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miércoles, 30 de agosto de 2017

Y la lluvia no cesaba

Primero se cortó el suministro de electricidad, de manera repentina, súbita, casi a la par de la llegada de la lluvia. Como a las tres de la tarde el pálido sol que con brillos tímidos intentaba coronar el cielo se difuminó tras las nubes cada vez más negras. Las calles se vaciaron en unos cuantos segundos y una espesa noche se ciñó sobre la ciudad. Pasaron un par de horas, y la lluvia no amainaba. Los pocos refugiados bajos las cornisas o atiborrados en las tiendas comenzaron a resignarse y a correr bajo el agua para llegar hasta sus casas, y la lluvia no cesaba.
            Para las ocho de la noche, la ciudad estaba inmersa en una total oscuridad, apenas herida casualmente por algún automóvil que aún circulaba entre invisibles estelas dibujadas en los primeros charcos que buscaban presurosos alcanzar las alcantarillas para llegar a su destino. El monótono sonido de las gotas golpeando los tejados, ventanas, patios, calles pronto inundó el ánimo de los pobladores, quienes, como devueltos a una etapa anterior a la tecnología, guardaban un silencio contemplativo. Las pocas conversaciones fueron apagadas por el rugido del cielo y la gente se reunía alrededor del fuego de las velas, sin mirarse, sin hablarse. Y la lluvia no cesaba.
            Quienes disfrutaban del constante golpeteo de la lluvia y de la profunda oscuridad nunca antes vista en la gran ciudad durmieron profundamente; pero algunos otros, aterrados por las tinieblas inescrutables, no podían cerrar los párpados, aunque mantenerlos abiertos no representaba ninguna diferencia, sentían cierta seguridad en su ceguera voluntaria.
            A las siete de la mañana el agua le había ganado unos veinte centímetros al suelo. Se suspendieron todas las actividades citadinas, la electricidad no se restableció, las calles resultaban intransitables, no hubo escuela, ni trabajo. Las familias se reunieron frente a la ventana para contemplar la el agua que caía de un cielo apenas iluminado por un sol invisible. Las personas que vivían en casas con dos niveles comenzaron a subir sus posesiones más preciadas a las habitaciones más altas. Quien vivía al ras del suelo intentaba, en algún necio intento, sacar el agua por una ventana, en un cómico ciclo infinito. Y la lluvia no cesaba.
            Para la tarde de aquel día, el agua ya cubría las rodillas de una persona adulta. Fue como si el tiempo se petrificara en un instante. La gente quedó atrapada en donde estaba. No podían salir del motel donde se habían refugiado parejas de amantes buscando encuentros furtivos favorecidos por la oscuridad de la noche anterior; no podían salir del hospital los pacientes recién dados de alta, ni los enfermos, ni los familiares que se quedaron haciendo guardia, ni los doctores y enfermeras que llevaban más de dos días sin ver a sus familias; los veladores de las enormes tiendas o las grandes fábricas se sentaban sobre los escritorios, esperando que pronto la lluvia amainara un poco y podrían salir, no tan mojados, de sus prisiones accidentales. Pero la lluvia no cedía.
            Antes que la poca luz del día se desvaneciera por completo entre el manto nocturno Deucalión tomó sus herramientas y desconectó el sistema hidráulico de la casa. Tiró toda el agua del tinaco y vio cómo el agua corría y se fundía con las gotas de lluvia, y se le ocurrió que quizá su inconsciente hazaña contribuía a llenar la tierra de agua. Cuando el enorme tinaco estuvo vacío, llamó a su hermano menor, Noe, y lo introdujo en él, con algunos trapos y le pidió que lo limpiara y secara con mucho cuidado, luego cerró la tapa y se introdujo en el agua del suelo, que entonces ya le llegaba al pecho. Buscó algunas tablas, cuerdas, latas, botellas vacías y llenas, y todo lo que pudo encontrar. Fue por su hermano, quien había completado la labor encomendada, lo ayudó a salir, volvieron a cerrar el tinaco y ambos tomaron un baño en la lluvia fría, resguardando el pudor en las tinieblas. Y la lluvia no cesaba.
            Ambos hermanos se resguardaron bajo el techo de la habitación de la planta alta, aún seca. Se secaron el exceso de agua con algunas toallas y se acostaron en una cama que todavía no alcanzaba a guardar humedad. Deucalión besó a Noé, lo abrazó y ambos durmieron profundamente resguardados por el calor fraterno.
            Al amanecer del tercer día, la lluvia se había introducido en los ojos del pequeño Noe, y Deucalión intentaba secar su rostro húmedo con caricias y pañuelos. Tomaron un frugal desayuno, frío como los sentimientos que embargaban a Deucalión por las lágrimas de Noé. Ambos subieron a la azotea y comenzaron a trabajar, en silencio; Noé sabía lo que necesitaba su hermano antes que éste se lo pidiera, y lo apoyaba industriosamente, pero la lluvia no salía de sus inocentes ojos. Deucalión logró fijar las tablas al tinaco, formando una cruz lo más simétrica posible, amarró varias botellas vacías en los extremos de las tablas, luego hizo un pequeño cobertizo que cubría la tapa del tinaco, puso un tapón al ducto de salida, probó y comprobó amarres y lloró ocultando sus lágrimas entre el agua que llegaba de arriba. Y la lluvia no cesaba.
