que me invadían eran opacados por el placer de la contemplación de la escena. Ver tu cuerpo desnudo a lado del suyo me hacía rabiar de coraje y suspirar de ternura. No podía entenderte, no comprendía por qué huías de los vivos para refugiarte con un cadáver putrefacto, me resultaba imposible en ese entonces entender por qué profesabas tal cariño, tal dedicación, a ese cuerpo que, lo único que tenía de vivo, eran los gusanos que pululaban cada noche en mayor cantidad.
Sí, es cierto, fui yo quien te delató. Ahora me siento avergonzado de admitirlo, pero es la verdad. Los celos que sentí fueron tan poderosos que ya no pude soportar más ese espectáculo grotesco. Por eso reuní a toda la aldea, les conté lo que estaba pasando, y marché junto con todos ellos hasta el cementerio, donde las luces rutilantes de las antorchas sorprendieron dos cuerpos desnudos que yacían en la tierra. Tus ojos, heridos por la luminosidad repentina, no pudieron contemplar lo que pasaba. El alcalde asestó el primer golpe, aquel que te dejó sin aire. Los golpes te llovían por todas partes y tú sólo intentabas cubrir tu rostro con tus manos. Yo me encontraba en un estado de furor inexplicable, fue como si mi cuerpo actuara sin mi consentimiento cuando me acerqué y te así de tu cabellera azabache y con una fuerza sobrehumana me quedé con un rizo como un recuerdo de aquella madrugada lúgubre.
Jamás volvería a levantar la mano contra ti, fue sólo una noche de pasión que no pude contener, pero no volverá a pasar. Ahora entiendo tu amor tan puro, tan casto, tan sublime. No sé qué hice pare merecer tanta ternura, gracias por quedarte a mi lado a pesar de mis errores. No tengas miedo, todo estará bien ahora. Todos cometemos errores, pero también aprendemos de ellos. Tu error fue repetir ese extraño ritual noche tras noche, era demasiado trabajo el desenterrar y enterrar un cadáver amparada únicamente por la tácita luna. Pero no cometeremos el mismo error, aquí con tu cuerpo fuera del sepulcro, lejos de las miradas mordaces de aldeanos ignorantes –porque ellos no entienden el amor verdadero–, podremos amarnos eternamente.

jueves, 6 de octubre de 2011

Esquizofrenia (10/10)

Cuando Ernust despertó, alcanzó a ver la silueta de una linda joven que había dejado una flor morada en un florero que estaba en una mesita junto a la cama, luego sólo pudo ver cómo salía de la habitación y se alejaba. No estuvo consiente durante mucho rato, casi de inmediato volvió a dormir.
Ernust despertó un tanto más recuperado. Había un par de doctores a su lado que revisaban minuciosamente su expediente. “Tiene múltiples fracturas en las costillas, tardará un poco en recuperarse”, pudo escuchar Ernust que le decía un doctor al otro. Ernust sentía dolor en todo el cuerpo. “¿Dónde estoy?” preguntó.

–Está usted en el hospital jovencito, no sé qué fue exactamente lo que le pasó, pero tiene varios huesos rotos.
–Doctor ¿Cuánto tiempo llevo aquí?
–Tres días, ha estado inconsciente.

Ernust miró la mesita junto a la cama, y pudo ver la flor morada dentro del florero. Entonces quiso saber si había recibido visitas. El doctor le dijo que no, nadie lo había ido a ver.

Ernust miró la flor morada y comenzó a reír frenéticamente y su risa le causó un profundo dolor en todas las partes de su cuerpo.

Esquizofrenia (9/10)

¿Qué significaba todo aquello? ¿Qué había soñado que le había despertado de esa manera tan abrupta? Sintió miedo, miedo de la soledad, miedo de la oscuridad fuera de su iluminada habitación. Tenía una extraña sensación, como de haber vivido ya aquel momento de su vida. Se levantó temblando de frío. Se dio un buen baño con agua caliente mientras intentaba recordar que era lo que había soñado. Sabía que tenía que hacer algo, pero no recordaba qué. Terminó de bañarse. De mala gana tomó el desayuno. Encendió el estéreo. Su disco de Mozart seguía ahí y se inició automáticamente. ¡Cómo disfrutaba aquellos acordes del Réquiem!

Salió de su casa y cerró tras de sí la puerta con llave. Caminó lentamente hacia la escuela. No quería entrar a clases, estaba muy intranquilo. Llegó tarde a la escuela, lo cual lo animó a no entrar a la primera clase. Se fue al jardín de la escuela, le gustaba estar ahí por alguna extraña razón. Se sentó en una banca y miró un frondoso árbol que por alguna razón llamó su atención. Se parecía mucho al árbol del dibujo que estaba en su pared. “Mirada de fuego” pensó. Recordó a su amiga Ophrys. Sacó una hoja de su mochila y escribió una carta para ella.

Ophrys,

No sé exactamente qué es lo que me pasa. Mis sueños han sido intranquilos, pero al despertar no puedo recordar que fue lo que soñé. Tengo una extraña sensación de haber vivido algo, algo importante, algo que tal vez no quiera recordar. A veces me siento tan extraño de estar aquí, de vivir este momento. Mucho he sufrido. Ya estoy harto de todo esto. A veces siento como sí la vida me jugara malas bromas. A veces siento que el amor no es para mí.

Pocas personas han logrado realmente formar parte de mi vida, y muchas de ellas se han ido. Estoy enamorado Ophrys, y creo que lo sabes, pero no sé qué hacer. Hay cosas que se quedan en la piel, y con el viento se caen, o con la lluvia resbalan. Pero otras desgarran la piel, penetran en el interior y se insertan en lo más profundo de las entrañas. Entonces cierro los ojos y respiro por su aliento, mientras la abrazo, siento su calor y no sé dónde estoy. Y puedo vivir un instante invaluable de felicidad pura. Pero es tan efímero. De pronto, siento como el dolor me regresa a la realidad y siento como si un fuego consumiera mi interior y va extinguiendo mi vida en una indecible agonía…


Guardó la carta en su mochila, no se explicaba por qué había escrito eso. Tal vez tenía que ver con su extraña pesadilla. Había llegado la hora de regresar al salón. Tomó sus cosas y se fue. Al llegar al aula Jazmín estaba ahí, y Ophrys estaba a su lado. Ambas lo miraron. Jazmín se retiró sin decir palabras. Ophrys estaba un tanto molesta. Ernust se acercó, sacó la carta de su mochila, se la dio a Ophrys y sin saber exactamente por qué le dijo “lo siento”. Ella le dio un abrazo y guardó la carta.

Ernust no podía concentrarse en la clase. Salió del salón y regresó al jardín. Por alguna extraña razón sentía que debía estar ahí. Al llegar encontró a Violeta sentada en una banca. La vio de espaldas y un sudor frío recorrió su cuerpo. “Mirada de fuego”… Se quedó petrificado. Violeta sintió la presencia de Ernust y volteó. Sus ojos tiernos estaban ahí. Ernust sintió un gran alivio y sin pensarlo corrió a abrazarla. Una extraña alegría lo invadió. Violeta estaba confundida, no podía entender el comportamiento de Ernust. “Ernust ¿qué está pasando contigo?” preguntó, pero antes de que pudiera continuar, Ernust la besó. Ella lo separó de sí un tanto molesta. Entonces Ernust sintió como una enorme mano sujetaba su hombro. Al volver la cara, el puño de Peter se impactó directamente en su ojo.

