Ernust estuvo veinte minutos en clase. Estaba tan distraído que no podía percatarse si la clase era de física o de historia. Salió del salón dejando su mochila encargada a Jazmín. Regresó a los jardines.
Al llegar encontró ahí a una muchacha que se había inclinado a recoger una flor morada que crecía al ras de suelo. Ernust la miró, vio cada uno de sus movimientos. Cuando ella se percató de que no estaba sola volteó la cabeza y se encontró con la mirada escrutadora de él. Ernust se sonrojó y bajó la vista al piso un momento tratando de disimular. Volvió a levantar la vista y se encontró con los ojos de ella. Tenía una mirada tierna y una sonrisa franca dibujada en los labios. Tenía la flor que acababa de levantar en su mano derecha, mientras que con la izquierda se quitaba los cabellos de la cara. Él volvió a sonrojarse.
–Hola, ¿qué estás haciendo por aquí en hora de clase? –le preguntó ella.
–Nada en realidad, –respondió– sólo intento... olvídalo, no importa. Veo que recoges flores.
–Sí, una morada para adornar mi cabello. Creo que va conmigo.
–Se te ve linda –dijo Ernust sin pensarlo. Al darse cuenta de sus propias palabras se puso muy nervioso, se dio cuenta de que se sonrojaba y se sintió estúpido– quiero decir... no se... te va...
–Me llamo Violeta ¿y tú?
–Soy Ernust.
–Bueno Ernust –dijo ella con otra gran sonrisa dibujada en sus labios. Sus ojos claros y transparentes dieron a Ernust una tranquilidad que no había sentido en varios meses– ya que no estás en clase ¿te gustaría dar un paseo?
–Claro.
Comenzaron a caminar juntos. Violeta tomó el brazo de Ernust y éste sintió una gran seguridad. Anduvieron largo rato. Ella hablaba de muchas cosas. Él escuchaba atentamente cada una de sus palabras. Finalmente llegaron a un pasillo y Violeta se despidió de Ernust con un beso en la mejilla. “Fue un placer” le dijo “pero ahora debo volver a mi salón. Espero verte pronto de nuevo”
Ernust vio como se alejaba lentamente por el pasillo, hasta que entró en un aula. Él volvió a su propio salón por su mochila. Ahí lo esperaban Jazmín y Ophrys. Cuando él llegó dónde ellas estaban, ambas lo miraron con curiosidad y al unísono dijeron “conociste a una chica”. Los tres rieron. Jazmín entregó su mochila a Ernust y luego todos se encaminaron a otro salón.
jueves, 6 de octubre de 2011
Esquizofrenia (1/10)
Después de un sueño pesado e intranquilo Ernust se incorporó en la cama con un solo movimiento. Su frente estaba perlada por un sudor frío, su respiración era agitada, las palpitaciones de su corazón eran tan fuertes que le hacían daño. Se quedó sentado unos segundos tratando infructuosamente de escrutar su habitación en la oscuridad. Se sentía mareado y no sabía dónde estaba. Pasó varias veces sus delgados dedos entre sus cabellos lacios. Poco a poco el sueño quedó atrás y Ernust pudo ubicarse en tiempo y espacio. Volvió a recostarse y trató de recordar su tétrica pesadilla, pero todo fue en vano, lo había olvidado. Comenzó a sentir un miedo inexplicable. Tanto silencio, tanta oscuridad lo pusieron alerta. Encendió la luz eléctrica, miró su reloj, casi era hora de levantarse para ir a la escuela.
Mientras se duchaba intentó nuevamente reconstruir su sueño pero todo era inútil. Sólo llegaban a su cabeza imágenes aisladas que no era capaz de ordenar. No se sentía del todo tranquilo, pero era incapaz de recordar por qué su pesadilla lo había trastornando tanto.
De mala gana tomó un poco de leche, estuvo dando vueltas al cereal con la cuchara, no quería comer. Encendió el radio un momento, el silencio lo estaba volviendo loco. Hacía algunos meses que se había mudado a un departamento al centro de la ciudad, vivía solo y la soledad le pesaba. Se sentó en el piso, escuchaba una pieza de Mozart, cerró los ojos por un momento. No estaba dormido, pero dejaba que lentamente los acordes del Réquiem lo fueran llevando. En su letargo llegó una imagen a su cabeza: unos ojos terribles, una mirada penetrante, como un fuego que quema el interior. Abrió los ojos, miró nuevamente su reloj, apagó el radio, tomó su mochila y salió de su casa cerrando con llave la puerta tras de sí.
