jueves, 6 de octubre de 2011

Esquizofrenia (3/10)

En los días siguientes la amistad de Ernust y Violeta fue creciendo de manera rápida y franca. Las noches de él se hicieron más cortas, su sueño comenzó a transcurrir de manera tranquila y apacible. Despertaba con una sonrisa que no se le borraba en todo el día. En su cuaderno de dibujos tenía varios bocetos que intentaban ser un retrato de Violeta, pero él jamás quedaba del todo convencido. Quería captar su mirada inocente y tierna y su sonrisa tan congruente con toda ella, pero sentía que no lo lograba, por ello llenó su cuaderno con muchos intentos de captar a Violeta justo como él la veía.

Ophrys y Jazmín se mostraban pacientes con él, y no pasó mucho tiempo para que conocieran a la famosa Violeta. Ernust hablaba mucho con sus dos amigas sobre ella, les mostraba sus bocetos, les contaba sus sueños. Ellas estaban contentas de ver que su amigo estaba logrando salir de la depresión.

Ernust se convirtió en el confidente de Violeta. Y fue tanto el cariño que sintió hacia ella que había ciertas cuestiones de su vida que no le confiaba a nadie más que a ella. Así, una tarde la lluvia comenzó a caer y Ernust contemplaba como las gotas saltaban alegremente en los charcos que se formaban en el piso de la escuela. Por alguna extraña razón sintió su alma oprimida por un gran peso. Violeta llegó a su lado, él la miró. Le dijo “me siento solo”. Ella lo abrazó y Ernust lloró amargamente durante largo rato. Violeta no dijo nada pero apremiaba a Ernust con la mirada para que hablara sobre su penosa situación. Él la miró a los ojos, y le contó las penas que le oprimían, y mientras hablaba sentía como la mirada de ella iba purificando su alma. Ernust grabó esa mirada en lo más profundo de su mente, como cuando un escultor graba en la piedra la figura de su amada y esa piedra queda marcada de por vida.

Desde aquella tarde Violeta llenaba todos los espacios vacíos que había en la vida de Ernust. Él se sentía más fuerte, más tranquilo, como si hubiera estado enfermo mucho tiempo y ahora estuviera totalmente transformado. Aquellas lágrimas habían sido como un renacer, un retorno a lo esencial que ahora le permitía abrir los ojos y contemplar la luz que durante tanto tiempo había estado velada. El mundo retomaba el color que había perdido, los ojos de Ernust se estaban abriendo por primera vez a la vida, y él contemplaba maravillado que el mundo era hermoso. Ahora contemplaba las flores, los árboles, los niños que corrían, todas esas cosas que antes estaban ahí, pero que jamás había podido contemplar en su totalidad. La pared de un viejo edificio, el pavimento levantado por el peso de los automóviles, las luces de los semáforos, era como si la ciudad apareciera por primera vez a la vista de un pueblerino. Al menos así lo sentía Ernust.

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