Ernust comenzó a sentir varios golpes en todo el cuerpo, se sintió mareado, comenzaba a ver borroso, a su alrededor se escuchaban diversos gritos “No, déjalo”, “¡pelea, pelea!”, “alguien ayude” y cosas así. Ernust sintió como perdía el control de sí mismo y caía al piso mientras veía como brotaba sangre de su nariz y de su boca, le dolían las costillas y las piernas. Lo último que pudo ver fueron los ojos de Violeta, luego perdió el conocimiento.

Esquizofrenia (8/10)

Ernust despertó muy alterado, todo su rostro estaba perlado por un sudor frío, intentó ubicarse en la oscuridad, por un momento no supo dónde estaba. Intentó recordar su sueño, ¿por qué había despertado tan alterado? Pudo recordar unos ojos incandescentes que le aterraron. En vano intentó recordar más. Se tranquilizó, todo había sido un sueño. Poco a poco pudo ubicarse en tiempo y en espacio. Estaba en su habitación, por fortuna, el frío lo había despertado de su cruel pesadilla. Se había quedado dormido en el piso del cuarto. Encendió la luz eléctrica. Su cama permanecía arreglada, no había dormido en ella. Miro la pared de su habitación, de ahí colgaba un dibujo, un hermoso árbol con la frase “mirada de fuego”.

Esquizofrenia (7/10)

La cabeza de Ernust daba tantas vueltas que parecía que iba a estallar. Miraba a la sonrisa de Violeta mientras sentía como un apretón de manos le hacía daño. “Mucho gusto” y “¿estás bien?” eran palabras aisladas que alcanzaban a llegar hasta sus oídos, pero eran ininteligibles. Entonces miró a Violeta, ella lo miraba con una amplia sonrisa y una mirada que radiaba felicidad. Aquellos ojos tan radiantes de Violeta le hicieron daño a Ernust. Él dio media vuelta, tiró su mochila en ese lugar y se alejó corriendo lo más rápido que pudo, mientras alcazaba a escuchar los gritos de Violeta “¿Qué te pasa?, ¿Te sientes bien?”

¿Qué clase de pregunta era esa? Era obvio que no se sentía bien. Estaba confundido, muy confundido. Llegó a su casa, miró su escritorio, ¡cuántos bocetos de Violeta había ahí! Recordó la noche anterior, Violeta había estado con él… esos besos apasionados… los recordó y el recuerdo le quemó los labios, la piel le ardía justo dónde ella había pasado sus manos. Ernust se sentía morir, fue a su habitación, se tumbó en la cama y comenzó a llorar amargamente. Estuvo tumbado boca abajo durante largas horas. El tiempo parecía interminable. Había muchas voces en su cabeza “estoy enamorada”, “pierdes el suelo”, “¿estás bien?”, “mi novio…”, “mi novio…”, “mi novio…”. Ernust lanzó un grito desesperado. Escuchó entonces otra voz “¿qué te pasa, Ernust?”. Era una voz tierna, dulce… no había salido de su cabeza ¿o sí? Estaba seguro que no. Sentía que se volvía loco.

Volteó la cabeza, miro al retrato de Violeta que colgaba de la pared. Entonces le pareció que el retrato le hablaba “¿Ernust, estás bien?”. Pero el retrato no había movido los labios. Era la voz de Violeta, de ello estaba seguro. De pronto volvió a sentirse solo, un escalofrío recorrió todo su cuerpo. Comenzó a sudar frío. Una linda voz surgió desde la puerta de la habitación.

–Ernust, no estás solo.

Ernust se volvió lentamente. De reojo pudo contemplar la figura de Violeta erguida en el umbral de la puerta. El corazón le iba a estallar. Comenzó a gritar, quería abrazar a Violeta, quería refugiarse en ella, quería creer que todo había sido un sueño. Entonces se levantó, miró a Violeta a los ojos y cayó de rodillas al piso. Esa mirada, una mirada de fuego, comenzó a consumir el interior de Ernust. Los ojos de Violeta no eran los mismos. Habían cambiado la luminosidad por el fuego. Ernust sintió miedo. Quería ocultarse, quería escapar, pero todo era en vano. La mirada de Violeta le hacía daño, le quemaba el interior, le consumía el alma. Mientras que, con la voz más dulce que jamás había escuchado en su vida le decía “Ernust, ven a mis brazos”. Ernust no podía soportarlo más. Quería abrazarla, pero no podía acercarse a ella, su mirada, sus terribles ojos de fuego… Volteó a ver el retrato que pendía de la pared, y horrorizado vio como en los ojos del retrato ahora ardían dos enormes llamas que iban consumiendo el papel. Ernust sudaba frío… quería moverse, quería gritar pero no le era posible. Entonces el fuego quemaba el papel, y aquel retrato se consumió, las cenizas quedaron en el piso, de ahí surgió de pronto un árbol y en él quedaron grabadas en la corteza las siluetas de los ojos incandescentes. Ernust recordó su dibujo del árbol con la frase “mirada de fuego”. Entonces Violeta traspasó el umbral, se acercó a Ernust y lo miró directo a los ojos, quiso acariciarle el rostro. En ese momento Ernust perdió el conocimiento.

Esquizofrenia (6/10)

Ernust despertó feliz, como despiertan aquellas personas que han tenido un sueño placentero. Lo primero que pudo ver al despertar fue el retrato de Violeta pendiendo de la pared. Se le ocurrió que todo lo pasado había sido un sueño, que había dormido un largo sueño desde que había acabado ese retrato hasta el momento. La idea le causo escalofríos. Pero luego volteó la mirada, Violeta yacía al otro lado de la cama, su respiración era apacible, su rostro tierno, su sueño parecía tranquilo. “No ha sido un sueño”, pensó Ernust, “nada de esto ha sido un sueño”.

Se quedó despierto velando el sueño de su amada, hasta que vio que había llegado la hora para ir a la escuela. Despertó a Violeta con un tierno beso en los labios. Ella sonrió mientras abría lentamente los ojos. “Buenos días amor mío”. Cuanto placer experimentaba Ernust al escuchar su voz. Al ver sus ojos abiertos. Al sentirse parte de algo, parte de alguien. Él ya no era más Ernust. Ahora era un tanto porciento Ernust, el otro tanto Violeta. Él ya no podría estar jamás completo sin ella. Eso era lo que sentía. Eso era lo que sus ojos le decían a ella, y los de ella eran, igualmente, ojos de enamorada.

Estuvieron listos en poco tiempo, tomaron un desayuno ligero y se encaminaron a la escuela. Ahí, una vez más Violeta se despidió de él. “Te veo al rato, amor”, le dijo, le dio un abrazo y un beso, y se fue. Él sólo miró y se encaminó a su salón, con un bienestar y un deseo vital que jamás antes había experimentado.
Cuando se encontró con Ophrys, ésta lo primero que hizo fue preguntarle “¿Cómo estás?”