            Desde la azotea podían contemplar como el agua casi alcanzaba los dos metros antes de llegar al suelo. Entre la inquieta superficie flotaban diversos cacharros ignorantes buscando puerto entre cornisas y techos bajos. Entonces lo vieron casi en la oscuridad, la primera víctima hinchada como una balsa surcando la superficie acuática quien buscaba alcanzar las profundidades.
            Quizá la lluvia podría darles tregua una noche más. Durmieron en su cama con la lluvia golpeando las ventanas por fuera y los corazones por dentro. Pero la lluvia seguía y seguía.
            A la mañana siguiente, muy temprano, el sueño escapó de entre los párpados abiertos de Deucalión, mientras el cansancio aún lo mantenía prisionero tras las pestañas de Noé. Deucalión sintió el golpeteo del agua bajo el suelo y se levantó a hurtadillas. Guardó un par de frazadas en una bolsa de plástico, junto con las latas, botellas de agua, la linterna y las baterías y todo aquello que consideró necesario y lo llevó hasta el tinaco, esta vez cubriendo su cuerpo con un impermeable para no mojarse, pues creyó que ya no era momento. Bajó por Noé, lo despertó y lo llevó hasta el tinaco, entraron ambos y cerraron la tapa para cerciorarse de que sirvieran los respiraderos. Ahí permanecieron encerrados, en silencio, en la oscuridad del artefacto, sin saber si era de día o de noche, bajo el incesante sonido de la lluvia golpeando el cobertizo y las paredes de su refugio. Y la lluvia no cesaba.
            Cuando el nivel del agua por fin sacudió el refugio de los hermanos, el pequeño Noé se agarró a su hermano con fuerza y le dijo “tengo miedo”. ¿Qué hacer? Deucalión también estaba muerto de miedo, pero era el hermano mayor. Sólo abrazó a Noé mientras sentían una segunda sacudida más intensa. Se estaban moviendo. ¿Dormía Deucalión o permanecía en vela? Es algo que ni él mismo podría precisar. Dentro de su refugio la temperatura era agradable y quizá el dulce sopor lo mantenía en un estado de somnolencia. ¿Cuánto tiempo habría pasado desde que cerró la tapa de su nave? ¿Sería de día o estarían bien entrada la oscuridad? Quitó la tapa para asomar la cabeza y se encontró con el mismo cielo gris, la misma lluvia que caía inclemente sobre el cobertizo que la evadía de la entrada del tinaco. Comprobó con cierto orgullo que sus estabilizadores los mantenían a flote, evitando ser volteados por la corriente. Afuera el frío era intenso, pero no insoportable. El pequeño Noé quiso admirar lo que su hermano, así que Deucalión lo ayudó a asomar la cabeza. Era como estar en medio del mar. A lo lejos se veían algunos edificios que aún sobresalían como pequeñas islas.
            “Mira, Deucalión, allá” dijo con cierto entusiasmo el pequeño Noé, “es el hospital, lo ves, nos estamos acercando”. El corazón de Deucalión se inflamó de esperanza cuando alcanzó a ver, entre las espesas gotas de agua, gente que se movía en la azotea del hospital. “Mamá estaba allí”, dijo Noé, de cuyos ojos la lluvia se había retirado. Pero la alegría de Deucalión se desvaneció casi de inmediato, cuando, al estar un poco más cerca comprendió que la gente del hospital se encargaba de arrojar cadáveres por la borda. Y de pronto se encontraron navegando un cementerio flotante y hediondo de cuerpos hinchados y verdes.
            ¿Fue alguna marca particular, un tatuaje, la falta de alguna oreja o el exceso de dedos; o se trató de un simple presentimiento, de un tácito reconocimiento lo que llevó a los hermanos a cerrar la tapa de su nave mientras el cielo se confundía a grado de no saber si la lluvia era más intensa afuera o adentro del tinaco? ¿Qué palabras podría proferir Deucalión que brindaran a su hermano un consuelo que el mismo no encontraba, mientras la oscuridad se internaba cada vez más profunda en el provenir de los hermanos? Mas la lluvia no paraba.
            Que ironía saberse cercado de agua y que las botellas comiencen a verse vacías. Deucalión de vez en cuando sacaba la mano con una botella abierta para rescatar el agua que les caía del cielo en abundancia, pero la comida comenzaba a verse escasa, sin posibilidad de que les cayera también del cielo. Deucalión comía apenas lo indispensable, y se la pasaba horas y horas dormido en una posición incómoda. Se sentía obligado a guardar las provisiones para Noé, quien ya no tenía a nadie más que a Deucalión, pero éste no se daba cuenta que ya tampoco tenía a nadie más.
            “Deucalión,” llamó, Noé en algún momento, “¿y si mamá es la lluvia que nos abarca con su amor por todos lados?” “Sí, debe ser” Respondió Deucalión, y se aferró a la mano de Noe con las fuerzas cada vez más tenues. El movimiento armónico de su nave le cerraba los párpados casi con furia. El silencio le resultaba casi sepulcral. Se sentía inmerso en la nada, de vuelta en el caos informe del principio de los tiempos, antes del fuego y las hogueras, sólo flotaba entre las aguas equidistantes unas de otras. El silencio cada vez más profundo, y luego, parecía que no habría nada más, sólo la acompasada respiración de su hermano. ¿Estaba soñando? No lo sabía. De pronto sintió frío, muy intenso. Tenía los ojos cerrados y veía a su alrededor miles de cadáveres flotando, tapizando la superficie del agua, ¿una pesadilla? No lo sabía. Luego una sacudida y el grito de su hermano “¿qué fue eso?”

