miércoles, 28 de marzo de 2012

Atrapado

A veces me da por pensar que puedo meterme en los pensamientos de alguien más. Esa idea vaga va tomando forma lentamente hasta que de pronto… voila! Fue precisamente así cómo llegué a adentrarme en los pensamientos de Sebastián.

Verán, Sebastián es una persona que, desde muy pequeña, tuvo grandes dificultades para relacionarse con el mundo. No es precisamente que haya sido autista, simplemente introvertido. Comprenderán que me fue un tanto complicado poder entablar una relación con él, más una relación que me permitiera entrometerme en sus pensamientos. Sin embargo, una cierta afinidad “electiva” (como diría Goethe) nos atrajo desde el principio. Tal vez Sebastián vio en mí a esa persona que era capaz de entender lo que él pretendía expresar. Trataré de explicarme mejor.

Sebastián fue uno de esos niños curiosos que le dio por preguntar aquellas preguntas sin respuesta que dejan perplejos a los padres. Cosas como ¿de qué color es el alma? o ¿cuánto cuesta la libertad? eran las interrogantes que se gestaban en la mente del pequeño. Sus padres, asustados y sin saber qué responder, simplemente fingían que tal pregunta no existía. Si encontrar respuestas en el seno familiar, el pequeño intentaba en otros círculos, como con su profesora de educación primaria o con sus compañeros del grupo. La profesora no tenía ningún interés en el alma –lo cual era bastante razonable porque, cuando uno apenas se puede llenar el estómago, no tiene interés en ver por su espíritu– y sus compañeros estaban más interesados en la nueva caricatura que en el valor de la libertad. Estas diferencias ideológicas no tardaron más de un año en abrir una enorme brecha entre Sebastián y el resto de sus conocidos.

Yo lo conocí cuando él ya era un joven. Fue una simple casualidad. Todo surgió a partir de una idea mía. Aquella tarde se me ocurrió que sería agradable encontrar algún extraño en un café, o alguna librería, o simplemente caminando por la banqueta, saludarlo, hacer conversación y terminar haciendo un amigo. Ideas como aquellas suelen surcar mis pensamientos a menudo. Pues sucedió que, mientras caminaba por la calle, mi vista se encontró con la de Sebastián. Tal vez fue la inseguridad en sus ojos la que me llevó a aproximarme y decirle “buenas tardes”. O tal vez fue la belleza de su persona. Iba vestido de manera elegante, pero a la antigua usanza. Parecía un caballero europeo de antes de la primera guerra. Llevaba capa y sombrero, algo poco usual para nuestra cálida ciudad. Aquella tarde hacía frío, es cierto, sin embargo, una gabardina ya es extraña, cuanto más una indumentaria completa para la lluvia. Él me miró con extrañeza. Yo no pude contenerme y le dije “por alguna extraña razón, que no alcanzo a comprender, al mirarlo no pude evitar pensar en Nietzsche”. Él sonrió, su sonrisa fue cautivadora, entre sincera e irónica. Como quien recibe un halago muy especial, se lo toma en serio, pero esa seriedad lo hace sonrojarse por sentirse poco meritorio. “El eterno retorno” me dijo. Y fue así como comenzó todo.

Un día se presentó Sebastián ante mi puerta, llamó y, nada más al abrir yo, me dijo:

–La primera vez que leí la frase de Sartre de “el hombre está condenado a ser libre” pensé que era la más bella del mundo. Creí en la libertad, y creí en sus palabras. Somos libres, porque siempre tenemos al menos dos opciones para elegir. Somos libres a pesar de que no queramos ser libres. Somos libres hasta si decidimos no serlo y nos entregamos a una esclavitud voluntaria. Me gustó la idea de la libertad, la libertad de expresión, la libertad de movimiento, la libertad de pensamiento, esa fue la que más llamó mi atención. Pensé que podrían privarme de mi libertad, por ejemplo, si me encarcelaban. Pero no podrían quitarme mi libertad de pensamiento. Mi pensamiento sería siempre libre porque, finalmente, estaba dentro de mí, y en mi cabeza yo podía pensar todo lo que yo quisiera, no habría nadie que pudiera impedir que yo pensara. Al menos eso creí al principio. Así fue como me distancié de Nietzsche, porque su eterno retorno no da cabida a la libertad, porque sería una libertad aparente. Yo pensaría que soy libre, y este pensamiento se repetiría una infinidad de veces en un “yo” posterior y en todos los “yo” anteriores. Así que me divorcié para siempre del alemán para apegarme al francés. Sin embargo, hoy vengo con gran angustia, pues me di cuenta de que la libertad no es más que una ilusión, además es una ilusión irrisoria. Estamos atrapados. Nuestra alma está presa en el cuerpo, éste a su vez está atrapado en el mundo. No podemos salir de ahí. Y me refugié entonces en la libertad de pensamiento. Pero es tan triste darme cuenta, sigo atrapado, atrapado por las palabras. Mi pensamiento está acotado por el lenguaje. No puedo articular un solo pensamiento sin prescindir del lenguaje. Aprendí otros idiomas, otras formas de expresarme, y ciertamente eso hace mi prisión más amplia, pero no me libera. Es como si simplemente me trasladaran de una prisión nacional a una extranjera. Las ideas están clavadas en el papel que las contiene, en el aire que las lleva de una cabeza a otra. Las palabras son como los barrotes que, encarcelando frases entre comas o paréntesis, van aplastando la libertad de los pensamientos.

Después de decir eso Sebastián dio media vuelta y se fue. Jamás lo volví a ver, ni a saber nada de él. Pero sus pensamientos se incrustaron profundamente en mí. Ahora me siento encarcelado en una cárcel que no es la mía, estoy atrapado en la prisión de Sebastián. En una prisión hecha de lenguaje, en encrucijadas creadas por oraciones rimbombantes. Ahora ya no sé qué más decir, porque entre más cosas digo, más y más me voy sumiendo en la cárcel, más y más me voy emparedando yo solo.

Algunos tal vez comprendan que todo surgió por la idea de Sebastián…

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