–De maravilla –respondió él.
–No me convences… es que, el asunto de Violeta…
–¿Qué pasa con ella? Es una chica maravillosa, y yo la amo.
–Ernust, no te lastimes de esa manera. No te hagas daño. Entiendo que ella sea tu amiga, es una linda y buena chica, pero ¿por qué crees que la amas? Más aún ¿qué te hace pensar que ella te ama a ti?
–¿Qué estás tratando de insinuar? –dijo él muy enojado. Iba a continuar con su discurso, pero prefirió no seguir la discusión sólo por el gran cariño que le tenía a su amiga. Aunque al no poder contenerse tampoco dio media vuelta y se fue. No volvió a hablarle a Ophrys durante el resto del día.

Más tarde, mientras cambiaba de salón para ir a otra clase, se encontró con Violeta. Ella lo saludó de lejos.

–Hola Ernust, disculpa por no llamarte ayer… –pero de inmediato se dio cuenta de su talante apesadumbrado, así que cambió el rumbo de la conversación– ¿qué te pasa? Te noto triste.
–Me enojé con Ophrys. Es que no me comprende. Pero, no te preocupes, me siento feliz, sé que tú sí me comprendes.
–¿Seguro que estás bien Ernust?
–Claro que sí, no te preocupes.
–Ahora sí podré hablar contigo sobre algo importante. Te veo a la salida ¿está bien?
–Claro…

Ernust iba a besarla, pero ella no le dio tiempo, sin más dio media vuelta y se fue. Ernust se sintió muy raro. ¿Qué le pasaba a Violeta? No lo sabía. Se sintió de pronto muy mal, por un lado no sabía que le pasaba a su amada, por otro lado su amiga estaba enojada, o más bien, él estaba enojado con su amiga.
En la siguiente clase encontró a Jazmín. Y le vino como anillo al dedo, pues encontró a la persona perfecta para desahogarse.

–Es que, no entiendo. Ophrys está como enojada, o no sé qué le pasa. Y Violeta, pues, está rara. Cuando va a casa se comporta muy cariñosa, muy atenta… pero en la escuela, parece otra, es como sí sintiera vergüenza de mí y no quisiera aceptar que soy su novio frente a sus amigos. Tal vez soy muy feo y por eso no quiere aceptarme… o tal vez… ¡ah!, no sé qué pasa.
–Ernust, eso no es normal. Una chica jamás se avergüenza de la persona que ama. Al menos yo te hablo desde mi experiencia personal. Yo hace ya bastante tiempo que no veo a Violeta, pero Ophrys va con ella en alguna clase, eso lo sabes, y tampoco se me hace normal que ella esté preocupada por ti y te pregunte “¿qué tienes?” nada más porque sí. Hay algo extraño en todo esto. Deberías hablar con ella.
–Tal vez tengas razón… pero no sé si ahora. La verdad es que no quiero dirigirle la palabra.
–Deja de comportarte como un niño inmaduro, Ernust. Ophrys es tu amiga.
–Sí pero…

Ernust no supo que decir. Sabía que debía disculparse con Ophrys, después de todo ella no le había hecho nada. Pero no sentía ánimos de hacerlo en aquel momento, así que decidió esperar.

Cuando Ernust salió de clases, fue a esperar a Violeta en la entrada de la escuela. Mientras esperaba Ophrys pasó junto a él. Lo miró con unos ojos profundamente tristes, pero no le dijo nada, simplemente pasó de largo. Unos metros más adelante detuvo su paso, volteó, lo miró nuevamente, quería decir algo, pero se contuvo, volvió a dar media vuelta y se fue. Ernust no entendía que estaba pasando.

Al poco tiempo llegó Violeta, con su típica sonrisa. Lo abrazó y comenzó a hablar en un tono muy solemne.

–Ernust, no sé cómo, pero en poco tiempo llegaste a convertirte en mi mejor amigo… hoy me siento muy feliz, y quiero compartir esa felicidad contigo, sé que sólo tú vas a entender esto, porque sólo a ti te creo capaz de ello. Quiero presentarte a alguien, ven, acompáñame.

Ella lo guió de nuevo hacia adentro de la escuela. Fueron hacia los jardines. Se detuvieron justo en la banca dónde Ernust había dibujado el árbol con los ojos penetrantes de aquel extraño sueño. Ahí había un muchacho sentado, parecía esperarlos porque en cuanto llegaron se levantó. Violeta lo miró, luego volvió la vista hacia Ernust… sus ojos irradiaban una pasión vital, un enamoramiento, un deseo por la vida.

–Ernust, te presento a Peter, mi novio…

Esquizofrenia (5/10)

Ophrys se quedó atónita tras el relato de Ernust. Pero se sentía muy feliz por su amigo. Ambos se olvidaron de la clase. Ernust estaba tan emocionado y Ophrys tan contenta que a ninguno de los dos les importó perder una clase. Él hablaba entusiasmado, contó a Ophrys el extraño sueño, la súbita aparición de Violeta en la casa, sus sentimientos, su emoción, sus planes… era todo un mar de ideas y sentimientos.

–Ve más despacio, –le dijo Ophrys– no puedo entenderte nada. Pon en orden tu cabeza antes de comenzar el discurso.
–Lo siento, es que estoy tan emocionado… tan feliz.

Para Ernust el tiempo pasaba de manera muy lenta, contaba los segundos para poder estar nuevamente con Violeta. No prestaba atención a las clases. En lugar de ello, tomó una hoja de papel y comenzó a doblarla hasta que le dio forma de flor. Luego volvió a desdoblarla, la coloreó y volvió a darle forma. Pensó que sería un lindo detalle para Violeta. De hecho no pensaba en otra cosa que no fuera o estuviera relacionada con Violeta.

Al llegar la hora de la salida, Ernust salió del salón olvidando todo. Jazmín y Ophrys se quedaron un tanto contrariadas al percatarse de que su amigo ni siquiera se había acordado de decir adiós. Se miraron mutuamente y sonrieron.
Ernust se encontró con Violeta a la salida. Él la saludó desde lejos. Ella lo miró.

–¡Qué bueno que te encuentro, Ernust! –Le dijo– hay algo importante que quiero decirte. Me siento muy emocionada y feliz. Me gustaría mucho contártelo, pero ahora tengo un poco de prisa, debo irme, espero poder llamarte a tu casa al rato, si no te veo mañana, no tengo más tiempo por ahora. Te quiero mucho. Nos vemos.

Ella se fue sin decir más. Y él quedó triste y abatido. No entendía lo que estaba pasando. Había visto los ojos de Violeta mientras hablaba, ciertamente se veía feliz, su sonrisa se dibujaba más franca. A Ernust le pareció que su Violeta estaba experimentando exactamente lo mismo que él, ese renacer, ese contemplar el mundo cono ojos nuevos, con una mirada auténtica, ese amor por la vida. Se sintió feliz por ello, pero abatido porque no había entendido lo que pasaba. Sin embargo se fue a su casa para esperar la llamada de Violeta. Mientras caminaba no podía hacer más que pensar “¿qué será lo que quiere decirme?”