Deucalión se incorporó con dificultad, es como si hubiera envejecido varios años, las fuerzas lo abandonaban. Quitó la tapa del tinaco y el aire frío lo golpeó de lleno en la cara. El tinaco había chocado contra alguna cima, todavía informe, que se levantaba orgullosa en medio de la inundación. La lluvia había cedido. 

jueves, 25 de julio de 2013

Los frutos de la belleza

Ella no era fea. Tenía un buen cuerpo labrado por un arduo trabajo en el campo, sus manos esculpidas por el azadón culminaban en unos dedos muy finos pero desgastados, con las uñas ennegrecidas por la sangre y la tierra; sus piernas eran fuertes, torneadas gracias a las largas caminatas, aunque sus pies no habían conocido jamás la bendición de unas suelas acolchonadas; sus caderas parecían un regalo hecho por los dioses, podría decirse que eran biológicamente aptas para la procreación; sus voluminosos pechos se veían oprimidos por una venda para evitar llamar la atención; sus greñas, sucias y enredadas, rara vez caían por debajo de sus hombros; su rostro, escondido bajo las capas de tierra adherida a la piel gracias al sudor, podía haber doblegado la voluntad de cualquiera que se atreviera a desenterrarlo. Pero sus ojos... tenía ojos profundos en los que es fácil perderse y no salir jamás.

Ángeles había visto correr ya poco más de veinte inviernos y había padecido la mala suerte de Psique, o al menos eso parecía. Huérfana de nacimiento tuvo que encontrar la manera de proveerse el sustento por sus propios medios. Jamás asistió a la escuela, nunca nadie reclamó algún parentesco o relación filial, no se le conoció nunca un pretendiente. La gente del pueblo huía de su presencia. No es que su aspecto desaliñado causara una impresión fuera de lo común, era más bien que el brillo de sus ojos causaba desconcierto e intranquilidad. La belleza de su mirada tenía algo que no les parecía humano y desconfiaban de ella. Nadie jamás la había visto sonreír.

Dormía en una casa abandonada en los límites del pueblo. Por la mañana cultivaba el maíz, por las noches cazaba tlacuaches y conejos. Dormía por las tardes. Alguna vez un niño curioso reunió a un grupo de valientes camaradas que lo acompañaron a espiar a la muchacha por la noche. La encontraron cerca de la media noche: greñuda, sucia y desollando un animal. La noticia se propagó rápidamente en el pueblo: “Tiene un pacto con el diablo y le sacrifica animales, por eso tiene esa mirada tan escalofriante, es una bruja”.

La intrépida hazaña de los infantes les ganó el mote de “los valientes” entre sus coetáneos, y también trajo una reclusión mayor para Ángeles, a quien ya no se atrevían ni siquiera a dirigirle un saludo. No es que realmente le extrañara, pero tal falta de contacto con otro ser humano fue aniquilando poco a poco su espíritu. “Los Valientes” se encargaron de hacer la historia de “la bruja Ángeles” cada vez mayor y las palabras llegaban a la muchacha arrastradas por el viento, pues jamás hubo alguien que se atreviera a acercarse a gritarle “bruja” en la cara.

Para Ángeles la vida transcurría igual que la de un animal. No había recibido jamás una muestra de afecto, de comprensión, de cariño. Sabía hablar, pero nadie hablaba con ella. Sin embargo, era capaz de entender las palabras, y su cerebro estaba tan agrietado que ya había perdido incluso la capacidad de llorar.

¿Por qué Ángeles jamás se fue del pueblo? La respuesta a esa pregunta podría ser tan mítica como las respuestas a tantas preguntas que la gente se hacía: ¿Cómo sobrevivió sus primeros años de vida? ¿Quién le enseñó a cultivar el maíz? ¿Cómo se proveía con las herramientas necesarias para trabajar la tierra? Son cosas que nadie supo responder, y en su momento le atribuyeron tal obra a Satanás.

Tal vez jamás pensó que podía ir a otro lado, tal vez nunca imaginó que fuera de ahí las cosas podían ser diferentes. Lo cierto es que una noche salió de la casa abandonada con el cuerpo totalmente desnudo. Caminó con paso firme con una cuerda en la mano, buscó un árbol que le pareció apropiado, hizo un nudo alrededor de su cuello y puso fin a su vida.

Sucedió, sin embargo, un fenómeno curioso. Mientras la cuerda alrededor de su cuello cortaba el flujo de aire y le iba coartando la vida, Ángeles experimentó un gran alivio al sentir que abandonaba la vida y finalmente sonrió. Sus músculos tensos, ya sin vida, conservaron el cadáver sonriente de aquella mujer hermosa. A la mañana siguiente, cuando los primeros pobladores encontraron el cuerpo pendiente de un árbol pudieron contemplar su maravillosa sonrisa. Sus ojos, con la mirada fija, irradiaban todavía un hálito vital que sorprendió a todos. Estaban parados ante una auténtica obra de arte. Se escuchó pronunciar a algún muchacho del pueblo “ella no era fea”.

