Queiro estár solo... no quiero estar solo... quiero estar solo... no quiero estar solo...
jueves, 17 de noviembre de 2011
jueves, 6 de octubre de 2011
Esquizofrenia (10/10)
Cuando Ernust despertó, alcanzó a ver la silueta de una linda joven que había dejado una flor morada en un florero que estaba en una mesita junto a la cama, luego sólo pudo ver cómo salía de la habitación y se alejaba. No estuvo consiente durante mucho rato, casi de inmediato volvió a dormir.
Ernust despertó un tanto más recuperado. Había un par de doctores a su lado que revisaban minuciosamente su expediente. “Tiene múltiples fracturas en las costillas, tardará un poco en recuperarse”, pudo escuchar Ernust que le decía un doctor al otro. Ernust sentía dolor en todo el cuerpo. “¿Dónde estoy?” preguntó.
–Está usted en el hospital jovencito, no sé qué fue exactamente lo que le pasó, pero tiene varios huesos rotos.
–Doctor ¿Cuánto tiempo llevo aquí?
–Tres días, ha estado inconsciente.
Ernust miró la mesita junto a la cama, y pudo ver la flor morada dentro del florero. Entonces quiso saber si había recibido visitas. El doctor le dijo que no, nadie lo había ido a ver.
Ernust miró la flor morada y comenzó a reír frenéticamente y su risa le causó un profundo dolor en todas las partes de su cuerpo.
Ernust despertó un tanto más recuperado. Había un par de doctores a su lado que revisaban minuciosamente su expediente. “Tiene múltiples fracturas en las costillas, tardará un poco en recuperarse”, pudo escuchar Ernust que le decía un doctor al otro. Ernust sentía dolor en todo el cuerpo. “¿Dónde estoy?” preguntó.
–Está usted en el hospital jovencito, no sé qué fue exactamente lo que le pasó, pero tiene varios huesos rotos.
–Doctor ¿Cuánto tiempo llevo aquí?
–Tres días, ha estado inconsciente.
Ernust miró la mesita junto a la cama, y pudo ver la flor morada dentro del florero. Entonces quiso saber si había recibido visitas. El doctor le dijo que no, nadie lo había ido a ver.
Ernust miró la flor morada y comenzó a reír frenéticamente y su risa le causó un profundo dolor en todas las partes de su cuerpo.
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Esquizofrenia (9/10)
¿Qué significaba todo aquello? ¿Qué había soñado que le había despertado de esa manera tan abrupta? Sintió miedo, miedo de la soledad, miedo de la oscuridad fuera de su iluminada habitación. Tenía una extraña sensación, como de haber vivido ya aquel momento de su vida. Se levantó temblando de frío. Se dio un buen baño con agua caliente mientras intentaba recordar que era lo que había soñado. Sabía que tenía que hacer algo, pero no recordaba qué. Terminó de bañarse. De mala gana tomó el desayuno. Encendió el estéreo. Su disco de Mozart seguía ahí y se inició automáticamente. ¡Cómo disfrutaba aquellos acordes del Réquiem!
Salió de su casa y cerró tras de sí la puerta con llave. Caminó lentamente hacia la escuela. No quería entrar a clases, estaba muy intranquilo. Llegó tarde a la escuela, lo cual lo animó a no entrar a la primera clase. Se fue al jardín de la escuela, le gustaba estar ahí por alguna extraña razón. Se sentó en una banca y miró un frondoso árbol que por alguna razón llamó su atención. Se parecía mucho al árbol del dibujo que estaba en su pared. “Mirada de fuego” pensó. Recordó a su amiga Ophrys. Sacó una hoja de su mochila y escribió una carta para ella.
Ophrys,
No sé exactamente qué es lo que me pasa. Mis sueños han sido intranquilos, pero al despertar no puedo recordar que fue lo que soñé. Tengo una extraña sensación de haber vivido algo, algo importante, algo que tal vez no quiera recordar. A veces me siento tan extraño de estar aquí, de vivir este momento. Mucho he sufrido. Ya estoy harto de todo esto. A veces siento como sí la vida me jugara malas bromas. A veces siento que el amor no es para mí.
Pocas personas han logrado realmente formar parte de mi vida, y muchas de ellas se han ido. Estoy enamorado Ophrys, y creo que lo sabes, pero no sé qué hacer. Hay cosas que se quedan en la piel, y con el viento se caen, o con la lluvia resbalan. Pero otras desgarran la piel, penetran en el interior y se insertan en lo más profundo de las entrañas. Entonces cierro los ojos y respiro por su aliento, mientras la abrazo, siento su calor y no sé dónde estoy. Y puedo vivir un instante invaluable de felicidad pura. Pero es tan efímero. De pronto, siento como el dolor me regresa a la realidad y siento como si un fuego consumiera mi interior y va extinguiendo mi vida en una indecible agonía…
Guardó la carta en su mochila, no se explicaba por qué había escrito eso. Tal vez tenía que ver con su extraña pesadilla. Había llegado la hora de regresar al salón. Tomó sus cosas y se fue. Al llegar al aula Jazmín estaba ahí, y Ophrys estaba a su lado. Ambas lo miraron. Jazmín se retiró sin decir palabras. Ophrys estaba un tanto molesta. Ernust se acercó, sacó la carta de su mochila, se la dio a Ophrys y sin saber exactamente por qué le dijo “lo siento”. Ella le dio un abrazo y guardó la carta.