Llegó Ernust a su casa. No tardó mucho en sonar el teléfono. Ernust sentía que el corazón se le iba a salir del pecho, le dolía su palpitar. Con la mano temblorosa descolgó el auricular. Pero fue grande su decepción al escuchar que era Ophrys y no Violeta quien llamaba. “¿Estás bien?” le preguntó su amiga “sabes que cuentas conmigo, no estás solo”. Ernust no entendía lo que le pasaba a su amiga. ¿Qué clase de pregunta era aquella?, ¿a qué venía todo esto? Ernust se limitó a responderle “estoy bien, gracias. Debo dejarte espero otra llamada” y terminó la llamada.
Pasó una hora y el teléfono no sonaba. Ernust se sentía ansioso, quería incluso ser él quien llamara. Se sentó junto al teléfono y no quería separarse de él, ahí sentado transcurrió mucho tiempo sin que él se moviera de lugar. De pronto se sobresaltó al escuchar el sonido de la puerta abriéndose. Violeta entró en la habitación y corriendo hacia Ernust le dio un gran abrazo un y un apasionado beso.

–Ah, sé que dije que te llamaría, pero preferí venir personalmente.
–En la tarde me asustaste ¿qué es eso tan importante que quieres decirme?
–Sólo… –con esa sonrisa que hacía que Ernust se volviera loco dibujada en los labios, continuó– solo quería decirte lo mucho que te quiero. Ernust, estoy enamorada de ti.

Los ojos de Ernust se llenaron de lágrimas. Estaba tan feliz que no podía dejar de llorar. Él había llorado muchas veces, pero jamás de alegría, por lo tanto era un sentimiento extraño el sentirse tan bien y sin embargo no poder contener las lágrimas.

Violeta lo abrazaba, lo besaba y le susurraba palabras al oído. Él respiraba el perfume de su piel, de su cabello. Miraba sus ojos, le parecían dos enormes luceros que irradiaban un haz con los colores que daban vida al mundo. Se sentía invadido por su aliento, sentía como lo respiraba y su amor se iba internando en lo más profundo de su ser. Estaba completamente perdido, extasiado.
Ella se quedó toda la tarde a lado de Ernust. Él la miraba, acariciaba su rostro, a ratos la abrazaba y se prendaba de ella, no quería soltarla, no quería sentirla ni un centímetro lejos. Entonces la abrazó, y ella hizo lo propio, ella lo apretó contra su pecho y él, inexplicablemente, comenzó a sentir un terrible miedo de la soledad. Hasta entonces había permanecido con los ojos cerrados, disfrutando del momento con todos los demás sentidos. Pero en ese momento, al abrir los ojos, encontró su pequeña casa demasiado grande, se le antojó demasiado sola, demasiado callada, demasiado tétrica. Sintió un miedo terrible de quedarse solo. Apretó un poco más a Violeta, lo suficiente como para que ella no pudiera soltarse, pero no tanto como para hacerle daño. Como si fuera un niño que teme a la oscuridad, que no quiere que su madre lo deje solo en su habitación. Afuera comenzaba ya a oscurecer. Ernust entendía que Violeta debía irse, pero no quería que eso pasara. Así, que sin más rodeos comenzó a hablar.

–Violeta… tengo miedo. No quiero que te vayas, no quiero sentirme solo. Esta estancia es tan fría, y tú… el calor de tu cuerpo, tu mirada… no quiero que te vayas. Parece que he vivido siglos en la soledad, y hoy que estás aquí, que te siento, que siento que eres la única persona en este mundo que me entiende, que me comprende, que me ama por quién soy, entonces no quiero volver a estar solo. Ahora que estás aquí parece como sí jamás hubiera estado yo solo, y no sé si pudiera acostumbrarme a la soledad. Pero hoy tengo miedo… hoy no quiero que te vayas. Sin embargo sé que tal vez te estoy pidiendo demasiado… te puedo acompañar a tu casa…
–Ernust… –dijo ella con una voz llena de compasión y de comprensión– ¿quién hablo de irse? Me quedaré contigo, toda la noche si es necesario. No tienes nada que temer.
Todo el miedo de Ernust se disipó con las palabras de Violeta. Ambos fueron a la habitación. Se acostaron sobre la cama. Violeta contempló su retrato y alabó la técnica del artista. Esa noche fue fría. Ambos se abrazaron. Ernust se acostó en el pecho de Violeta y se quedó profundamente dormido.

Esquizofrenia (4/10)

Una noche, Ernust se sentía nervioso, estaba demasiado feliz, demasiado eufórico como para poder dormir, así que se sentó tras el escritorio y comenzó un nuevo boceto del rostro de su querida Violeta. Trabajó durante toda la noche sin darse cuenta. La luz de la mañana lo regresó a la realidad. Tenía que ir a la escuela y no había dormido ni un poco. Miró su dibujo y se sintió satisfecho. No le importaba haber permanecido despierto, se sentía feliz. Le causaba cierta emoción saber que en unos instantes se encontraría con esa linda jovencita y entonces todas sus penas desaparecerían.

Llegó a la escuela a buena hora. Se encontró con su amiga Jazmín. Ella lo recibió con un fuerte abrazo. “Parece que estás perdiendo el suelo” le dijo. No añadió nada más aunque parecía querer decirle algo importante. Fueron a clases y el día transcurrió sin mayores novedades.

Al terminar las clases Ernust buscó a Violeta. Finalmente la encontró a la salida de la escuela. Él la saludó con cierta efusividad. Ah, cuanto bien le hacía al recién nacido Ernust el encontrarse con su joven amiga. Cuando estaba con ella experimentaba una cierta dicotomía, entre bienestar y nerviosismo, entre tranquilidad y agitación.

–Hola, oye… ¿te gustaría ir a tomar un café?– preguntó Ernust con su clásica forma de hablar entrecortada.
–Oh, lo lamento mucho Ernust, hoy no podré. Pero quizá en alguna otra ocasión.
–Está bien, no te preocupes.

Un tanto frustrado, pero ciertamente alegre, Ernust regresó a su casa. Era una oportunidad excelente para leer a su querido, pero olvidado desde hacía tiempo, Rimbaud. Comió algo rápidamente, luego fue a su escritorio y vio el dibujo de Violeta que había comenzado la noche anterior. Se olvidó entonces del poeta francés y pensó que el retrato que había hecho casi lograba alcanzar el objetivo que él buscaba. “Unos cuantos retoques y quedará listo” pensó, y se sentó a trabajar.

Transcurrieron varias horas hasta que por fin quedó completamente satisfecho con su trabajo. Lo había logrado, el retrato de Violeta era tan natural, tan real, que parecía estar vivo. Los ojos tenían una expresión de ternura y pureza, era como contemplar un manantial de aguas cristalinas en medio de un bosque virgen. Su sonrisa era la misma de la de un niño que jamás ha experimentado dolor o penas en la vida. Unos rasgos finos, una flor en el cabello, justo como el día que la había conocido.

Ernust no supo cuanto tiempo pasó, pero al terminar el retrato la noche ya iba bien avanzada en su curso. Él no sentía sueño, pese a tener ya una noche entera en vela. Contempló su dibujo una y otra vez. Le parecía como si el retrato pudiera verlo, como si aquellos ojos dibujados en el papel fueran auténticos. “Qué fácil es perderse en esos ojos…” y ciertamente lo era. Ernust se perdió en su dibujo, olvidándose de dormir. Lo contemplaba, y pensaba en que había creado una verdadera obra de arte. Quiso recordar entonces aquella clase de mitología, dónde había escuchado de un escultor griego que había rogado a la diosa Venus que le diera vida a su recién hecha escultura. Pero no pudo recordar más que eso, había olvidado todo el contexto, así que lo dejó por la paz. Llevó su dibujo a su habitación, lo colocó en la pared frente a la cama para poder contemplarlo.