Los pueblerinos comprendieron que tal belleza no podía proceder de Satanás, que ese era un milagro de Dios. El artista del pueblo inmortalizó aquella imagen en un lienzo, aunque el pudor lo obligó a vestir la imagen con un hermoso hábito de color rojo, que simbolizaba la sangre de la víctima. A pesar de que Ángeles había elegido un árbol seco, casi tétrico, el artista dibujó un árbol frondoso.

Ella de alguna manera comprendió que había algo de eterno en la muerte y no quiso pasar desapercibida. Eligió ese árbol seco, porque en lo más profundo de su ser comprendió que ella era semejante a aquel árbol: Estaba de pie, pero no tenía vida; y quiso mostrar eso a quien tuviera ojos para verlo.


La tradición del pueblo erigió una iglesia en honor de la Ángeles Mártir, que murió colgada al defender fervientemente el cristianismo. Tuvo una vida de total entrega a Dios y vivió siempre para ayudar a su prójimo. El árbol en el que murió se cubrió de flores, fue una manifestación divina de la entrada de Ángeles a las puertas del cielo. El árbol da los frutos más dulces y más jugosos de todo el pueblo, sin embargo es una fruta sagrada y nadie debe comerla, pues esos frutos solo se ofrecen a Dios.

viernes, 15 de febrero de 2013

Postmodernidad

La hermosa vida en sombras luminosas
transcurre serena, vacua existencia.
Ansiada, anhelada, amada inconsciencia,
buscas la luz en zonas tenebrosas.

Los ratoncillos ya no corren más
en tu cuerpo impulsado por influencia
de monstruos gélidos por la inclemencia:
¡Esto avanza! Aunque camine hacia atrás.

Esta humanidad; luego que otrora
fue otra vez -conteniendo aún dolores-
destapada la caja de Pandora;

angustiada, aguarda tiempos mejores,
los que, inmóvil, todo el mundo añora
solo mi alma grita ¡o tempora o mores!

jueves, 6 de octubre de 2011

Esquizofrenia (3/10)

En los días siguientes la amistad de Ernust y Violeta fue creciendo de manera rápida y franca. Las noches de él se hicieron más cortas, su sueño comenzó a transcurrir de manera tranquila y apacible. Despertaba con una sonrisa que no se le borraba en todo el día. En su cuaderno de dibujos tenía varios bocetos que intentaban ser un retrato de Violeta, pero él jamás quedaba del todo convencido. Quería captar su mirada inocente y tierna y su sonrisa tan congruente con toda ella, pero sentía que no lo lograba, por ello llenó su cuaderno con muchos intentos de captar a Violeta justo como él la veía.

Ophrys y Jazmín se mostraban pacientes con él, y no pasó mucho tiempo para que conocieran a la famosa Violeta. Ernust hablaba mucho con sus dos amigas sobre ella, les mostraba sus bocetos, les contaba sus sueños. Ellas estaban contentas de ver que su amigo estaba logrando salir de la depresión.

Ernust se convirtió en el confidente de Violeta. Y fue tanto el cariño que sintió hacia ella que había ciertas cuestiones de su vida que no le confiaba a nadie más que a ella. Así, una tarde la lluvia comenzó a caer y Ernust contemplaba como las gotas saltaban alegremente en los charcos que se formaban en el piso de la escuela. Por alguna extraña razón sintió su alma oprimida por un gran peso. Violeta llegó a su lado, él la miró. Le dijo “me siento solo”. Ella lo abrazó y Ernust lloró amargamente durante largo rato. Violeta no dijo nada pero apremiaba a Ernust con la mirada para que hablara sobre su penosa situación. Él la miró a los ojos, y le contó las penas que le oprimían, y mientras hablaba sentía como la mirada de ella iba purificando su alma. Ernust grabó esa mirada en lo más profundo de su mente, como cuando un escultor graba en la piedra la figura de su amada y esa piedra queda marcada de por vida.

Desde aquella tarde Violeta llenaba todos los espacios vacíos que había en la vida de Ernust. Él se sentía más fuerte, más tranquilo, como si hubiera estado enfermo mucho tiempo y ahora estuviera totalmente transformado. Aquellas lágrimas habían sido como un renacer, un retorno a lo esencial que ahora le permitía abrir los ojos y contemplar la luz que durante tanto tiempo había estado velada. El mundo retomaba el color que había perdido, los ojos de Ernust se estaban abriendo por primera vez a la vida, y él contemplaba maravillado que el mundo era hermoso. Ahora contemplaba las flores, los árboles, los niños que corrían, todas esas cosas que antes estaban ahí, pero que jamás había podido contemplar en su totalidad. La pared de un viejo edificio, el pavimento levantado por el peso de los automóviles, las luces de los semáforos, era como si la ciudad apareciera por primera vez a la vista de un pueblerino. Al menos así lo sentía Ernust.

miércoles, 27 de abril de 2011

Troya

Luego de diez años de enfadosa lucha sin resultados, el ejército aqueo, comandado por Agamenón, estaba ya cansado del sitio a la infranqueable ciudad. Aunado a ello, una terrible peste asoló el campamento causando grandes bajas al ya de por si desmoralizado ejército.