Caminó hasta la escuela, normalmente bastaban unos veinte minutos para alcanzar su objetivo, sin embargo, aquella mañana caminaba sin ganas, estaba distraído, intentaba encontrar por qué aquel sueño lo había despertado de esa manera tan abrupta, pero por más que trataba de recordar, sólo lograba evocar en la memoria la imagen de los ojos con la mirada de fuego. Tardó casi media hora en llegar a la universidad. El retraso y la mente distraída tratando de alcanzar los rincones más oscuros del inconsciente le persuadieron de que lo mejor sería no entrar a la primera clase. Llegó hasta la puerta de su salón, dio media vuelta y caminó hacia los jardines.
Ernust había cambiado mucho desde que salió de la casa de sus padres y comenzó a vivir solo. La pesadilla de la noche anterior era sólo una muestra de algo que le ocurría con frecuencia, pero sólo en contadas ocasiones lograba recordar lo que había soñado. La desesperación y la soledad lo iban sumiendo poco a poco en una depresión que él mismo no lograba explicarse. Raras veces salía con sus amigos, que eran en verdad muy contados, generalmente se la pasaba largas horas en la biblioteca de la escuela leyendo libros de todo tipo. Ya casi no se le veía sonreír, aunque jamás lo habían visto llorando. Su raquítica condición daba la impresión de una persona anémica. Últimamente estaba tan concentrado en sus estudios que raras veces se le veía conversar con otro ser humano.
Llegó a los jardines de la escuela, se sentó en una banca de concreto que estaba fría por el fresco de la mañana. El sol había salido sin que Ernust se diera cuenta de ello. Puso la cabeza entre sus manos e intento una y otra vez recordar su pesadilla. Al ver que no lo lograría, se quedó sentado viendo hacia un árbol cercano. Miraba como un par de ardillas jugaban alegremente en una rama de aquel frondoso árbol. Sacó una hoja de papel, dibujó aquel árbol y escribió “mirada de fuego”. Guardó el papel en su mochila, sacó su reproductor portátil de música y escuchó algunas melodías.
Luego de un rato llegó al mismo lugar su amiga Ophrys. Lo saludó con una sonrisa y se sentó a su lado. Sin decir palabra alguna Ernust sacó el dibujo del árbol de su mochila y se lo mostró a la recién llegada. Ella lo miró un momento, luego se lo devolvió. Se paró frente a él, tomó aire como si estuviera a punto de decir algo. Se acercó a Ernust, le dio un abrazo largo y fuerte y se alejó de ahí.
Ernust apagó su reproductor de música, tomó su mochila y comenzó a caminar sin rumbo dentro de la universidad. Un pasillo tras otro. No miraba a ningún punto en específico. La gente entraba y salía de sus salones, pero él no prestaba el menor interés en lo que sucedía a su alrededor. De pronto alguien le tocó el hombro, lo que lo sacó de su ensimismamiento. Era Jazmín. Ella lo vio, le dirigió una sonrisa, luego cambió su expresión a una cara más severa.
–Otra pesadilla ¿verdad? –Preguntó con un tono inquisitivo.
–Así es –Se limitó a responder él.
–Creo que deberías visitar al psicólogo –Dijo ella. Ernust en ese momento sacó su dibujo del árbol. Jazmín lo miró y leyó en voz alta para sí misma “mirada de fuego”. Posteriormente se dirigió a él– ¿ya se lo has mostrado a Ophrys?
Ernust asintió con la cabeza. Ella repitió su consejo sobre el psicólogo y ambos caminaron juntos hacia un salón. Entraron, se sentaron y esperaron a que llegara el maestro.
Mientras se duchaba intentó nuevamente reconstruir su sueño pero todo era inútil. Sólo llegaban a su cabeza imágenes aisladas que no era capaz de ordenar. No se sentía del todo tranquilo, pero era incapaz de recordar por qué su pesadilla lo había trastornando tanto.