Ernust no podía concentrarse en la clase. Salió del salón y regresó al jardín. Por alguna extraña razón sentía que debía estar ahí. Al llegar encontró a Violeta sentada en una banca. La vio de espaldas y un sudor frío recorrió su cuerpo. “Mirada de fuego”… Se quedó petrificado. Violeta sintió la presencia de Ernust y volteó. Sus ojos tiernos estaban ahí. Ernust sintió un gran alivio y sin pensarlo corrió a abrazarla. Una extraña alegría lo invadió. Violeta estaba confundida, no podía entender el comportamiento de Ernust. “Ernust ¿qué está pasando contigo?” preguntó, pero antes de que pudiera continuar, Ernust la besó. Ella lo separó de sí un tanto molesta. Entonces Ernust sintió como una enorme mano sujetaba su hombro. Al volver la cara, el puño de Peter se impactó directamente en su ojo.
Ernust comenzó a sentir varios golpes en todo el cuerpo, se sintió mareado, comenzaba a ver borroso, a su alrededor se escuchaban diversos gritos “No, déjalo”, “¡pelea, pelea!”, “alguien ayude” y cosas así. Ernust sintió como perdía el control de sí mismo y caía al piso mientras veía como brotaba sangre de su nariz y de su boca, le dolían las costillas y las piernas. Lo último que pudo ver fueron los ojos de Violeta, luego perdió el conocimiento.
Salió de su casa y cerró tras de sí la puerta con llave. Caminó lentamente hacia la escuela. No quería entrar a clases, estaba muy intranquilo. Llegó tarde a la escuela, lo cual lo animó a no entrar a la primera clase. Se fue al jardín de la escuela, le gustaba estar ahí por alguna extraña razón. Se sentó en una banca y miró un frondoso árbol que por alguna razón llamó su atención. Se parecía mucho al árbol del dibujo que estaba en su pared. “Mirada de fuego” pensó. Recordó a su amiga Ophrys. Sacó una hoja de su mochila y escribió una carta para ella.
Ophrys,
No sé exactamente qué es lo que me pasa. Mis sueños han sido intranquilos, pero al despertar no puedo recordar que fue lo que soñé. Tengo una extraña sensación de haber vivido algo, algo importante, algo que tal vez no quiera recordar. A veces me siento tan extraño de estar aquí, de vivir este momento. Mucho he sufrido. Ya estoy harto de todo esto. A veces siento como sí la vida me jugara malas bromas. A veces siento que el amor no es para mí.
Pocas personas han logrado realmente formar parte de mi vida, y muchas de ellas se han ido. Estoy enamorado Ophrys, y creo que lo sabes, pero no sé qué hacer. Hay cosas que se quedan en la piel, y con el viento se caen, o con la lluvia resbalan. Pero otras desgarran la piel, penetran en el interior y se insertan en lo más profundo de las entrañas. Entonces cierro los ojos y respiro por su aliento, mientras la abrazo, siento su calor y no sé dónde estoy. Y puedo vivir un instante invaluable de felicidad pura. Pero es tan efímero. De pronto, siento como el dolor me regresa a la realidad y siento como si un fuego consumiera mi interior y va extinguiendo mi vida en una indecible agonía…
Guardó la carta en su mochila, no se explicaba por qué había escrito eso. Tal vez tenía que ver con su extraña pesadilla. Había llegado la hora de regresar al salón. Tomó sus cosas y se fue. Al llegar al aula Jazmín estaba ahí, y Ophrys estaba a su lado. Ambas lo miraron. Jazmín se retiró sin decir palabras. Ophrys estaba un tanto molesta. Ernust se acercó, sacó la carta de su mochila, se la dio a Ophrys y sin saber exactamente por qué le dijo “lo siento”. Ella le dio un abrazo y guardó la carta.
Ernust no podía concentrarse en la clase. Salió del salón y regresó al jardín. Por alguna extraña razón sentía que debía estar ahí. Al llegar encontró a Violeta sentada en una banca. La vio de espaldas y un sudor frío recorrió su cuerpo. “Mirada de fuego”… Se quedó petrificado. Violeta sintió la presencia de Ernust y volteó. Sus ojos tiernos estaban ahí. Ernust sintió un gran alivio y sin pensarlo corrió a abrazarla. Una extraña alegría lo invadió. Violeta estaba confundida, no podía entender el comportamiento de Ernust. “Ernust ¿qué está pasando contigo?” preguntó, pero antes de que pudiera continuar, Ernust la besó. Ella lo separó de sí un tanto molesta. Entonces Ernust sintió como una enorme mano sujetaba su hombro. Al volver la cara, el puño de Peter se impactó directamente en su ojo.
Ernust comenzó a sentir varios golpes en todo el cuerpo, se sintió mareado, comenzaba a ver borroso, a su alrededor se escuchaban diversos gritos “No, déjalo”, “¡pelea, pelea!”, “alguien ayude” y cosas así. Ernust sintió como perdía el control de sí mismo y caía al piso mientras veía como brotaba sangre de su nariz y de su boca, le dolían las costillas y las piernas. Lo último que pudo ver fueron los ojos de Violeta, luego perdió el conocimiento.