Los grandes comandantes comprendían que habían ofendido algún dios y que debían congraciarse con él, sin embargo, el grueso del ejército –compuesto por gente sencilla, por campesinos que habían abandonado sus tierras y sus familias por orden de sus reyes– no tenía idea de lo que estaba pasando, para ellos sólo había muerte, hambre, desolación y una causa perdida. Habían ido a luchar a esa tierra extranjera, dejando toda su vida atrás, sólo por recuperar a una mujer: la más bella del mundo, decían las leyendas. Pero para un simple soldado la causa era vana, por muy bella que fuera Helena, no valía una guerra tan larga, además, esa belleza le pertenecía sólo a Menelao, su legítimo esposo, y un simple y llano guerrero tenía que morir sin albergar siquiera la esperanza de poder yacer en el lecho de Helena.

Todas las esperanzas aqueas de que la guerra tocara su fin estaban puestas en Aquiles, aquel guerrero, hijo de una diosa, a quien se creía invencible. Aquiles peleaba por la fama que la victoria acarrea consigo. ¿Qué le importaban a él Helena, o la causa de los griegos, o el monopolio económico que vendría con la conquista de la ciudad? En cambio, en Troya, todas las miradas estaban puestas en Héctor, hombre valeroso, sin duda, pero que no estaba a la altura de aquel legendario guerrero Aquiles. Héctor lo sabía, sin embargo, no temía enfrentar a su rival, temía más por el futuro de su esposa y su hijo una vez que cayera él, el más honorable de los troyanos.

Una confrontación entre Agamenón y Aquiles estuvo a punto de poner fin a la guerra, porque, si Aquiles partía –ofendido como estaba– la escasa moral que les quedaba a los aqueos se desvanecería y ya no verían razón para luchar, más aún, sin Aquiles entre sus tropas ninguno podría ver a Héctor acercarse a la batalla en las filas de vanguardia sin sentir que sus piernas se debilitaban y su cuerpo caía al piso presa del horror. Agamenón estaba consciente de que él no era nada sin Aquiles, no es que sintiera miedo de Héctor, pero tampoco es que quisiera enfrentarlo en batalla, así que, tragándose su orgullo, prefirió pedir disculpas a Aquiles para que la guerra continuara en buenos términos para los aqueos.

Sin embargo, imposible sería evitar que los destinos de Héctor y Aquiles se encontraran en una trágica batalla donde uno de ellos iba a morir. Esto estaba previsto, no por el destino, sino por la cólera de un par de diosas que, en busca de venganza, habían provocado que se desatara la cruel guerra de Troya. Todo el problema se originó varios años atrás, cuando Discordia se presentó con un regalo mientras se celebraba una boda: Era una manzana de oro que tenía inscrita la leyenda “para la más bella”. Afrodita, Atenea y Hera se disputaron aquella presea. Como no había manera de que ninguna de ellas aceptara que la otra era más bella decidieron que la decisión debía tomarla un mortal. Eligieron a Paris, hermano de Héctor, como juez. Las tres, jugando un tanto sucio, quisieron sobornar al inexperto jovenzuelo ofreciéndole dones que sólo ellas podían otorgarle, pero la astuta Afrodita, conociendo los corazones de los mozos en desarrollo, le ofreció un regalo que le sería imposible rechazar: a Helena, la mujer más bella del mundo. El fallo, como es de imaginarse, se dio a favor de Afrodita. Las otras dos diosas, encolerizadas, juraron venganza. Así fue como, en su cólera, creyeron que la mejor forma de vengar la afrenta de Paris, borrarían la ciudad de Troya del mapa, por ser la ciudad natal del joven que las había ofendido.

Cruel desgracia la de Héctor, tener que morir él, que jamás había pensado siquiera ofender a las diosas que ahora causaban su perdición. Así fue como finalmente, Héctor se encontraba tras las murallas infranqueables de Troya, detrás de la puerta, sabiendo que su muerte llegaría en breve, su padre y su esposa lloraban amargamente, le pedían que no saliera… afuera aguardaba Aquiles, éste había mandado llamar a Héctor exclusivamente, quería luchar con él y sólo con él. Héctor se puso su armadura lentamente, no tenía prisa, pero tampoco estaba alargando su suerte. Tomó su casco y se paró tras la inmensa puerta que defendía su ciudad. Ordenó que se abrieran las puertas, afuera aguardaba Aquiles y el ejército Aqueo. Las puertas comenzaron a abrirse y se hizo un silencio espantoso… todo el mundo estaba a la expectativa, los mismos dioses se había reunido en el cielo para ver lo que iba a ocurrir.