Se quedó contemplando más y más tiempo su obra maestra, hasta que cayó presa del sueño. Entonces se vio acostado en su cama, se levantó y fue hacia el escritorio. Ahí todos sus bocetos de Violeta lo miraban con cierta curiosidad. Él los saludaba a todos y ellos reían con él. Jazmín entonces le tocaba el hombro y con una cálida sonrisa le decía “no pierdas el suelo” y luego se iba. Posteriormente Ophrys al otro lado del escritorio, mirando los retratos de violeta, caminaba hacia él, le tocaba el pecho y de ahí brotaban flores moradas que ella comenzaba a poner en los cabellos de los bocetos dibujados, los retratos sonreían y decían “gracias”. Ernust se sentía muy feliz, recordaba el retrato de su habitación, tomaba la flor más hermosa que había salido de su pecho y, dejando a Ophrys, se dirigía a su recamara. La Violeta de su cuarto lo miraba con una ternura indecible, y con una voz casi espectral, pero a la vez maravillosa le decía “gracias” mientras él colocaba la flor en su cabello. Ernust acarició la mejilla dibujada y sintió la calidez de la piel de Violeta. El retrato, con los ojos fijos en la mirada de Ernust le dijo “hora de ir a la escuela”. Ernust volvió a acostarse en la cama y vio como lentamente todo se iba desvaneciendo a su alrededor.

Ernust despertó asustado al sentir que alguien lo agitaba para despertarlo. Abrió los ojos repentinamente y se encontró con una mirada tierna. Era Violeta. Él al verla se tranquilizó un poco, pero después se sintió confundido. ¿Dónde estaba? ¿Había ido él a casa de Violeta? O ¿Violeta se había quedado en su casa? Por un instante recordó el sueño (¿había sido un sueño?) de los retratos parlantes y un escalofrío recorrió su espina dorsal, pero se tranquilizó al ver pendida de la pared su obra maestra. Violeta se había sentado en la orilla de la cama y con gesto burlón le decía “¿Ya te acabas de despertar? Es hora de ir a la escuela”.

–¿Qué estás haciendo aquí? –Preguntó Ernust muy extrañado– ¿Cómo entraste?
–Qué memoria tienes, tú me diste las llaves… y vine a traerte un café, como ayer no pude, pensé que te gustaría que desayunáramos juntos.
–Claro, es sólo que, me asustaste, quiero decir, me sorprendió verte aquí… es que.
–Ya, no digas más, mira, tu date un baño y arréglate, yo mientras tanto dispondré la mesa.

Ernust obedeció. Se levantó de la cama y se dispuso a tomar un baño. No sabía la hora, aun estaba oscuro. Se aseó rápidamente, pues no quería dejar esperando mucho tiempo a Violeta. Se vistió y fue a la pequeña habitación que hacía las veces de sala y comedor. Ahí estaba ella esperándolo pacientemente. En la mesa había un par de tazas que dejaban salir vapor debido al líquido caliente que contenían. Ernust se sentó junto a Violeta. Ella lo miró, tomó su rostro con las dos manos, se acercó y le dio un beso en los labios, luego sonriendo le dijo “no seas tan tímido, no te traerá nada bueno” y comenzó a tomar su café.

–No lo entiendo… –dijo Ernust.
–No hay nada que entender, yo sé que me quieres, Ernust, y yo te quiero a ti. Eso es lo único que hay que saber… ahora, a desayunar.

Comieron un pan junto con el café, Ernust se sentía contrariado, pero muy feliz. Terminando el desayuno Violeta tomó su mochila y ambos se dirigieron a la escuela. Ernust sostuvo la mano de Violeta todo el camino, se sentía extasiado. Al llegar a la puerta de la escuela Violeta se detuvo, lo abrazó fuertemente. Él olía sus cabellos perfumados, sentía su calor, sólo entonces se dio cuenta de que la mañana era fría. Ella volvió a besarlo, luego le dijo “aquí nos separamos, yo voy a otro salón, nos vemos al rato, querido” dio media vuelta y se fue. Él miró como se alejaba, y cuando se perdió de su vista comenzó a caminar a su salón.
En el pasillo encontró a Ophrys, ella lo miró con una mirada curiosa.

–No me lo digas, has tenido otra pesadilla…
Ernust sonrió con la sonrisa de un niño.
–No vas a creer lo que paso…

Esquizofrenia (2/10)

Ernust estuvo veinte minutos en clase. Estaba tan distraído que no podía percatarse si la clase era de física o de historia. Salió del salón dejando su mochila encargada a Jazmín. Regresó a los jardines.

Al llegar encontró ahí a una muchacha que se había inclinado a recoger una flor morada que crecía al ras de suelo. Ernust la miró, vio cada uno de sus movimientos. Cuando ella se percató de que no estaba sola volteó la cabeza y se encontró con la mirada escrutadora de él. Ernust se sonrojó y bajó la vista al piso un momento tratando de disimular. Volvió a levantar la vista y se encontró con los ojos de ella. Tenía una mirada tierna y una sonrisa franca dibujada en los labios. Tenía la flor que acababa de levantar en su mano derecha, mientras que con la izquierda se quitaba los cabellos de la cara. Él volvió a sonrojarse.

–Hola, ¿qué estás haciendo por aquí en hora de clase? –le preguntó ella.
–Nada en realidad, –respondió– sólo intento... olvídalo, no importa. Veo que recoges flores.
–Sí, una morada para adornar mi cabello. Creo que va conmigo.
–Se te ve linda –dijo Ernust sin pensarlo. Al darse cuenta de sus propias palabras se puso muy nervioso, se dio cuenta de que se sonrojaba y se sintió estúpido– quiero decir... no se... te va...
–Me llamo Violeta ¿y tú?
–Soy Ernust.
–Bueno Ernust –dijo ella con otra gran sonrisa dibujada en sus labios. Sus ojos claros y transparentes dieron a Ernust una tranquilidad que no había sentido en varios meses– ya que no estás en clase ¿te gustaría dar un paseo?
–Claro.

Comenzaron a caminar juntos. Violeta tomó el brazo de Ernust y éste sintió una gran seguridad. Anduvieron largo rato. Ella hablaba de muchas cosas. Él escuchaba atentamente cada una de sus palabras. Finalmente llegaron a un pasillo y Violeta se despidió de Ernust con un beso en la mejilla. “Fue un placer” le dijo “pero ahora debo volver a mi salón. Espero verte pronto de nuevo”

Ernust vio como se alejaba lentamente por el pasillo, hasta que entró en un aula. Él volvió a su propio salón por su mochila. Ahí lo esperaban Jazmín y Ophrys. Cuando él llegó dónde ellas estaban, ambas lo miraron con curiosidad y al unísono dijeron “conociste a una chica”. Los tres rieron. Jazmín entregó su mochila a Ernust y luego todos se encaminaron a otro salón.