De mala gana tomó un poco de leche, estuvo dando vueltas al cereal con la cuchara, no quería comer. Encendió el radio un momento, el silencio lo estaba volviendo loco. Hacía algunos meses que se había mudado a un departamento al centro de la ciudad, vivía solo y la soledad le pesaba. Se sentó en el piso, escuchaba una pieza de Mozart, cerró los ojos por un momento. No estaba dormido, pero dejaba que lentamente los acordes del Réquiem lo fueran llevando. En su letargo llegó una imagen a su cabeza: unos ojos terribles, una mirada penetrante, como un fuego que quema el interior. Abrió los ojos, miró nuevamente su reloj, apagó el radio, tomó su mochila y salió de su casa cerrando con llave la puerta tras de sí.
Caminó hasta la escuela, normalmente bastaban unos veinte minutos para alcanzar su objetivo, sin embargo, aquella mañana caminaba sin ganas, estaba distraído, intentaba encontrar por qué aquel sueño lo había despertado de esa manera tan abrupta, pero por más que trataba de recordar, sólo lograba evocar en la memoria la imagen de los ojos con la mirada de fuego. Tardó casi media hora en llegar a la universidad. El retraso y la mente distraída tratando de alcanzar los rincones más oscuros del inconsciente le persuadieron de que lo mejor sería no entrar a la primera clase. Llegó hasta la puerta de su salón, dio media vuelta y caminó hacia los jardines.
Ernust había cambiado mucho desde que salió de la casa de sus padres y comenzó a vivir solo. La pesadilla de la noche anterior era sólo una muestra de algo que le ocurría con frecuencia, pero sólo en contadas ocasiones lograba recordar lo que había soñado. La desesperación y la soledad lo iban sumiendo poco a poco en una depresión que él mismo no lograba explicarse. Raras veces salía con sus amigos, que eran en verdad muy contados, generalmente se la pasaba largas horas en la biblioteca de la escuela leyendo libros de todo tipo. Ya casi no se le veía sonreír, aunque jamás lo habían visto llorando. Su raquítica condición daba la impresión de una persona anémica. Últimamente estaba tan concentrado en sus estudios que raras veces se le veía conversar con otro ser humano.
Llegó a los jardines de la escuela, se sentó en una banca de concreto que estaba fría por el fresco de la mañana. El sol había salido sin que Ernust se diera cuenta de ello. Puso la cabeza entre sus manos e intento una y otra vez recordar su pesadilla. Al ver que no lo lograría, se quedó sentado viendo hacia un árbol cercano. Miraba como un par de ardillas jugaban alegremente en una rama de aquel frondoso árbol. Sacó una hoja de papel, dibujó aquel árbol y escribió “mirada de fuego”. Guardó el papel en su mochila, sacó su reproductor portátil de música y escuchó algunas melodías.
Luego de un rato llegó al mismo lugar su amiga Ophrys. Lo saludó con una sonrisa y se sentó a su lado. Sin decir palabra alguna Ernust sacó el dibujo del árbol de su mochila y se lo mostró a la recién llegada. Ella lo miró un momento, luego se lo devolvió. Se paró frente a él, tomó aire como si estuviera a punto de decir algo. Se acercó a Ernust, le dio un abrazo largo y fuerte y se alejó de ahí.
Ernust apagó su reproductor de música, tomó su mochila y comenzó a caminar sin rumbo dentro de la universidad. Un pasillo tras otro. No miraba a ningún punto en específico. La gente entraba y salía de sus salones, pero él no prestaba el menor interés en lo que sucedía a su alrededor. De pronto alguien le tocó el hombro, lo que lo sacó de su ensimismamiento. Era Jazmín. Ella lo vio, le dirigió una sonrisa, luego cambió su expresión a una cara más severa.
–Otra pesadilla ¿verdad? –Preguntó con un tono inquisitivo.
–Así es –Se limitó a responder él.
–Creo que deberías visitar al psicólogo –Dijo ella. Ernust en ese momento sacó su dibujo del árbol. Jazmín lo miró y leyó en voz alta para sí misma “mirada de fuego”. Posteriormente se dirigió a él– ¿ya se lo has mostrado a Ophrys?
Ernust asintió con la cabeza. Ella repitió su consejo sobre el psicólogo y ambos caminaron juntos hacia un salón. Entraron, se sentaron y esperaron a que llegara el maestro.