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Esquizofrenia (8/10)
Ernust despertó muy alterado, todo su rostro estaba perlado por un sudor frío, intentó ubicarse en la oscuridad, por un momento no supo dónde estaba. Intentó recordar su sueño, ¿por qué había despertado tan alterado? Pudo recordar unos ojos incandescentes que le aterraron. En vano intentó recordar más. Se tranquilizó, todo había sido un sueño. Poco a poco pudo ubicarse en tiempo y en espacio. Estaba en su habitación, por fortuna, el frío lo había despertado de su cruel pesadilla. Se había quedado dormido en el piso del cuarto. Encendió la luz eléctrica. Su cama permanecía arreglada, no había dormido en ella. Miro la pared de su habitación, de ahí colgaba un dibujo, un hermoso árbol con la frase “mirada de fuego”.
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Esquizofrenia (7/10)
La cabeza de Ernust daba tantas vueltas que parecía que iba a estallar. Miraba a la sonrisa de Violeta mientras sentía como un apretón de manos le hacía daño. “Mucho gusto” y “¿estás bien?” eran palabras aisladas que alcanzaban a llegar hasta sus oídos, pero eran ininteligibles. Entonces miró a Violeta, ella lo miraba con una amplia sonrisa y una mirada que radiaba felicidad. Aquellos ojos tan radiantes de Violeta le hicieron daño a Ernust. Él dio media vuelta, tiró su mochila en ese lugar y se alejó corriendo lo más rápido que pudo, mientras alcazaba a escuchar los gritos de Violeta “¿Qué te pasa?, ¿Te sientes bien?”
¿Qué clase de pregunta era esa? Era obvio que no se sentía bien. Estaba confundido, muy confundido. Llegó a su casa, miró su escritorio, ¡cuántos bocetos de Violeta había ahí! Recordó la noche anterior, Violeta había estado con él… esos besos apasionados… los recordó y el recuerdo le quemó los labios, la piel le ardía justo dónde ella había pasado sus manos. Ernust se sentía morir, fue a su habitación, se tumbó en la cama y comenzó a llorar amargamente. Estuvo tumbado boca abajo durante largas horas. El tiempo parecía interminable. Había muchas voces en su cabeza “estoy enamorada”, “pierdes el suelo”, “¿estás bien?”, “mi novio…”, “mi novio…”, “mi novio…”. Ernust lanzó un grito desesperado. Escuchó entonces otra voz “¿qué te pasa, Ernust?”. Era una voz tierna, dulce… no había salido de su cabeza ¿o sí? Estaba seguro que no. Sentía que se volvía loco.
Volteó la cabeza, miro al retrato de Violeta que colgaba de la pared. Entonces le pareció que el retrato le hablaba “¿Ernust, estás bien?”. Pero el retrato no había movido los labios. Era la voz de Violeta, de ello estaba seguro. De pronto volvió a sentirse solo, un escalofrío recorrió todo su cuerpo. Comenzó a sudar frío. Una linda voz surgió desde la puerta de la habitación.
–Ernust, no estás solo.
Ernust se volvió lentamente. De reojo pudo contemplar la figura de Violeta erguida en el umbral de la puerta. El corazón le iba a estallar. Comenzó a gritar, quería abrazar a Violeta, quería refugiarse en ella, quería creer que todo había sido un sueño. Entonces se levantó, miró a Violeta a los ojos y cayó de rodillas al piso. Esa mirada, una mirada de fuego, comenzó a consumir el interior de Ernust. Los ojos de Violeta no eran los mismos. Habían cambiado la luminosidad por el fuego. Ernust sintió miedo. Quería ocultarse, quería escapar, pero todo era en vano. La mirada de Violeta le hacía daño, le quemaba el interior, le consumía el alma. Mientras que, con la voz más dulce que jamás había escuchado en su vida le decía “Ernust, ven a mis brazos”. Ernust no podía soportarlo más. Quería abrazarla, pero no podía acercarse a ella, su mirada, sus terribles ojos de fuego… Volteó a ver el retrato que pendía de la pared, y horrorizado vio como en los ojos del retrato ahora ardían dos enormes llamas que iban consumiendo el papel. Ernust sudaba frío… quería moverse, quería gritar pero no le era posible. Entonces el fuego quemaba el papel, y aquel retrato se consumió, las cenizas quedaron en el piso, de ahí surgió de pronto un árbol y en él quedaron grabadas en la corteza las siluetas de los ojos incandescentes. Ernust recordó su dibujo del árbol con la frase “mirada de fuego”. Entonces Violeta traspasó el umbral, se acercó a Ernust y lo miró directo a los ojos, quiso acariciarle el rostro. En ese momento Ernust perdió el conocimiento.
¿Qué clase de pregunta era esa? Era obvio que no se sentía bien. Estaba confundido, muy confundido. Llegó a su casa, miró su escritorio, ¡cuántos bocetos de Violeta había ahí! Recordó la noche anterior, Violeta había estado con él… esos besos apasionados… los recordó y el recuerdo le quemó los labios, la piel le ardía justo dónde ella había pasado sus manos. Ernust se sentía morir, fue a su habitación, se tumbó en la cama y comenzó a llorar amargamente. Estuvo tumbado boca abajo durante largas horas. El tiempo parecía interminable. Había muchas voces en su cabeza “estoy enamorada”, “pierdes el suelo”, “¿estás bien?”, “mi novio…”, “mi novio…”, “mi novio…”. Ernust lanzó un grito desesperado. Escuchó entonces otra voz “¿qué te pasa, Ernust?”. Era una voz tierna, dulce… no había salido de su cabeza ¿o sí? Estaba seguro que no. Sentía que se volvía loco.