Esquizofrenia (1/10)

Después de un sueño pesado e intranquilo Ernust se incorporó en la cama con un solo movimiento. Su frente estaba perlada por un sudor frío, su respiración era agitada, las palpitaciones de su corazón eran tan fuertes que le hacían daño. Se quedó sentado unos segundos tratando infructuosamente de escrutar su habitación en la oscuridad. Se sentía mareado y no sabía dónde estaba. Pasó varias veces sus delgados dedos entre sus cabellos lacios. Poco a poco el sueño quedó atrás y Ernust pudo ubicarse en tiempo y espacio. Volvió a recostarse y trató de recordar su tétrica pesadilla, pero todo fue en vano, lo había olvidado. Comenzó a sentir un miedo inexplicable. Tanto silencio, tanta oscuridad lo pusieron alerta. Encendió la luz eléctrica, miró su reloj, casi era hora de levantarse para ir a la escuela.

Mientras se duchaba intentó nuevamente reconstruir su sueño pero todo era inútil. Sólo llegaban a su cabeza imágenes aisladas que no era capaz de ordenar. No se sentía del todo tranquilo, pero era incapaz de recordar por qué su pesadilla lo había trastornando tanto.

De mala gana tomó un poco de leche, estuvo dando vueltas al cereal con la cuchara, no quería comer. Encendió el radio un momento, el silencio lo estaba volviendo loco. Hacía algunos meses que se había mudado a un departamento al centro de la ciudad, vivía solo y la soledad le pesaba. Se sentó en el piso, escuchaba una pieza de Mozart, cerró los ojos por un momento. No estaba dormido, pero dejaba que lentamente los acordes del Réquiem lo fueran llevando. En su letargo llegó una imagen a su cabeza: unos ojos terribles, una mirada penetrante, como un fuego que quema el interior. Abrió los ojos, miró nuevamente su reloj, apagó el radio, tomó su mochila y salió de su casa cerrando con llave la puerta tras de sí.

Caminó hasta la escuela, normalmente bastaban unos veinte minutos para alcanzar su objetivo, sin embargo, aquella mañana caminaba sin ganas, estaba distraído, intentaba encontrar por qué aquel sueño lo había despertado de esa manera tan abrupta, pero por más que trataba de recordar, sólo lograba evocar en la memoria la imagen de los ojos con la mirada de fuego. Tardó casi media hora en llegar a la universidad. El retraso y la mente distraída tratando de alcanzar los rincones más oscuros del inconsciente le persuadieron de que lo mejor sería no entrar a la primera clase. Llegó hasta la puerta de su salón, dio media vuelta y caminó hacia los jardines.

Ernust había cambiado mucho desde que salió de la casa de sus padres y comenzó a vivir solo. La pesadilla de la noche anterior era sólo una muestra de algo que le ocurría con frecuencia, pero sólo en contadas ocasiones lograba recordar lo que había soñado. La desesperación y la soledad lo iban sumiendo poco a poco en una depresión que él mismo no lograba explicarse. Raras veces salía con sus amigos, que eran en verdad muy contados, generalmente se la pasaba largas horas en la biblioteca de la escuela leyendo libros de todo tipo. Ya casi no se le veía sonreír, aunque jamás lo habían visto llorando. Su raquítica condición daba la impresión de una persona anémica. Últimamente estaba tan concentrado en sus estudios que raras veces se le veía conversar con otro ser humano.

Llegó a los jardines de la escuela, se sentó en una banca de concreto que estaba fría por el fresco de la mañana. El sol había salido sin que Ernust se diera cuenta de ello. Puso la cabeza entre sus manos e intento una y otra vez recordar su pesadilla. Al ver que no lo lograría, se quedó sentado viendo hacia un árbol cercano. Miraba como un par de ardillas jugaban alegremente en una rama de aquel frondoso árbol. Sacó una hoja de papel, dibujó aquel árbol y escribió “mirada de fuego”. Guardó el papel en su mochila, sacó su reproductor portátil de música y escuchó algunas melodías.

Luego de un rato llegó al mismo lugar su amiga Ophrys. Lo saludó con una sonrisa y se sentó a su lado. Sin decir palabra alguna Ernust sacó el dibujo del árbol de su mochila y se lo mostró a la recién llegada. Ella lo miró un momento, luego se lo devolvió. Se paró frente a él, tomó aire como si estuviera a punto de decir algo. Se acercó a Ernust, le dio un abrazo largo y fuerte y se alejó de ahí.

Ernust apagó su reproductor de música, tomó su mochila y comenzó a caminar sin rumbo dentro de la universidad. Un pasillo tras otro. No miraba a ningún punto en específico. La gente entraba y salía de sus salones, pero él no prestaba el menor interés en lo que sucedía a su alrededor. De pronto alguien le tocó el hombro, lo que lo sacó de su ensimismamiento. Era Jazmín. Ella lo vio, le dirigió una sonrisa, luego cambió su expresión a una cara más severa.

–Otra pesadilla ¿verdad? –Preguntó con un tono inquisitivo.
–Así es –Se limitó a responder él.
–Creo que deberías visitar al psicólogo –Dijo ella. Ernust en ese momento sacó su dibujo del árbol. Jazmín lo miró y leyó en voz alta para sí misma “mirada de fuego”. Posteriormente se dirigió a él– ¿ya se lo has mostrado a Ophrys?

Ernust asintió con la cabeza. Ella repitió su consejo sobre el psicólogo y ambos caminaron juntos hacia un salón. Entraron, se sentaron y esperaron a que llegara el maestro.

lunes, 19 de septiembre de 2011

El aplastante peso del ocaso

Salió por la puerta principal y se dirigió a su vehículo. Con una enorme sonrisa en los labios ocultó sus lágrimas tras un prolongado abrazo porque “los chicos no lloran”. Sin palabras para que su voz no se escuchara entrecortada… No había en realidad nada más que decir, tal vez esas palabras que él mismo había propuesto callar y nada más. Pero no dijo nada, sólo enjugó sus lágrimas con toda la fuerza de su corazón y subió a su automóvil dispuesto a emprender su viaje.


Su camino de regreso era muy diferente al camino de venida. El primer viaje estaba lleno de confusión, casi miedo. Realmente no sabía a dónde iba, no sabía que iba a encontrar. El miedo a lo desconocido oprimía su alma de una forma inenarrable. En cambio su regreso era un camino ya conocido, sólo que ahora luchaba por romper una banda elástica que lo mantenía unido a ese lugar. No es que quisiera romperla realmente, es que debía hacerlo, y así lo hizo.

Partió ya de tarde, cuando el sol había recorrido ya la mayor parte de su carrera. Y mientras más se alejaba de aquel lugar la luz lo iba abandonando poco a poco. Que difícil fue para él pronunciar unas palabras tan estoicas, aquellas palabras que lo ataban inevitablemente a lo que debía ser y no a lo que él quería. Y mientras el sol se perdía en el horizonte, el sentía que debía cargar con todo el peso del astro para evitar que terminara de caer.

Luego simplemente se quedó a solas en la oscuridad… lo peor apenas iba a comenzar.

martes, 2 de agosto de 2011

Al compás

"¡Vamos a bailar!"

"Pero, si tú no bailas." Me dijo mientras me dirigía una sonrisa y una me lanzaba una mirada de asombro.

"Ya lo sé. Y tampoco ignoro que a ti tampoco te gusta. Es sólo que pensé que tal vez podríamos bailar esta noche."