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lunes, 19 de septiembre de 2011
El aplastante peso del ocaso
Salió por la puerta principal y se dirigió a su vehículo. Con una enorme sonrisa en los labios ocultó sus lágrimas tras un prolongado abrazo porque “los chicos no lloran”. Sin palabras para que su voz no se escuchara entrecortada… No había en realidad nada más que decir, tal vez esas palabras que él mismo había propuesto callar y nada más. Pero no dijo nada, sólo enjugó sus lágrimas con toda la fuerza de su corazón y subió a su automóvil dispuesto a emprender su viaje.
Su camino de regreso era muy diferente al camino de venida. El primer viaje estaba lleno de confusión, casi miedo. Realmente no sabía a dónde iba, no sabía que iba a encontrar. El miedo a lo desconocido oprimía su alma de una forma inenarrable. En cambio su regreso era un camino ya conocido, sólo que ahora luchaba por romper una banda elástica que lo mantenía unido a ese lugar. No es que quisiera romperla realmente, es que debía hacerlo, y así lo hizo.
Partió ya de tarde, cuando el sol había recorrido ya la mayor parte de su carrera. Y mientras más se alejaba de aquel lugar la luz lo iba abandonando poco a poco. Que difícil fue para él pronunciar unas palabras tan estoicas, aquellas palabras que lo ataban inevitablemente a lo que debía ser y no a lo que él quería. Y mientras el sol se perdía en el horizonte, el sentía que debía cargar con todo el peso del astro para evitar que terminara de caer.
Luego simplemente se quedó a solas en la oscuridad… lo peor apenas iba a comenzar.
Su camino de regreso era muy diferente al camino de venida. El primer viaje estaba lleno de confusión, casi miedo. Realmente no sabía a dónde iba, no sabía que iba a encontrar. El miedo a lo desconocido oprimía su alma de una forma inenarrable. En cambio su regreso era un camino ya conocido, sólo que ahora luchaba por romper una banda elástica que lo mantenía unido a ese lugar. No es que quisiera romperla realmente, es que debía hacerlo, y así lo hizo.
Partió ya de tarde, cuando el sol había recorrido ya la mayor parte de su carrera. Y mientras más se alejaba de aquel lugar la luz lo iba abandonando poco a poco. Que difícil fue para él pronunciar unas palabras tan estoicas, aquellas palabras que lo ataban inevitablemente a lo que debía ser y no a lo que él quería. Y mientras el sol se perdía en el horizonte, el sentía que debía cargar con todo el peso del astro para evitar que terminara de caer.
Luego simplemente se quedó a solas en la oscuridad… lo peor apenas iba a comenzar.
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martes, 2 de agosto de 2011
Al compás
"¡Vamos a bailar!"
"Pero, si tú no bailas." Me dijo mientras me dirigía una sonrisa y una me lanzaba una mirada de asombro.
"Ya lo sé. Y tampoco ignoro que a ti tampoco te gusta. Es sólo que pensé que tal vez podríamos bailar esta noche."
Ella me miró con curiosidad durante un rato. Luego agregó: "¿Y por qué querríamos hacer algo así? Bien sabes que no me gusta la música para bailar, además de que ni sé ni quiero aprender, ya te he dicho lo que pienso sobre eso"
"Y por ello fue que me fijé en ti, no creas que lo olvido" le respondí. "Pero lo que te estoy proponiendo no es ir a bailar música común a un lugar común lleno de gente común."
"¿Qué tienes en mente?" me preguntó. "¿Uno de esos lugares extraños donde la gente se siente intelectual y creen que bailan de forma distinta? Finalmente se termina sempre en lo mismo..."
"Lo sé, lo sé, pero escúchame. No te propongo ir a ningun lugar, no te propongo ningún tipo de música. Yo quiero bailar contigo al compás del universo. Acompañados sólo por planetas, soles y cometas. En ese lugar donde ningún instrumento es capaz de producir sonido, porque no se necesita música, ni pista, ni nada más que tú y yo."
No dijimos nada más, ella simplemente tomó mi mano y fuimos a bailar.
"Pero, si tú no bailas." Me dijo mientras me dirigía una sonrisa y una me lanzaba una mirada de asombro.
"Ya lo sé. Y tampoco ignoro que a ti tampoco te gusta. Es sólo que pensé que tal vez podríamos bailar esta noche."