Salió Héctor al encuentro de Aquiles, lo miró con una amplia sonrisa en el rostro, llevaba en una mano su casco, salió sin lanza o espada. Caminó con paso firme, pero lento hacia donde Aquiles estaba, se paró frente a él, lo miró, lo abrazó… Aquiles se sintió desconcertado. Finalmente Héctor le habló:

“Hermano, sé has venido aquí con el único propósito de acabar con mi vida. En cualquier otra circunstancia te daría las gracias, hoy no será la excepción, no obstante, me gustaría antes comunicarte mi pensamiento. No se nos oculta, por nuestro noble linaje, que estamos el día de hoy, aquí, peleando por Helena. Pero tú bien sabes que esa mujer nada tiene que ver contigo, ni conmigo, ni con Troya ni con todas las ciudades griegas que se han reunido aquí para reclamarla. Helena es un conflicto entre Paris y Menelao que los dioses han querido hacer más grande. Glorioso es morir por el honor cuando se nos ha arrebatado por la fuerza, entonces luchar por una causa propia se convierte en la mayor de las virtudes, no hay vida más gloriosa que la que termina en el campo de batalla. Sin embargo, yo te pregunto ¿qué de gloria encuentras en morir por arbitrio caprichoso de los dioses? Un gran honor sería para mí morir abatido por tu lanza si acaso mi ciudad le hubiera hecho algún mal a la tuya. Pero ambos sabemos que el día de hoy uno de nosotros morirá, yo moriré, sólo porque tres diosas jugaron un juego y no supieron perder. Hoy es voluntad de Atenea y Hera que Troya caiga y Afrodita no es lo suficientemente fuerte para defenderla. ¿Por qué, hermano? ¿Por qué pelear defendiendo los caprichos de aquellas? ¿Por qué derramar nuestra sangre mortal y por qué dedicar nuestros esfuerzos en combate por aquellas que pueden aplastarnos en un solo instante? ¿Por qué servir de diversión para los inmortales? Yo no desconozco tu fuerza, ni pretendo conservar mi vida, sólo me gustaría ser justo. ¿Por qué los humanos debemos cargar con los conflictos de los inmortales, cuando ya nuestros propios conflictos son suficientes para agobiar nuestras espaldas? Piénsalo, y si después de pensar aún quieres acabar con mi vida por una razón vana, no opondré ninguna resistencia”

Y acabando de hablar comenzó a desembarazarse de su armadura y se sentó en el suelo. Aquiles entonces miró hacia el cielo durante un largo rato, luego tomó su lanza y se preparó para disparar… Dirigió su disparo con la mayor fuerza que pudo hacia el cielo, dio la mano a Héctor, lo abrazó, luego dio media vuelta y se fue ante la mirada expectante de dioses y hombres.

viernes, 10 de septiembre de 2010

Golem

-Maestro, ¿de verdad es posible crear a través de la palabra?

-Naturalmente, aunque no precisamente crear, sino invocar los poderes divinos al encontrar la palabra adecuada... por ejemplo, si encuentras la palabra divina que designa al viento, entonces con tan sólo pronunciarla podrás someter a tu voluntad a los cuatro vientos.

El alumno escuchaba con atención para no perder ningún detalle. Estaba seguro que podría lograr algún día encontrar las palabras divinas para someter a la naturaleza. Aquella noche no durmió, se quedó pensando la manera de encontrar las palabras. Número, letras y sílabas era todo lo que sus ambiciosos ojos podían ver.

-Maestro, entiendo que pueda una cosa ser sometida si se le pronuncia en lengua divina. Pero tengo aún otra pregunta. Si encuentro la palabra divina para "mal" o "maldad" ¿entonces El Mal se me someterá y podré erradicarlo del mundo?

-Así es. Podrías erradicarlo o utilizarlo si lograras encontrar semejante palabra. Pero la lengua divina proviene de El Señor, no existe, pues, tal vocablo en lengua divina.

-Pero maestro, si El Señor hiso todo con la palabra, el mal también debió surgir a través de ella, y entonces quien descubriera la palabra podría someter al Mal a su voluntad.

-Mi muy querido discípulo -respondió el maestro,- aparta ese tipo de pensamientos de tu cabeza, porque con ello no haces más que asegurar tu camino a la perdición...

El discípulo guardó silencio, pero meditaba en su corazón todas aquellas cuestiones que lo carcomían por dentro mientras buscaba la Verdad, su verdad.

-Maestro, y si encuentro la palabra "bien", ¿podría someter al Bien a mi voluntad?

-Hijo mío, no necesitas encontrar la palabra para hacer el bien, puedes hacerlo todos los días.

-Maestro -volvió a insistir- ¿y Dios, qué pasa si encuentro la palabra Dios?

El maestro lo vio con ojos de infinita ternura, como un padre contempla a su hijo. Antes de contestar tomó la traducción que juntos estaban haciendo, la cerró, le entregó los apuntes a su discípulo y luego añadió:

-Muchos han intentado encontrar el nombre de Dios, pero no lo han logrado. Quien pueda hacerlo podrá contemplar a Dios en todo su esplendor. Entonces vendrá una era de paz y prosperidad para nuestro pueblo y ya no tendremos que volver a huir jamás.

El muchacho lo miró entusiasmado. Sus ojos birllaban ávidamente, sus manos comenzaron a sudar, guardó silencio un poco rato, luego, ya sin poderse contener, dijo:

-Maestro, yo sé cual es la palabra, yo la he descifrado, yo sé como se dice Dios en lengua divina.

-Hijo, si tú tuvieras semejante respuesta podrías salvar a nuestro pueblo- Le respondió el anciano, como quien quiere alentar a alguien que de antemano sabe que fracasará.