Volteó la cabeza, miro al retrato de Violeta que colgaba de la pared. Entonces le pareció que el retrato le hablaba “¿Ernust, estás bien?”. Pero el retrato no había movido los labios. Era la voz de Violeta, de ello estaba seguro. De pronto volvió a sentirse solo, un escalofrío recorrió todo su cuerpo. Comenzó a sudar frío. Una linda voz surgió desde la puerta de la habitación.
–Ernust, no estás solo.
Ernust se volvió lentamente. De reojo pudo contemplar la figura de Violeta erguida en el umbral de la puerta. El corazón le iba a estallar. Comenzó a gritar, quería abrazar a Violeta, quería refugiarse en ella, quería creer que todo había sido un sueño. Entonces se levantó, miró a Violeta a los ojos y cayó de rodillas al piso. Esa mirada, una mirada de fuego, comenzó a consumir el interior de Ernust. Los ojos de Violeta no eran los mismos. Habían cambiado la luminosidad por el fuego. Ernust sintió miedo. Quería ocultarse, quería escapar, pero todo era en vano. La mirada de Violeta le hacía daño, le quemaba el interior, le consumía el alma. Mientras que, con la voz más dulce que jamás había escuchado en su vida le decía “Ernust, ven a mis brazos”. Ernust no podía soportarlo más. Quería abrazarla, pero no podía acercarse a ella, su mirada, sus terribles ojos de fuego… Volteó a ver el retrato que pendía de la pared, y horrorizado vio como en los ojos del retrato ahora ardían dos enormes llamas que iban consumiendo el papel. Ernust sudaba frío… quería moverse, quería gritar pero no le era posible. Entonces el fuego quemaba el papel, y aquel retrato se consumió, las cenizas quedaron en el piso, de ahí surgió de pronto un árbol y en él quedaron grabadas en la corteza las siluetas de los ojos incandescentes. Ernust recordó su dibujo del árbol con la frase “mirada de fuego”. Entonces Violeta traspasó el umbral, se acercó a Ernust y lo miró directo a los ojos, quiso acariciarle el rostro. En ese momento Ernust perdió el conocimiento.
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Esquizofrenia (6/10)
Ernust despertó feliz, como despiertan aquellas personas que han tenido un sueño placentero. Lo primero que pudo ver al despertar fue el retrato de Violeta pendiendo de la pared. Se le ocurrió que todo lo pasado había sido un sueño, que había dormido un largo sueño desde que había acabado ese retrato hasta el momento. La idea le causo escalofríos. Pero luego volteó la mirada, Violeta yacía al otro lado de la cama, su respiración era apacible, su rostro tierno, su sueño parecía tranquilo. “No ha sido un sueño”, pensó Ernust, “nada de esto ha sido un sueño”.
Se quedó despierto velando el sueño de su amada, hasta que vio que había llegado la hora para ir a la escuela. Despertó a Violeta con un tierno beso en los labios. Ella sonrió mientras abría lentamente los ojos. “Buenos días amor mío”. Cuanto placer experimentaba Ernust al escuchar su voz. Al ver sus ojos abiertos. Al sentirse parte de algo, parte de alguien. Él ya no era más Ernust. Ahora era un tanto porciento Ernust, el otro tanto Violeta. Él ya no podría estar jamás completo sin ella. Eso era lo que sentía. Eso era lo que sus ojos le decían a ella, y los de ella eran, igualmente, ojos de enamorada.
Estuvieron listos en poco tiempo, tomaron un desayuno ligero y se encaminaron a la escuela. Ahí, una vez más Violeta se despidió de él. “Te veo al rato, amor”, le dijo, le dio un abrazo y un beso, y se fue. Él sólo miró y se encaminó a su salón, con un bienestar y un deseo vital que jamás antes había experimentado.
Cuando se encontró con Ophrys, ésta lo primero que hizo fue preguntarle “¿Cómo estás?”
–De maravilla –respondió él.
–No me convences… es que, el asunto de Violeta…
–¿Qué pasa con ella? Es una chica maravillosa, y yo la amo.
–Ernust, no te lastimes de esa manera. No te hagas daño. Entiendo que ella sea tu amiga, es una linda y buena chica, pero ¿por qué crees que la amas? Más aún ¿qué te hace pensar que ella te ama a ti?
–¿Qué estás tratando de insinuar? –dijo él muy enojado. Iba a continuar con su discurso, pero prefirió no seguir la discusión sólo por el gran cariño que le tenía a su amiga. Aunque al no poder contenerse tampoco dio media vuelta y se fue. No volvió a hablarle a Ophrys durante el resto del día.
Más tarde, mientras cambiaba de salón para ir a otra clase, se encontró con Violeta. Ella lo saludó de lejos.
–Hola Ernust, disculpa por no llamarte ayer… –pero de inmediato se dio cuenta de su talante apesadumbrado, así que cambió el rumbo de la conversación– ¿qué te pasa? Te noto triste.
–Me enojé con Ophrys. Es que no me comprende. Pero, no te preocupes, me siento feliz, sé que tú sí me comprendes.
–¿Seguro que estás bien Ernust?
–Claro que sí, no te preocupes.
–Ahora sí podré hablar contigo sobre algo importante. Te veo a la salida ¿está bien?
–Claro…
Ernust iba a besarla, pero ella no le dio tiempo, sin más dio media vuelta y se fue. Ernust se sintió muy raro. ¿Qué le pasaba a Violeta? No lo sabía. Se sintió de pronto muy mal, por un lado no sabía que le pasaba a su amada, por otro lado su amiga estaba enojada, o más bien, él estaba enojado con su amiga.