Ella me miró con curiosidad durante un rato. Luego agregó: "¿Y por qué querríamos hacer algo así? Bien sabes que no me gusta la música para bailar, además de que ni sé ni quiero aprender, ya te he dicho lo que pienso sobre eso"
"Y por ello fue que me fijé en ti, no creas que lo olvido" le respondí. "Pero lo que te estoy proponiendo no es ir a bailar música común a un lugar común lleno de gente común."
"¿Qué tienes en mente?" me preguntó. "¿Uno de esos lugares extraños donde la gente se siente intelectual y creen que bailan de forma distinta? Finalmente se termina sempre en lo mismo..."
"Lo sé, lo sé, pero escúchame. No te propongo ir a ningun lugar, no te propongo ningún tipo de música. Yo quiero bailar contigo al compás del universo. Acompañados sólo por planetas, soles y cometas. En ese lugar donde ningún instrumento es capaz de producir sonido, porque no se necesita música, ni pista, ni nada más que tú y yo."
No dijimos nada más, ella simplemente tomó mi mano y fuimos a bailar.
miércoles, 27 de abril de 2011
Troya
Luego de diez años de enfadosa lucha sin resultados, el ejército aqueo, comandado por Agamenón, estaba ya cansado del sitio a la infranqueable ciudad. Aunado a ello, una terrible peste asoló el campamento causando grandes bajas al ya de por si desmoralizado ejército.
Los grandes comandantes comprendían que habían ofendido algún dios y que debían congraciarse con él, sin embargo, el grueso del ejército –compuesto por gente sencilla, por campesinos que habían abandonado sus tierras y sus familias por orden de sus reyes– no tenía idea de lo que estaba pasando, para ellos sólo había muerte, hambre, desolación y una causa perdida. Habían ido a luchar a esa tierra extranjera, dejando toda su vida atrás, sólo por recuperar a una mujer: la más bella del mundo, decían las leyendas. Pero para un simple soldado la causa era vana, por muy bella que fuera Helena, no valía una guerra tan larga, además, esa belleza le pertenecía sólo a Menelao, su legítimo esposo, y un simple y llano guerrero tenía que morir sin albergar siquiera la esperanza de poder yacer en el lecho de Helena.
Todas las esperanzas aqueas de que la guerra tocara su fin estaban puestas en Aquiles, aquel guerrero, hijo de una diosa, a quien se creía invencible. Aquiles peleaba por la fama que la victoria acarrea consigo. ¿Qué le importaban a él Helena, o la causa de los griegos, o el monopolio económico que vendría con la conquista de la ciudad? En cambio, en Troya, todas las miradas estaban puestas en Héctor, hombre valeroso, sin duda, pero que no estaba a la altura de aquel legendario guerrero Aquiles. Héctor lo sabía, sin embargo, no temía enfrentar a su rival, temía más por el futuro de su esposa y su hijo una vez que cayera él, el más honorable de los troyanos.
Una confrontación entre Agamenón y Aquiles estuvo a punto de poner fin a la guerra, porque, si Aquiles partía –ofendido como estaba– la escasa moral que les quedaba a los aqueos se desvanecería y ya no verían razón para luchar, más aún, sin Aquiles entre sus tropas ninguno podría ver a Héctor acercarse a la batalla en las filas de vanguardia sin sentir que sus piernas se debilitaban y su cuerpo caía al piso presa del horror. Agamenón estaba consciente de que él no era nada sin Aquiles, no es que sintiera miedo de Héctor, pero tampoco es que quisiera enfrentarlo en batalla, así que, tragándose su orgullo, prefirió pedir disculpas a Aquiles para que la guerra continuara en buenos términos para los aqueos.
Sin embargo, imposible sería evitar que los destinos de Héctor y Aquiles se encontraran en una trágica batalla donde uno de ellos iba a morir. Esto estaba previsto, no por el destino, sino por la cólera de un par de diosas que, en busca de venganza, habían provocado que se desatara la cruel guerra de Troya. Todo el problema se originó varios años atrás, cuando Discordia se presentó con un regalo mientras se celebraba una boda: Era una manzana de oro que tenía inscrita la leyenda “para la más bella”. Afrodita, Atenea y Hera se disputaron aquella presea. Como no había manera de que ninguna de ellas aceptara que la otra era más bella decidieron que la decisión debía tomarla un mortal. Eligieron a Paris, hermano de Héctor, como juez. Las tres, jugando un tanto sucio, quisieron sobornar al inexperto jovenzuelo ofreciéndole dones que sólo ellas podían otorgarle, pero la astuta Afrodita, conociendo los corazones de los mozos en desarrollo, le ofreció un regalo que le sería imposible rechazar: a Helena, la mujer más bella del mundo. El fallo, como es de imaginarse, se dio a favor de Afrodita. Las otras dos diosas, encolerizadas, juraron venganza. Así fue como, en su cólera, creyeron que la mejor forma de vengar la afrenta de Paris, borrarían la ciudad de Troya del mapa, por ser la ciudad natal del joven que las había ofendido.