-Durante muchos años, maestro, he estudiado la Cábala, siguiendo sus enseñanzas al punto. Y estoy convencido, descubrí una palabra en lengua divina.

El muchacho se paró derecho, tomo aire varias veces, y de la manera más solemne posible pronunció una palabra imposible de escribir.

De inmediato sintieron estremecer el suelo bajo sus pies, una enorme mole de tierra se acumuló frente a sus ojos, luego fue tomando forma humana poco a poco hasta quedar la bella figura acostada en el piso. Criatura divina, sorprendente de ver, grande, fuerte, hermosa. La criatura se incorporó y miró con terribles ojos a su invocador. Luego se le acercó, de un golpe con su poderosa mano lo derribó y se fue corriendo tan rápido como pudo. Maestro y discípulo quedaron estupefactos. El maestro se aproximó al derribado alumno para ayudarlo a incorporarse.

-Sin duda la secuencia es correcta, no por ello la palabra.

Corrieron en busca de la criatura, finalmente la encontraron sentado en el desierto mirando las estrellas. "Ven" dijo el muchacho, y la criatura manzamente obedeció. "Estoy cansado, quiero agua" dijo el joven, y la criatura buscó agua y se la llevó para que tomara. A partir de ese momento obedecía cada orden que el joven le daba.

-Creo, maestro, que nuestra criatura, pese a nuestra imagen y semejanza, es sumamente inferior a nosotros, pues está subordinado y obligado a la obediencia se su creador.

-Pero no puedo explicarme, hijo mío, por qué te golpeó a penas se había incorporado y trató de escapar.

-Maestro, usted es el maestro, sin embargo permítame presentarle mis conjeturas. Creo que nada más ser creado, fue su única oportunidad de escapar de mis ojos, pero fracasó. Ahora jamás podrá librarse del yugo de la obediencia, el amor y la beneración hacia quien le dio la vida.

-Sólo Dios da la vida, hijo mío...

-¿Y qué haremos con él? Tiene algo de divino, pero no es Dios... no podemos matarlo porque se parece a nosotros, pero tampoco es como nosotros...

-Solo nos queda dejar que viva, y que trate de hacer su vida como mejor le paresca...

lunes, 6 de septiembre de 2010

Wolfgang Lunae Salutem

No entiendo exactamente cómo pueden los sueños ser tú interior, como mencionas al inicio de tu carta, y ser independientes de ti, como desarrollas con detenimiento a lo largo de la exposición. Lo cierto es que, mientras la leía, no pude evitar recordar una leyenda de corte no muy antiguo, que me gustaría relatarte pues, tal vez, te ayude a develar un poco el misterio de tus sueños.

"En alguna ocación un grupo de amigos que viajaban en un vehículo, sufrieron un accidente. Entre los integrantes de este grupo había una pareja de jóvenes enamorados. Luego del accidente, la muchacha despertó desconcertada en su cama. No había sufrido ni un rasguño aparente, pero se sentía adolorida y confundida. Lo primero que hizo fue buscar a su amado. Tristemente, al llegar a su casa se encontró conque él había muerto en el accidente y sólo alcanzó a llegar a su funeral. Ella estaba debastada. Lloró durante varios días y noches sin que nada ni nadie pudieran consolarla. Finalmente, el agotamiento la venció y se quedó profundamente dormida. En sus sueños encontró a su amado, quien luego de llevarla por una maravillosa aventura le decía que todo estaría bien y le pedía que por favor despertara. Al despertar ella se encontraba nuevamente en su cama y debía afrontar la realidad de que él estaba muerto. Ella contó a sus amigos su extraño sueño y les decía que sentía que él en algún lugar seguía vivo, que podía sentirlo, pero ellos le dijeron que todo se debía al gran cariño que le tenía, pero que debía dejarlo ir.

"Sin embargo, cada noche, cuando ella dormía, soñaba con él, cada vez una nueva aventura. Viajes en barco, selvas, maravillosos lagos, animales exóticos. En fin, un sin fin de imágenes que ella vivía a lado de su amado. Pero sus sueños siempre terminaban de la misma manera, él le decía "Todo va a estar bien, pero por favor, debes despertar", entonces ella despertaba en su cama, triste y con una amarga sensación en el alma. Así transcurrían sus días, hasta que una noche pensó en enfrentarse a su sueño, intentar mantenerse conciente lo más posible durante su sueño. Aquella noche él se apareció descendiendo del cielo en una nube. Ella le dijo "¿Qué quieres? ¿Por qué me atormentas de esta manera? No es que me moleste verte en sueños, pero despertar es tan horrible que yo preferiría dormir para siempre para poder estar contigo". Él le respondió "No, yo estoy bien, estoy vivo, debes buscarme, mira, te diré un secreto, algo que sea real, algo que sólo yo sé y que tú podrás comprobar y te ayudará a buscarme. Antes del accidente yo había escrito una carta para ti, pero no te la entregué, está incompleta, la encontrarás en un cajón de mi escritorio, pero por favor, debes despertar ahora".