En la siguiente clase encontró a Jazmín. Y le vino como anillo al dedo, pues encontró a la persona perfecta para desahogarse.
–Es que, no entiendo. Ophrys está como enojada, o no sé qué le pasa. Y Violeta, pues, está rara. Cuando va a casa se comporta muy cariñosa, muy atenta… pero en la escuela, parece otra, es como sí sintiera vergüenza de mí y no quisiera aceptar que soy su novio frente a sus amigos. Tal vez soy muy feo y por eso no quiere aceptarme… o tal vez… ¡ah!, no sé qué pasa.
–Ernust, eso no es normal. Una chica jamás se avergüenza de la persona que ama. Al menos yo te hablo desde mi experiencia personal. Yo hace ya bastante tiempo que no veo a Violeta, pero Ophrys va con ella en alguna clase, eso lo sabes, y tampoco se me hace normal que ella esté preocupada por ti y te pregunte “¿qué tienes?” nada más porque sí. Hay algo extraño en todo esto. Deberías hablar con ella.
–Tal vez tengas razón… pero no sé si ahora. La verdad es que no quiero dirigirle la palabra.
–Deja de comportarte como un niño inmaduro, Ernust. Ophrys es tu amiga.
–Sí pero…
Ernust no supo que decir. Sabía que debía disculparse con Ophrys, después de todo ella no le había hecho nada. Pero no sentía ánimos de hacerlo en aquel momento, así que decidió esperar.
Cuando Ernust salió de clases, fue a esperar a Violeta en la entrada de la escuela. Mientras esperaba Ophrys pasó junto a él. Lo miró con unos ojos profundamente tristes, pero no le dijo nada, simplemente pasó de largo. Unos metros más adelante detuvo su paso, volteó, lo miró nuevamente, quería decir algo, pero se contuvo, volvió a dar media vuelta y se fue. Ernust no entendía que estaba pasando.
Al poco tiempo llegó Violeta, con su típica sonrisa. Lo abrazó y comenzó a hablar en un tono muy solemne.
–Ernust, no sé cómo, pero en poco tiempo llegaste a convertirte en mi mejor amigo… hoy me siento muy feliz, y quiero compartir esa felicidad contigo, sé que sólo tú vas a entender esto, porque sólo a ti te creo capaz de ello. Quiero presentarte a alguien, ven, acompáñame.
Ella lo guió de nuevo hacia adentro de la escuela. Fueron hacia los jardines. Se detuvieron justo en la banca dónde Ernust había dibujado el árbol con los ojos penetrantes de aquel extraño sueño. Ahí había un muchacho sentado, parecía esperarlos porque en cuanto llegaron se levantó. Violeta lo miró, luego volvió la vista hacia Ernust… sus ojos irradiaban una pasión vital, un enamoramiento, un deseo por la vida.
–Ernust, te presento a Peter, mi novio…
Se quedó despierto velando el sueño de su amada, hasta que vio que había llegado la hora para ir a la escuela. Despertó a Violeta con un tierno beso en los labios. Ella sonrió mientras abría lentamente los ojos. “Buenos días amor mío”. Cuanto placer experimentaba Ernust al escuchar su voz. Al ver sus ojos abiertos. Al sentirse parte de algo, parte de alguien. Él ya no era más Ernust. Ahora era un tanto porciento Ernust, el otro tanto Violeta. Él ya no podría estar jamás completo sin ella. Eso era lo que sentía. Eso era lo que sus ojos le decían a ella, y los de ella eran, igualmente, ojos de enamorada.
Estuvieron listos en poco tiempo, tomaron un desayuno ligero y se encaminaron a la escuela. Ahí, una vez más Violeta se despidió de él. “Te veo al rato, amor”, le dijo, le dio un abrazo y un beso, y se fue. Él sólo miró y se encaminó a su salón, con un bienestar y un deseo vital que jamás antes había experimentado.
Cuando se encontró con Ophrys, ésta lo primero que hizo fue preguntarle “¿Cómo estás?”
–De maravilla –respondió él.
–No me convences… es que, el asunto de Violeta…
–¿Qué pasa con ella? Es una chica maravillosa, y yo la amo.
–Ernust, no te lastimes de esa manera. No te hagas daño. Entiendo que ella sea tu amiga, es una linda y buena chica, pero ¿por qué crees que la amas? Más aún ¿qué te hace pensar que ella te ama a ti?
–¿Qué estás tratando de insinuar? –dijo él muy enojado. Iba a continuar con su discurso, pero prefirió no seguir la discusión sólo por el gran cariño que le tenía a su amiga. Aunque al no poder contenerse tampoco dio media vuelta y se fue. No volvió a hablarle a Ophrys durante el resto del día.
Más tarde, mientras cambiaba de salón para ir a otra clase, se encontró con Violeta. Ella lo saludó de lejos.
–Hola Ernust, disculpa por no llamarte ayer… –pero de inmediato se dio cuenta de su talante apesadumbrado, así que cambió el rumbo de la conversación– ¿qué te pasa? Te noto triste.
–Me enojé con Ophrys. Es que no me comprende. Pero, no te preocupes, me siento feliz, sé que tú sí me comprendes.
–¿Seguro que estás bien Ernust?
–Claro que sí, no te preocupes.
–Ahora sí podré hablar contigo sobre algo importante. Te veo a la salida ¿está bien?