Cruel desgracia la de Héctor, tener que morir él, que jamás había pensado siquiera ofender a las diosas que ahora causaban su perdición. Así fue como finalmente, Héctor se encontraba tras las murallas infranqueables de Troya, detrás de la puerta, sabiendo que su muerte llegaría en breve, su padre y su esposa lloraban amargamente, le pedían que no saliera… afuera aguardaba Aquiles, éste había mandado llamar a Héctor exclusivamente, quería luchar con él y sólo con él. Héctor se puso su armadura lentamente, no tenía prisa, pero tampoco estaba alargando su suerte. Tomó su casco y se paró tras la inmensa puerta que defendía su ciudad. Ordenó que se abrieran las puertas, afuera aguardaba Aquiles y el ejército Aqueo. Las puertas comenzaron a abrirse y se hizo un silencio espantoso… todo el mundo estaba a la expectativa, los mismos dioses se había reunido en el cielo para ver lo que iba a ocurrir.
Salió Héctor al encuentro de Aquiles, lo miró con una amplia sonrisa en el rostro, llevaba en una mano su casco, salió sin lanza o espada. Caminó con paso firme, pero lento hacia donde Aquiles estaba, se paró frente a él, lo miró, lo abrazó… Aquiles se sintió desconcertado. Finalmente Héctor le habló:
“Hermano, sé has venido aquí con el único propósito de acabar con mi vida. En cualquier otra circunstancia te daría las gracias, hoy no será la excepción, no obstante, me gustaría antes comunicarte mi pensamiento. No se nos oculta, por nuestro noble linaje, que estamos el día de hoy, aquí, peleando por Helena. Pero tú bien sabes que esa mujer nada tiene que ver contigo, ni conmigo, ni con Troya ni con todas las ciudades griegas que se han reunido aquí para reclamarla. Helena es un conflicto entre Paris y Menelao que los dioses han querido hacer más grande. Glorioso es morir por el honor cuando se nos ha arrebatado por la fuerza, entonces luchar por una causa propia se convierte en la mayor de las virtudes, no hay vida más gloriosa que la que termina en el campo de batalla. Sin embargo, yo te pregunto ¿qué de gloria encuentras en morir por arbitrio caprichoso de los dioses? Un gran honor sería para mí morir abatido por tu lanza si acaso mi ciudad le hubiera hecho algún mal a la tuya. Pero ambos sabemos que el día de hoy uno de nosotros morirá, yo moriré, sólo porque tres diosas jugaron un juego y no supieron perder. Hoy es voluntad de Atenea y Hera que Troya caiga y Afrodita no es lo suficientemente fuerte para defenderla. ¿Por qué, hermano? ¿Por qué pelear defendiendo los caprichos de aquellas? ¿Por qué derramar nuestra sangre mortal y por qué dedicar nuestros esfuerzos en combate por aquellas que pueden aplastarnos en un solo instante? ¿Por qué servir de diversión para los inmortales? Yo no desconozco tu fuerza, ni pretendo conservar mi vida, sólo me gustaría ser justo. ¿Por qué los humanos debemos cargar con los conflictos de los inmortales, cuando ya nuestros propios conflictos son suficientes para agobiar nuestras espaldas? Piénsalo, y si después de pensar aún quieres acabar con mi vida por una razón vana, no opondré ninguna resistencia”
Y acabando de hablar comenzó a desembarazarse de su armadura y se sentó en el suelo. Aquiles entonces miró hacia el cielo durante un largo rato, luego tomó su lanza y se preparó para disparar… Dirigió su disparo con la mayor fuerza que pudo hacia el cielo, dio la mano a Héctor, lo abrazó, luego dio media vuelta y se fue ante la mirada expectante de dioses y hombres.