Ella me miró con curiosidad durante un rato. Luego agregó: "¿Y por qué querríamos hacer algo así? Bien sabes que no me gusta la música para bailar, además de que ni sé ni quiero aprender, ya te he dicho lo que pienso sobre eso"

"Y por ello fue que me fijé en ti, no creas que lo olvido" le respondí. "Pero lo que te estoy proponiendo no es ir a bailar música común a un lugar común lleno de gente común."

"¿Qué tienes en mente?" me preguntó. "¿Uno de esos lugares extraños donde la gente se siente intelectual y creen que bailan de forma distinta? Finalmente se termina sempre en lo mismo..."

"Lo sé, lo sé, pero escúchame. No te propongo ir a ningun lugar, no te propongo ningún tipo de música. Yo quiero bailar contigo al compás del universo. Acompañados sólo por planetas, soles y cometas. En ese lugar donde ningún instrumento es capaz de producir sonido, porque no se necesita música, ni pista, ni nada más que tú y yo."

No dijimos nada más, ella simplemente tomó mi mano y fuimos a bailar.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

Recuerdos

A veces llegan sin más... como si fueran parte de un sueño, como si estuviera dormitando a cada instante. Llegan a la mente como escenas de una película que se creía olvidada. Una de esas viejas películas favoritas de la infancia que te hace sonreír al recordar.

Otras veces no llegan por sí mismos. Los invitamos, queremos que estén aquí porque nos gusta sentirlos cerca. Porque a veces son los únicos amigos fieles, o eso aparentan.

No sé exactamente si llegó o lo invité... pero ahí estaba. Llegaba yo a tu casa, te miraba y fingía indiferencia... no debía mirarte, no debían nuestros ojos encontrarse. Te saludaba con cierta pesadez, disimulando. Pero en el fondo ambos sentíamos nuestros corazones palpitar con una fuerza sorprendente. Luego te retirabas y yo conversaba con tus padres y tus hermanos. Sonreía amablemente. "Todo bien, gracias"... "mi prometida está de viaje, ya pronto regresará". Mientras aguzaba el oido para alcanzar a distinguir el más mínimo detalle. Tú tocabas la puerta con cierta cadencia. Lo sabía, era una señal, era nuestro lenguaje, nuestro... Al finalizar la velada, yo me levantaba con cierto aire formal, tomaba mi sombrero del perchero y tú te acercabas para decir adiós, me ayudabas a ponerme el saco y con una sonrísa decías adiós. Yo salía por la puerta, sabiendo que habría de volver.

Así te amaba... Oh bella soledad, así te amo.

jueves, 26 de agosto de 2010

Desde lo más profundo

Es un sentimiento extraño. Estar parado en la cima y ver el amplio horizonte y... sentirte tan vacío. Una adicción que te mata lenta y dolorosamente, pero sabes que no puedes dejarla, porque también te mata el no tenerla.

Es el grito que desgarra tu garganta, aquel que nadie escucha, aquel que se pierde en la nada. Son las palabras que no llegan a los oidos, se las lleva el viento y mueren.

Es el mirar al vacío, es mirar al amor como un fantasma, está ahí, frente a ti, y no puedes tomarlo. El fantasma que te acosa, te sigue, te encuentra, no hay escapatoria, no hay... no hay siquiera palabras. Es el silencio selpulcral que antecede a la muerte.

miércoles, 25 de agosto de 2010

Cierta tarde

-¿Qué estás haciendo aquí?- Pregunté intrigado al mirarla sentada en mi cama, leyendo un libro, tan despreocupada de la vida.

-Si quieres me voy- dijo en un tono algo sarcástico.

-No, no es eso. Es una grata sorpresa, sólo que no esperaba verte aqui, de hecho no imaginé verte.

-Estaba de paso, y quise venir. ¿Nos vamos?

-Claro.

La tomé de la mano y salimos de la habitación. Fuera nos cercaban un sin fin de edificios de todos tamaños. Caminamos durante largo rato mientras conversabamos de temas variados: la escuela, el trabajo, la vida, los planes.

De pronto se detuvo y me dio un fuerte abrazo. Yo la besé. Luego un profundo silencio nos invadió a ambos. Finalmente seguimos caminando hasta llegar a la cima de un monte. Ella apretó mi mano fuertemente. Luego me volvió a abrazar, como un niño temeroso abraza a su madre. Yo miraba hacia el horizonte. Una pareja pasó sobre nosotros, caminando en el aire con graciosos movimientos.

-¿Crees que algún día podamos caminar en el cielo?- Le pregunté.

Ella se encogió de hombros. "Tal vez", dijo en un susurro, luego se quedó pensando y me besó. "Es posible que caigamos" agregó "pero la muerte sería instantanea porque alcanzaríamos una gran altura, y no tendríamos tiempo de arrepentirnos". Yo sonreí, ella me devolvió la sonrisa, esa sonrisa mágica, tan llena de vida, tan misteriosa. Al ver aquella manera de sonreir mi corazón no pudo más que hincharse de alegría.

Volví a tomar su mano y seguimos caminando.

martes, 3 de agosto de 2010

A media Noche

El tiempo transcurre, yo escucho canciones de hace más de diez años. Miro mis ojos en un espejo y me parece claro que el paso del tiempo ha dejado profundas huellas. La noche es silenciosa, algún grillo canta, o algún gallo se escucha a lo lejos. Es una noche oscura y sin estrellas, no hay luna, ni nubes, simplemente un cielo negro cobija el orbe, mi orbe.

A veces la vieja herida sangra, aunque ya no hace daño, la sangre que de ella fluye no es suficiente para invocar a los antiguos espíritus de la Noche. Así estoy aquí, a media Noche, a veces queriendo que se extinga, otras veces deseando que perdure, pero todo es inútil, siempre inútil. Al final siempre amanece, al final la noche siempre regresa.

Otro minuto, otra canción, otro grillo u otro gallo. Es hora de despertar, cierto, despertar a veces es útil, pero hay que volver a soñar tarde o temprano. Otra vez y otra vez y otra vez y otra vez...

La Noche se va, la Noche vuelve, pero siempre se lleva consigo algo de felicidad y deja un poco de melancolía. Más al volver ¿Dejará tras de sí algo de felicidad?

miércoles, 30 de junio de 2010

De vuelta al viejo Dojo

Había llegado la hora. Me acerco a mi guardarropa, extraigo de él mi viejo uniforme, está limpio, lleva ya algún tiempo guardado, aún conserva el aroma a limpio, ¡cúanto tiempo ha pasado desde la última vez que ese uniforme cubrió mi cuerpo! Extraigo con cierta solemnidad la cinta, aquella vieja cinta que casi ha perdido su color, sé que tengo otro par, una nueva, la otra con un mínimo uso. Pero mi cinta tiene un gran valor, fue un regalo de mi mejor amigo y maestro. Me la entregó el día de su graduación a segundo Dan, la puso en mis manos y me dio un fuerte abrazo. Creo que esa cinta me recuerda el gran cariño que le tengo, y que él me tiene a mí, y por eso la valoro tanto.

Guardo mi uniforme en la mochila, doblado y cuidadosamente dispuesto para evitar que se arrugue. No lo plancho, sólo lo acomodo así, como lo saqué del guardarropa. Tomo mi mochila y salgo de casa. De camino me siento algo extraño. Estoy algo nervioso, debo admitirlo, no sé exactamente por qué. Me causa cierta intranquilidad saber que veré a mi maestro, saber que algo me dirá. Tal vez un reproche, tal vez una bienvenida, no lo sé, eso no me deja estar. Además el dolor en mis rodillas que no sé si me dará libertad de movimiento. Aún así condusco con cierta velocidad, pero sin prisa.