–Claro…
Ernust iba a besarla, pero ella no le dio tiempo, sin más dio media vuelta y se fue. Ernust se sintió muy raro. ¿Qué le pasaba a Violeta? No lo sabía. Se sintió de pronto muy mal, por un lado no sabía que le pasaba a su amada, por otro lado su amiga estaba enojada, o más bien, él estaba enojado con su amiga.
En la siguiente clase encontró a Jazmín. Y le vino como anillo al dedo, pues encontró a la persona perfecta para desahogarse.
–Es que, no entiendo. Ophrys está como enojada, o no sé qué le pasa. Y Violeta, pues, está rara. Cuando va a casa se comporta muy cariñosa, muy atenta… pero en la escuela, parece otra, es como sí sintiera vergüenza de mí y no quisiera aceptar que soy su novio frente a sus amigos. Tal vez soy muy feo y por eso no quiere aceptarme… o tal vez… ¡ah!, no sé qué pasa.
–Ernust, eso no es normal. Una chica jamás se avergüenza de la persona que ama. Al menos yo te hablo desde mi experiencia personal. Yo hace ya bastante tiempo que no veo a Violeta, pero Ophrys va con ella en alguna clase, eso lo sabes, y tampoco se me hace normal que ella esté preocupada por ti y te pregunte “¿qué tienes?” nada más porque sí. Hay algo extraño en todo esto. Deberías hablar con ella.
–Tal vez tengas razón… pero no sé si ahora. La verdad es que no quiero dirigirle la palabra.
–Deja de comportarte como un niño inmaduro, Ernust. Ophrys es tu amiga.
–Sí pero…
Ernust no supo que decir. Sabía que debía disculparse con Ophrys, después de todo ella no le había hecho nada. Pero no sentía ánimos de hacerlo en aquel momento, así que decidió esperar.
Cuando Ernust salió de clases, fue a esperar a Violeta en la entrada de la escuela. Mientras esperaba Ophrys pasó junto a él. Lo miró con unos ojos profundamente tristes, pero no le dijo nada, simplemente pasó de largo. Unos metros más adelante detuvo su paso, volteó, lo miró nuevamente, quería decir algo, pero se contuvo, volvió a dar media vuelta y se fue. Ernust no entendía que estaba pasando.
Al poco tiempo llegó Violeta, con su típica sonrisa. Lo abrazó y comenzó a hablar en un tono muy solemne.
–Ernust, no sé cómo, pero en poco tiempo llegaste a convertirte en mi mejor amigo… hoy me siento muy feliz, y quiero compartir esa felicidad contigo, sé que sólo tú vas a entender esto, porque sólo a ti te creo capaz de ello. Quiero presentarte a alguien, ven, acompáñame.
Ella lo guió de nuevo hacia adentro de la escuela. Fueron hacia los jardines. Se detuvieron justo en la banca dónde Ernust había dibujado el árbol con los ojos penetrantes de aquel extraño sueño. Ahí había un muchacho sentado, parecía esperarlos porque en cuanto llegaron se levantó. Violeta lo miró, luego volvió la vista hacia Ernust… sus ojos irradiaban una pasión vital, un enamoramiento, un deseo por la vida.
–Ernust, te presento a Peter, mi novio…
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Esquizofrenia (5/10)
Ophrys se quedó atónita tras el relato de Ernust. Pero se sentía muy feliz por su amigo. Ambos se olvidaron de la clase. Ernust estaba tan emocionado y Ophrys tan contenta que a ninguno de los dos les importó perder una clase. Él hablaba entusiasmado, contó a Ophrys el extraño sueño, la súbita aparición de Violeta en la casa, sus sentimientos, su emoción, sus planes… era todo un mar de ideas y sentimientos.
–Ve más despacio, –le dijo Ophrys– no puedo entenderte nada. Pon en orden tu cabeza antes de comenzar el discurso.
–Lo siento, es que estoy tan emocionado… tan feliz.
Para Ernust el tiempo pasaba de manera muy lenta, contaba los segundos para poder estar nuevamente con Violeta. No prestaba atención a las clases. En lugar de ello, tomó una hoja de papel y comenzó a doblarla hasta que le dio forma de flor. Luego volvió a desdoblarla, la coloreó y volvió a darle forma. Pensó que sería un lindo detalle para Violeta. De hecho no pensaba en otra cosa que no fuera o estuviera relacionada con Violeta.
Al llegar la hora de la salida, Ernust salió del salón olvidando todo. Jazmín y Ophrys se quedaron un tanto contrariadas al percatarse de que su amigo ni siquiera se había acordado de decir adiós. Se miraron mutuamente y sonrieron.
Ernust se encontró con Violeta a la salida. Él la saludó desde lejos. Ella lo miró.
–¡Qué bueno que te encuentro, Ernust! –Le dijo– hay algo importante que quiero decirte. Me siento muy emocionada y feliz. Me gustaría mucho contártelo, pero ahora tengo un poco de prisa, debo irme, espero poder llamarte a tu casa al rato, si no te veo mañana, no tengo más tiempo por ahora. Te quiero mucho. Nos vemos.
Ella se fue sin decir más. Y él quedó triste y abatido. No entendía lo que estaba pasando. Había visto los ojos de Violeta mientras hablaba, ciertamente se veía feliz, su sonrisa se dibujaba más franca. A Ernust le pareció que su Violeta estaba experimentando exactamente lo mismo que él, ese renacer, ese contemplar el mundo cono ojos nuevos, con una mirada auténtica, ese amor por la vida. Se sintió feliz por ello, pero abatido porque no había entendido lo que pasaba. Sin embargo se fue a su casa para esperar la llamada de Violeta. Mientras caminaba no podía hacer más que pensar “¿qué será lo que quiere decirme?”
