Mostrando entradas con la etiqueta Incursiones por el mundo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Incursiones por el mundo. Mostrar todas las entradas

lunes, 19 de septiembre de 2011

El aplastante peso del ocaso

Salió por la puerta principal y se dirigió a su vehículo. Con una enorme sonrisa en los labios ocultó sus lágrimas tras un prolongado abrazo porque “los chicos no lloran”. Sin palabras para que su voz no se escuchara entrecortada… No había en realidad nada más que decir, tal vez esas palabras que él mismo había propuesto callar y nada más. Pero no dijo nada, sólo enjugó sus lágrimas con toda la fuerza de su corazón y subió a su automóvil dispuesto a emprender su viaje.


Su camino de regreso era muy diferente al camino de venida. El primer viaje estaba lleno de confusión, casi miedo. Realmente no sabía a dónde iba, no sabía que iba a encontrar. El miedo a lo desconocido oprimía su alma de una forma inenarrable. En cambio su regreso era un camino ya conocido, sólo que ahora luchaba por romper una banda elástica que lo mantenía unido a ese lugar. No es que quisiera romperla realmente, es que debía hacerlo, y así lo hizo.

Partió ya de tarde, cuando el sol había recorrido ya la mayor parte de su carrera. Y mientras más se alejaba de aquel lugar la luz lo iba abandonando poco a poco. Que difícil fue para él pronunciar unas palabras tan estoicas, aquellas palabras que lo ataban inevitablemente a lo que debía ser y no a lo que él quería. Y mientras el sol se perdía en el horizonte, el sentía que debía cargar con todo el peso del astro para evitar que terminara de caer.

Luego simplemente se quedó a solas en la oscuridad… lo peor apenas iba a comenzar.

domingo, 3 de abril de 2011

Entre la gente



A veces te extraño, cuando, a mitad de la noche se enciende algún pálido lucero, pienso en ti...

jueves, 20 de mayo de 2010

Paseos nocturnos


Tan sólo al llegar a la bella ciudad de Zacatecas, nos recibieron con banda y alcohol ¿qué más puede pedirse luego de un viaje tan largo y pesado? Yo había permanecido de pie en el autobus durante casi todo el viaje. Había comido (o más bien robado de la mano de Ana, Luz, Lino, Chucho o Julio) papas fritas. El paseo me había caido bien luego de tanto pesar oprimiendo mi roto corazón.
Había viajado ya antes a Puerto Vallarta y a Veracruz pero, solo, no había disfrutado tanto del sonido del motor de un autobus (en muy malas condiciones, por cierto) y del interminable camino. Lo mejor de todo el viaje fue la compañía. Me sentía embelesado entre tanta gente, algo que no había sentido en mucho tiempo.
Allá en Zacatecas quedó enterrada mi vida de abstemio. No perdí el asco por el alcohol, pero decidido a saber que se siente perder el jucio me puse una borrachera a lado de mis amigos. La primera. Que lindo recuerdo... Allá mi corazón volvió a agitarse dentro de mi pecho. Allá descubirí amor verdadero... allá brilló para mí aquella "luz que nunca se apaga".
Solíamos andar de noche por las calles desiertas de la ciudad. Pero una noche en particular se nos ocurrió que podríamos ir a caminar a la linda plazuela de las fuentes bailantes. Como eramos un equipo de esos que saben organizarse, salimos algo tarde y algunos algo "enfuruñados" del hotel que nos hospedaba. Andubimos por las calles algo desubicados y sin una alma a quien preguntar por nuestro destino. Mas finalmente llegamos.
Una hermosa iglesia gótica sobresalía tras los árboles y los caminos de la plazuela. Algunos amantes noccturnos aprobechaban la falta de luz para demostrarse su amor. Yo demostraba el mío a través de mi cámara fotográfica. Así fue como logré la mejor foto del viaje en aquel lugar (si esa es la mejor imaginen como están las otras). Luego fuimos al kiosko, jugaríamos alguna cosa que he olvidado, pero al final sólo cantamos. Mi alma estaba alegre, quería bailar, quería cantar, sentía que podía volar. Y cual en los años maravillosos (parodiados en los Simpson): "Ellas no lo dijeron y yo tampoco, pero aquella noche mi alma quedó ligada para siempre a las suyas..."
No sé si fue buena idea o no, a veces duele como un aguijón, otras es dulce como la miel. Como sea, creo que ambas cosas llegan a ser parte de una abeja. ¿Será que quién quiera miel debe soportar algunos piquetes venenosos?...

miércoles, 19 de mayo de 2010

Cuidad de ángeles


Así es, una linda fuente en la ciudad de Puebla, allá, dónde las iglesias majestuosas se yerguen en cada esquina. Ciudad fundada por los ángeles del cielo en el año 1531. Ciudad majestuosa, dónde las mujeres son hermosas, las calles tranquilas, los ebrios ruidosos, el mole sabroso, el camote... para que te cuento: dulce, delgado y alargado; justo para que disfrutes el sabor del dulce típico.
Puebla sabe a cultura, sabe a sacralidad, pero sobre todo sabe a historia. Majestuosa ciudad, Puebla, el único recinto donde los mexicanos caminan con la espalda erguida y la frente en alto. Orgullo nacional, lugar de los ángeles, ciudad de historia.
Allá me llevó mi melancólico camino aquel invierno. Manejaba de noche en el flamante auto negro, mi música me mantenía despierto, además del azucar que me proporcionaban algunas paletas dulces. Así viajé. Mis compañeros hablaban de cosas diversas, yo prestaba poca atención a las voces y mucha al camino.
Llegué a la ciudad, las voces se fueron extinguiendo con el paso del tiempo. ¡Cuánta soledad, cuánta silencio, qué extraño sopor domeñaba mi alma! Finalmente a solas con ella, conduje hacia el centro de la ciudad. Dejé el auto en el estacionamiento de un supermercado y continuamos el paseo a pie. La tarde iba cayendo lenta sobre las cúpulas adornadas con cruces. El día agonizaba dando paso a la oscura noche. La navidad se sentía en el ambiente. Coloridos rojos y blancos adornaban la plaza, un árbol coronado por una estrella llamó mi atención y encaminó nuestros pasos hacia las fuentes luminosas. Allá en Puebla, donde se construyen sueños.
Construimos un lindo palacio inspirados en la arquitectura celeste de la ciudad de los ángeles. Pero como todo lo que se contruye en el cielo, tarde o temprano caerá, cuando las nubes ya no soporten tanto peso sobre sí...