Al llegar bajo tranquilamente de mi automovil. Me acerco a la puerta, veo que todo está justo como lo recordaba. Entro, saludo y comienzo a subir las escaleras. Las primeras caras conocidas me sonríen al verme. Al llegar arriba veo a mi antigua compañera dando clases a los nuevos pupílos. Le pido permiso para entrar a su clase, ella acepta, pero me advierte que más tarde llegará nuestro maestro, el sensei, y dará una clase. Voy al vestidor, me pongo mi uniforme, saco la cinta con solemnidad y orgullo y la amarro en mi cintura. Siempre hay una especie de rito, hago el nudo con sumo cuidado, al revisar que ambas puntas de la cinta estén parejas sé que algo ha cambiado en mí. Me acerco a la orilla del Dojo y pido permiso para entrar.

Mis pies descalzos entran en contacto con la madera. ¡Qué sensación! La maestra, mi compañera, me pregunta si entrenaré o si esperaré. Sólo quiero probar mis rodillas, haré el calentamiento. A los pocos minutos el sudor perlea mi frente. Me duele la espalda, las piernas, los brazos. Siento como mis huesos truenan al producirse el movimiento. Al terminar el calentamiento me pesan las piernas, parece que no las podré mover, pero la clase ha comenzado. "Haz sólo lo que quieras" me dice mi compañera. Yo sigo su clase unos veinte minútos. No puedo más, pero sigo adelante. Esucho la puerta abriéndose, ha llegado el sensei.

Me mira con cierta admiración. Saluda con una sonrisa. Luego se va a cambiar. Entra portando su uniforme. Mi clase ha terminado por un momento. Puedo respirar, puedo platicar con mi compañero y maestro que acaba de llegar. Termina la clase que había iniciado mi compañera y concluido el sensei, ha llegado la hora. A la voz de "alineados" las tres personas que permanecemos ahí nos formamos, entonces llega el saludo.

Ya no hay tiempo ni espacio. Estoy yo y mi cuerpo ya cansado, absorbiendo energía de dónde puede: de mi interior, de mis compañeros, de mi sensei, del Dojo, de las personas que miran desde fuera. Y luego, la despedida. "Gracias, profesor". Un saludo profundo a mis compañeros, al espacio. Y nuevamente al vestidor. Mi cuerpo está renovado, siento el cansancio en todos mis músculos, pero no me pesa, me siento tranquilo, mi espíritu está en paz. Me siento de buen humor, puedo sonreír.

Cuánta falta me hacía. Entonces no puedo dejar de recordar las palabras que mi amigo y maestro me dijo hace ya más cinco años: "Puedes alejarte del Karate, pero siempre volverás a él, puede que a veces te de mucho gusto, otras veces flojera, otras veces hastío, otras veces miedo, pero te llamará cuando tú lo necesites" Y al sentirme tan satisfecho, recuerdo entonces las palabras de mi sensei: "El Karate no debe quedarse en el Dojo"

Entonces cierro mi puño, mi mano vacía y pienso "quiero aprehender Karate"...

martes, 29 de junio de 2010

Red Moon

I can see the red moon in the top of the sky
In that night, when the light in the water
Looks like the blood of the sea,
A new hope for an eternal creature
A new wish for an old and tired vampire
Who emerges from the deepest oceans
Just to see the light, just to keep it within
The one who wants to die
But must live, until the end of the time
And maybe within a dream.

I would like to sleep this red night
And dream with the end of the world
And, when I awake, see you by my side
Holding me so hard that I could feel your heart
Then, weak, I’ll die in your arms
Tired of the war, tired of this life
Pleased because I could see that light in your eyes
Just one more time, then the eternal darkness
And you until the end of time

After this holy night I’ll see my world in your eyes
I pray to you, my goddess, I’ll claim your name
In the woods, between the trees, in the clean water
Of a cold lake, where your image will burn my loneliness
Your red light, my eternal moon, inflames my soul
And let me vanish until the end of the world.

You have broken the darkness in my soul
Life and death have gone with you
That’s just me; I’m at your service
Inflame me with the fire of the (sad) forgotten ghost
You were here before the storm,
Despite I couldn’t see you, I felt you
Now you are the rain, voice of the wind
Oh, sweet child, as trees in the forest
I will listen to you ever after.

La tumba a mitad del camino

Al llegar el amanecer los amigos de un vampiro
lloraban amargas lágrimas de sangre.
Llevaban su cuerpo desmembrado por los demonios
y calcinado por el sol dentro de un féretro de plata.
-Ay de ti, Apocalipsis- se lamentaban
-¿qué será de tu camino, de aquella senda que, sin ti,
hoy se ve tan desolada?-

Al apuntar el medio día, teniendo el sol pleno
sobre sus cabezas, aquellos seres inmortales
colocaron el féretro bajo tierra, lo cubrieron
con tierra negra y frescas y puras lágrimas.

Entonces, ante el asombro de todos, comenzaron a brotar
rosas negras sobre la tumba de Apocalipsis.
Un sentimiento extraño invadió a todos los presentes
como una vana alegría, cubierta
con una capa de melancolía y un dejo de nostalgia.
Sorprendidos, guardaban silencio, mientras meditaban
aquel presagio en sus corazones.

Finalmente una de entre ellos, la más vieja, habló asi:
-Tal parece, amigos míos, que contemplamos los restos
de aquella alma inmortal que un día creó un camino
único e irrepetible y hoy sólo deja en su camino
la huella de su último paso tambaleante y
con hermosas rosas perfumadas quiso manifestar
la gloria de su última caida, para que todo mortal
que de lejos admire su senda imposible de andar
diga con lástima y pesar en el corazón:
"ahí murió Apocalipsis!-

Y tras estas palabras todos se undieron
en el más profundo silencio, mirando la tumba
llena de rosas .

Apareció entre ellos un hombre
con cierta belleza divina, ellos no le reconocieron,
él al verlos a todos cabizbajos
de esta guisa les habló:
-¿qué hacen ahí, insensatos,
llorando la muerte de un inmortal? ¿por qué
son tan necios y de corazón tan cerrado?
¿para qué están aqui, inmoviles, esperando un milagro?
¿cómo es que teniendoojos no ven más allá
de su tristeza y malinterpretan la revelación?
Díganme, ustedes que aman a Apocalipsis,
¿para qué querría él marcar su caida,
si no para dar gloria al lugar
de donde, triunfante, se ha levantado?
¿para qué marcar el final de una era
si no para demostrar el comienzo de otra mejor?
¡qué pena me dan, pues creen que Apocalipsis
ha muerto en vano!-

Aquellas palabras contrariaron a los presentes
y un nuevo sentimiento se anidó en sus corazones,
entonces, a plena luz del día, ellos abrieron
sus ojos y contemplaron al recien llegado
en todo su esplendor.
Se llenaron de alegría y la más bella,
invadida por una inspiración divina, dijo:
-el camino es Apocalipsis
y Apocalipsis es el camino-

Diciendo esto tendió la mano al forastero
y lo estrechó en un fuerte abrazo,
todos lo había reconocido...