Llegó Ernust a su casa. No tardó mucho en sonar el teléfono. Ernust sentía que el corazón se le iba a salir del pecho, le dolía su palpitar. Con la mano temblorosa descolgó el auricular. Pero fue grande su decepción al escuchar que era Ophrys y no Violeta quien llamaba. “¿Estás bien?” le preguntó su amiga “sabes que cuentas conmigo, no estás solo”. Ernust no entendía lo que le pasaba a su amiga. ¿Qué clase de pregunta era aquella?, ¿a qué venía todo esto? Ernust se limitó a responderle “estoy bien, gracias. Debo dejarte espero otra llamada” y terminó la llamada.
Pasó una hora y el teléfono no sonaba. Ernust se sentía ansioso, quería incluso ser él quien llamara. Se sentó junto al teléfono y no quería separarse de él, ahí sentado transcurrió mucho tiempo sin que él se moviera de lugar. De pronto se sobresaltó al escuchar el sonido de la puerta abriéndose. Violeta entró en la habitación y corriendo hacia Ernust le dio un gran abrazo un y un apasionado beso.
–Ah, sé que dije que te llamaría, pero preferí venir personalmente.
–En la tarde me asustaste ¿qué es eso tan importante que quieres decirme?
–Sólo… –con esa sonrisa que hacía que Ernust se volviera loco dibujada en los labios, continuó– solo quería decirte lo mucho que te quiero. Ernust, estoy enamorada de ti.
Los ojos de Ernust se llenaron de lágrimas. Estaba tan feliz que no podía dejar de llorar. Él había llorado muchas veces, pero jamás de alegría, por lo tanto era un sentimiento extraño el sentirse tan bien y sin embargo no poder contener las lágrimas.
Violeta lo abrazaba, lo besaba y le susurraba palabras al oído. Él respiraba el perfume de su piel, de su cabello. Miraba sus ojos, le parecían dos enormes luceros que irradiaban un haz con los colores que daban vida al mundo. Se sentía invadido por su aliento, sentía como lo respiraba y su amor se iba internando en lo más profundo de su ser. Estaba completamente perdido, extasiado.
Ella se quedó toda la tarde a lado de Ernust. Él la miraba, acariciaba su rostro, a ratos la abrazaba y se prendaba de ella, no quería soltarla, no quería sentirla ni un centímetro lejos. Entonces la abrazó, y ella hizo lo propio, ella lo apretó contra su pecho y él, inexplicablemente, comenzó a sentir un terrible miedo de la soledad. Hasta entonces había permanecido con los ojos cerrados, disfrutando del momento con todos los demás sentidos. Pero en ese momento, al abrir los ojos, encontró su pequeña casa demasiado grande, se le antojó demasiado sola, demasiado callada, demasiado tétrica. Sintió un miedo terrible de quedarse solo. Apretó un poco más a Violeta, lo suficiente como para que ella no pudiera soltarse, pero no tanto como para hacerle daño. Como si fuera un niño que teme a la oscuridad, que no quiere que su madre lo deje solo en su habitación. Afuera comenzaba ya a oscurecer. Ernust entendía que Violeta debía irse, pero no quería que eso pasara. Así, que sin más rodeos comenzó a hablar.
–Violeta… tengo miedo. No quiero que te vayas, no quiero sentirme solo. Esta estancia es tan fría, y tú… el calor de tu cuerpo, tu mirada… no quiero que te vayas. Parece que he vivido siglos en la soledad, y hoy que estás aquí, que te siento, que siento que eres la única persona en este mundo que me entiende, que me comprende, que me ama por quién soy, entonces no quiero volver a estar solo. Ahora que estás aquí parece como sí jamás hubiera estado yo solo, y no sé si pudiera acostumbrarme a la soledad. Pero hoy tengo miedo… hoy no quiero que te vayas. Sin embargo sé que tal vez te estoy pidiendo demasiado… te puedo acompañar a tu casa…
–Ernust… –dijo ella con una voz llena de compasión y de comprensión– ¿quién hablo de irse? Me quedaré contigo, toda la noche si es necesario. No tienes nada que temer.
Todo el miedo de Ernust se disipó con las palabras de Violeta. Ambos fueron a la habitación. Se acostaron sobre la cama. Violeta contempló su retrato y alabó la técnica del artista. Esa noche fue fría. Ambos se abrazaron. Ernust se acostó en el pecho de Violeta y se quedó profundamente dormido.
–Ve más despacio, –le dijo Ophrys– no puedo entenderte nada. Pon en orden tu cabeza antes de comenzar el discurso.
–Lo siento, es que estoy tan emocionado… tan feliz.
Para Ernust el tiempo pasaba de manera muy lenta, contaba los segundos para poder estar nuevamente con Violeta. No prestaba atención a las clases. En lugar de ello, tomó una hoja de papel y comenzó a doblarla hasta que le dio forma de flor. Luego volvió a desdoblarla, la coloreó y volvió a darle forma. Pensó que sería un lindo detalle para Violeta. De hecho no pensaba en otra cosa que no fuera o estuviera relacionada con Violeta.
Al llegar la hora de la salida, Ernust salió del salón olvidando todo. Jazmín y Ophrys se quedaron un tanto contrariadas al percatarse de que su amigo ni siquiera se había acordado de decir adiós. Se miraron mutuamente y sonrieron.
Ernust se encontró con Violeta a la salida. Él la saludó desde lejos. Ella lo miró.