"La muchacha muy entusiasmada fue a la casa de su amado, buscó la carta en su escritorio y, efectivamente, ahí estaba la hoja de papel, con algunas palabras escrita, sin terminar. Ella contó a sus amigos lo que había vivido, pero ellos siempre le respondían que no guardara muchas esperanzas, que había grandes posibilidades de que en algún momento él le hubiera mencionado la existencia de la carta y que ahora ella lo recordaba en sus sueños. Pero ella no se dio por vencida, esperaba la noche para poder dormir y hablar con su amado. En su siguiente sueño ambos viajaron en un carruaje hacia el polo norte. Ella sentía mucho frío y él se quitó su abrigo, le dio un beso y le dijo: "por favor, debes despertar". Al despertar, se encontraba en su cama, pero esta vez algo fue diferente, el abrigo que él le había dado en su sueño cubría su espalda. El hecho la atemorizó, pero le daba una esperanza, debía buscarlo, debía encontrarlo. Nuevamente contó a sus amigos y les mostró el abrigo. Ellos le decían que ese abrigo era el que él llevaba el día del accidente, que muy probablemente se lo había quedado ella y que se lo había puesto inconcientemente antes de dormir.

"Pasaron muchos suceso extraños en su vida, pero no podía encontrar la respuesta. Y cada noche, sin excepción alguna, él la visitaba en sueños y le daba alguna pista, pero siempre le pedía que despertara. Entonces ella intentó hacer algo más, aunque sentía que ya se estaba volviendo loca. Mientras soñaba con él se sentía muy agusto, así que a la noche siguiente cuando él le pidió que despertara, ella le dijo: "No, esta vez no voy a despertar, necesito que me ayudes, que me digas donde estás, todos creen que estoy loca y yo misma siento que estoy enloqueciendo, así que por favor, no me obligues a despertar, no esta vez". Pero él le dijo: "Debes despertar, debes hacerlo ahora, por favor, debes despertar". Ella gritaba que no con todas sus fuerzas mientras el sueño se iba desvaneciendo y despertó, con toda la frente perlada de sudor, en su cama. Las noches siguientes ella trataba de mantenerse dormida, mientras él le insitía cada vez con mayor insistencia que despertara.

"Finalmente, una noche él se presentó en su sueño. Con una mirada triste y con lágrimas en los ojos le dijo: "Mi tiempo casi se ha terminado". Ella no entendía sus palabras. Ese fue el sueño más maravilloso que había tenido. Caminaron bajo una noche con el cielo estrellado. Al ver estrellas fugaces pidieron deseos. Se bañaron en un lago de agua azul, cristalina y luminosa. Al final se encontraron en la cima de una montaña, mirando como lentamente amanecía. El le dijo: "Yo tal vez ya no regrese..." ella lo interrumpió "pero ¿por qué? ¿Qué pasa? ¿Dónde puedo encontrarte? Por favor, no me abandones..." sin embargo él le dijo: "Mi tiempo se ha acabado, yo me tengo que ir, sólo quisiera que me hicieras un último favor: Despierta." Y así el sueño se fue desvaneciendo poco a poco. Aquella vez ella tardó muchisimo más en despertar, se aferraba con todas sus fuerzas a su sueño, pero poco a poco se fue acabando y no le quedó más remedio que abrir los ojos.

"Esa vez despertó en la cama de un hospital. Una enfermera la miraba estupefacta. "Por fin despertaste", le dijo. Ella creyó que se había vuelto loca y que estaba en un psiquiátrico. Le dijo a la enfermera: "Yo no estoy loca, no debo estar aqui". La enfermera le dijo: "No, no estás loca..." y se dedicó a narrarle lo que había sucedido: Ella, luego del accidente había permanecido en coma más de un año. Su amado iba todos los días a verla, le contaba historias, le leía libros, le decía cosas que sólo él sabía; los doctores creían que era eso justamente lo que había mantenido vivo su cerebro durante tanto tiempo, pero que no parecía haber ninguna mejora. También le contó que su amado tenía anemia, que luego del accidente perdió mucha sangre, lo que hizo que su enfermedad evolucionara a leusemia, y que cada día que iba se veía más débil y demacrado y que finalmente, había muerto la noche anterior, no sin antes ir a despedirse de ella y pedirle, como todas las noches, que por favor despertara"

Me parece, mi estimada amiga, que mucho me he extendido en mi narración, sin embargo consideraba importante no omitir ningún detalle. Espero que sea de utilidad para tu cacería de sueños.

sábado, 26 de junio de 2010

De Nada

Al principio Nada existía. Nada prevalecía en la oscuridad y el silencio y dormía en perfecta armonía consigo misma. Nada tuvo un sueño que la despertó. Al despertar se contó su sueño e hizo una canción que se lo recordara. Nada desgarró el silencio, que era parte de ella, y de su canto surgieron diminutos puntos luminosos que se esparcieron por toda ella. Nada desgarró la oscuridad con una pequeña luz azul producida por su canto. Y vio lo que había hecho y se retractó a la oscuridad y al silencio, dejando a su canto y a su luz subsistir por sí mismos.

Los pequeños astros luminosos habían nacido del canto de Nada, y quisieron, en agradecimiento, ofrendar su luz azul a Nada, y bailaron en armonía con el canto, en una danza perfecta, armónica, exacta, en la cual cada astro giraba y se movía. Y la danza de los astros fue agradable a Nada. Ella les regaló su canto, y su oscuridad para que la iluminaran con su luz azul.

Y Nada regresó al silencio y la oscuridad de sí misma y volvió a dormir.