Los grandes comandantes comprendían que habían ofendido algún dios y que debían congraciarse con él, sin embargo, el grueso del ejército –compuesto por gente sencilla, por campesinos que habían abandonado sus tierras y sus familias por orden de sus reyes– no tenía idea de lo que estaba pasando, para ellos sólo había muerte, hambre, desolación y una causa perdida. Habían ido a luchar a esa tierra extranjera, dejando toda su vida atrás, sólo por recuperar a una mujer: la más bella del mundo, decían las leyendas. Pero para un simple soldado la causa era vana, por muy bella que fuera Helena, no valía una guerra tan larga, además, esa belleza le pertenecía sólo a Menelao, su legítimo esposo, y un simple y llano guerrero tenía que morir sin albergar siquiera la esperanza de poder yacer en el lecho de Helena.
Todas las esperanzas aqueas de que la guerra tocara su fin estaban puestas en Aquiles, aquel guerrero, hijo de una diosa, a quien se creía invencible. Aquiles peleaba por la fama que la victoria acarrea consigo. ¿Qué le importaban a él Helena, o la causa de los griegos, o el monopolio económico que vendría con la conquista de la ciudad? En cambio, en Troya, todas las miradas estaban puestas en Héctor, hombre valeroso, sin duda, pero que no estaba a la altura de aquel legendario guerrero Aquiles. Héctor lo sabía, sin embargo, no temía enfrentar a su rival, temía más por el futuro de su esposa y su hijo una vez que cayera él, el más honorable de los troyanos.
Una confrontación entre Agamenón y Aquiles estuvo a punto de poner fin a la guerra, porque, si Aquiles partía –ofendido como estaba– la escasa moral que les quedaba a los aqueos se desvanecería y ya no verían razón para luchar, más aún, sin Aquiles entre sus tropas ninguno podría ver a Héctor acercarse a la batalla en las filas de vanguardia sin sentir que sus piernas se debilitaban y su cuerpo caía al piso presa del horror. Agamenón estaba consciente de que él no era nada sin Aquiles, no es que sintiera miedo de Héctor, pero tampoco es que quisiera enfrentarlo en batalla, así que, tragándose su orgullo, prefirió pedir disculpas a Aquiles para que la guerra continuara en buenos términos para los aqueos.
Sin embargo, imposible sería evitar que los destinos de Héctor y Aquiles se encontraran en una trágica batalla donde uno de ellos iba a morir. Esto estaba previsto, no por el destino, sino por la cólera de un par de diosas que, en busca de venganza, habían provocado que se desatara la cruel guerra de Troya. Todo el problema se originó varios años atrás, cuando Discordia se presentó con un regalo mientras se celebraba una boda: Era una manzana de oro que tenía inscrita la leyenda “para la más bella”. Afrodita, Atenea y Hera se disputaron aquella presea. Como no había manera de que ninguna de ellas aceptara que la otra era más bella decidieron que la decisión debía tomarla un mortal. Eligieron a Paris, hermano de Héctor, como juez. Las tres, jugando un tanto sucio, quisieron sobornar al inexperto jovenzuelo ofreciéndole dones que sólo ellas podían otorgarle, pero la astuta Afrodita, conociendo los corazones de los mozos en desarrollo, le ofreció un regalo que le sería imposible rechazar: a Helena, la mujer más bella del mundo. El fallo, como es de imaginarse, se dio a favor de Afrodita. Las otras dos diosas, encolerizadas, juraron venganza. Así fue como, en su cólera, creyeron que la mejor forma de vengar la afrenta de Paris, borrarían la ciudad de Troya del mapa, por ser la ciudad natal del joven que las había ofendido.
Cruel desgracia la de Héctor, tener que morir él, que jamás había pensado siquiera ofender a las diosas que ahora causaban su perdición. Así fue como finalmente, Héctor se encontraba tras las murallas infranqueables de Troya, detrás de la puerta, sabiendo que su muerte llegaría en breve, su padre y su esposa lloraban amargamente, le pedían que no saliera… afuera aguardaba Aquiles, éste había mandado llamar a Héctor exclusivamente, quería luchar con él y sólo con él. Héctor se puso su armadura lentamente, no tenía prisa, pero tampoco estaba alargando su suerte. Tomó su casco y se paró tras la inmensa puerta que defendía su ciudad. Ordenó que se abrieran las puertas, afuera aguardaba Aquiles y el ejército Aqueo. Las puertas comenzaron a abrirse y se hizo un silencio espantoso… todo el mundo estaba a la expectativa, los mismos dioses se había reunido en el cielo para ver lo que iba a ocurrir.