–¡Qué bueno que te encuentro, Ernust! –Le dijo– hay algo importante que quiero decirte. Me siento muy emocionada y feliz. Me gustaría mucho contártelo, pero ahora tengo un poco de prisa, debo irme, espero poder llamarte a tu casa al rato, si no te veo mañana, no tengo más tiempo por ahora. Te quiero mucho. Nos vemos.
Ella se fue sin decir más. Y él quedó triste y abatido. No entendía lo que estaba pasando. Había visto los ojos de Violeta mientras hablaba, ciertamente se veía feliz, su sonrisa se dibujaba más franca. A Ernust le pareció que su Violeta estaba experimentando exactamente lo mismo que él, ese renacer, ese contemplar el mundo cono ojos nuevos, con una mirada auténtica, ese amor por la vida. Se sintió feliz por ello, pero abatido porque no había entendido lo que pasaba. Sin embargo se fue a su casa para esperar la llamada de Violeta. Mientras caminaba no podía hacer más que pensar “¿qué será lo que quiere decirme?”
Llegó Ernust a su casa. No tardó mucho en sonar el teléfono. Ernust sentía que el corazón se le iba a salir del pecho, le dolía su palpitar. Con la mano temblorosa descolgó el auricular. Pero fue grande su decepción al escuchar que era Ophrys y no Violeta quien llamaba. “¿Estás bien?” le preguntó su amiga “sabes que cuentas conmigo, no estás solo”. Ernust no entendía lo que le pasaba a su amiga. ¿Qué clase de pregunta era aquella?, ¿a qué venía todo esto? Ernust se limitó a responderle “estoy bien, gracias. Debo dejarte espero otra llamada” y terminó la llamada.
Pasó una hora y el teléfono no sonaba. Ernust se sentía ansioso, quería incluso ser él quien llamara. Se sentó junto al teléfono y no quería separarse de él, ahí sentado transcurrió mucho tiempo sin que él se moviera de lugar. De pronto se sobresaltó al escuchar el sonido de la puerta abriéndose. Violeta entró en la habitación y corriendo hacia Ernust le dio un gran abrazo un y un apasionado beso.
–Ah, sé que dije que te llamaría, pero preferí venir personalmente.
–En la tarde me asustaste ¿qué es eso tan importante que quieres decirme?
–Sólo… –con esa sonrisa que hacía que Ernust se volviera loco dibujada en los labios, continuó– solo quería decirte lo mucho que te quiero. Ernust, estoy enamorada de ti.
Los ojos de Ernust se llenaron de lágrimas. Estaba tan feliz que no podía dejar de llorar. Él había llorado muchas veces, pero jamás de alegría, por lo tanto era un sentimiento extraño el sentirse tan bien y sin embargo no poder contener las lágrimas.
Violeta lo abrazaba, lo besaba y le susurraba palabras al oído. Él respiraba el perfume de su piel, de su cabello. Miraba sus ojos, le parecían dos enormes luceros que irradiaban un haz con los colores que daban vida al mundo. Se sentía invadido por su aliento, sentía como lo respiraba y su amor se iba internando en lo más profundo de su ser. Estaba completamente perdido, extasiado.
Ella se quedó toda la tarde a lado de Ernust. Él la miraba, acariciaba su rostro, a ratos la abrazaba y se prendaba de ella, no quería soltarla, no quería sentirla ni un centímetro lejos. Entonces la abrazó, y ella hizo lo propio, ella lo apretó contra su pecho y él, inexplicablemente, comenzó a sentir un terrible miedo de la soledad. Hasta entonces había permanecido con los ojos cerrados, disfrutando del momento con todos los demás sentidos. Pero en ese momento, al abrir los ojos, encontró su pequeña casa demasiado grande, se le antojó demasiado sola, demasiado callada, demasiado tétrica. Sintió un miedo terrible de quedarse solo. Apretó un poco más a Violeta, lo suficiente como para que ella no pudiera soltarse, pero no tanto como para hacerle daño. Como si fuera un niño que teme a la oscuridad, que no quiere que su madre lo deje solo en su habitación. Afuera comenzaba ya a oscurecer. Ernust entendía que Violeta debía irse, pero no quería que eso pasara. Así, que sin más rodeos comenzó a hablar.
–Violeta… tengo miedo. No quiero que te vayas, no quiero sentirme solo. Esta estancia es tan fría, y tú… el calor de tu cuerpo, tu mirada… no quiero que te vayas. Parece que he vivido siglos en la soledad, y hoy que estás aquí, que te siento, que siento que eres la única persona en este mundo que me entiende, que me comprende, que me ama por quién soy, entonces no quiero volver a estar solo. Ahora que estás aquí parece como sí jamás hubiera estado yo solo, y no sé si pudiera acostumbrarme a la soledad. Pero hoy tengo miedo… hoy no quiero que te vayas. Sin embargo sé que tal vez te estoy pidiendo demasiado… te puedo acompañar a tu casa…
–Ernust… –dijo ella con una voz llena de compasión y de comprensión– ¿quién hablo de irse? Me quedaré contigo, toda la noche si es necesario. No tienes nada que temer.
Todo el miedo de Ernust se disipó con las palabras de Violeta. Ambos fueron a la habitación. Se acostaron sobre la cama. Violeta contempló su retrato y alabó la técnica del artista. Esa noche fue fría. Ambos se abrazaron. Ernust se acostó en el pecho de Violeta y se quedó profundamente dormido.
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