Salió Héctor al encuentro de Aquiles, lo miró con una amplia sonrisa en el rostro, llevaba en una mano su casco, salió sin lanza o espada. Caminó con paso firme, pero lento hacia donde Aquiles estaba, se paró frente a él, lo miró, lo abrazó… Aquiles se sintió desconcertado. Finalmente Héctor le habló:
“Hermano, sé has venido aquí con el único propósito de acabar con mi vida. En cualquier otra circunstancia te daría las gracias, hoy no será la excepción, no obstante, me gustaría antes comunicarte mi pensamiento. No se nos oculta, por nuestro noble linaje, que estamos el día de hoy, aquí, peleando por Helena. Pero tú bien sabes que esa mujer nada tiene que ver contigo, ni conmigo, ni con Troya ni con todas las ciudades griegas que se han reunido aquí para reclamarla. Helena es un conflicto entre Paris y Menelao que los dioses han querido hacer más grande. Glorioso es morir por el honor cuando se nos ha arrebatado por la fuerza, entonces luchar por una causa propia se convierte en la mayor de las virtudes, no hay vida más gloriosa que la que termina en el campo de batalla. Sin embargo, yo te pregunto ¿qué de gloria encuentras en morir por arbitrio caprichoso de los dioses? Un gran honor sería para mí morir abatido por tu lanza si acaso mi ciudad le hubiera hecho algún mal a la tuya. Pero ambos sabemos que el día de hoy uno de nosotros morirá, yo moriré, sólo porque tres diosas jugaron un juego y no supieron perder. Hoy es voluntad de Atenea y Hera que Troya caiga y Afrodita no es lo suficientemente fuerte para defenderla. ¿Por qué, hermano? ¿Por qué pelear defendiendo los caprichos de aquellas? ¿Por qué derramar nuestra sangre mortal y por qué dedicar nuestros esfuerzos en combate por aquellas que pueden aplastarnos en un solo instante? ¿Por qué servir de diversión para los inmortales? Yo no desconozco tu fuerza, ni pretendo conservar mi vida, sólo me gustaría ser justo. ¿Por qué los humanos debemos cargar con los conflictos de los inmortales, cuando ya nuestros propios conflictos son suficientes para agobiar nuestras espaldas? Piénsalo, y si después de pensar aún quieres acabar con mi vida por una razón vana, no opondré ninguna resistencia”
Y acabando de hablar comenzó a desembarazarse de su armadura y se sentó en el suelo. Aquiles entonces miró hacia el cielo durante un largo rato, luego tomó su lanza y se preparó para disparar… Dirigió su disparo con la mayor fuerza que pudo hacia el cielo, dio la mano a Héctor, lo abrazó, luego dio media vuelta y se fue ante la mirada expectante de dioses y hombres.
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domingo, 3 de abril de 2011
viernes, 18 de marzo de 2011
Experimento
Mi costumbre es ir los viernes a tomar
–E invertir mi salario en cerveza
Para alejar penas de mi cabeza–
Oculto en un rincón del oscuro bar
Salgo una noche con paso peculiar
Frente a mí una joven atraviesa
Ebrio quedo por su extrema belleza
Y le Digo “¿Te puedo acompañar?”
Apresurados vamos a su casa
Ella muerde mi cuello con fiereza
Mientras me desangro el tiempo pasa
Despierto recostado en la Marquesa
Y débil por la tremenda resaca
Insufrible es el dolor de cabeza.
–E invertir mi salario en cerveza
Para alejar penas de mi cabeza–
Oculto en un rincón del oscuro bar
Salgo una noche con paso peculiar
Frente a mí una joven atraviesa
Ebrio quedo por su extrema belleza
Y le Digo “¿Te puedo acompañar?”
Apresurados vamos a su casa
Ella muerde mi cuello con fiereza
Mientras me desangro el tiempo pasa
Despierto recostado en la Marquesa
Y débil por la tremenda resaca
Insufrible es el dolor de cabeza.
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