lunes, 19 de septiembre de 2011

El aplastante peso del ocaso

Salió por la puerta principal y se dirigió a su vehículo. Con una enorme sonrisa en los labios ocultó sus lágrimas tras un prolongado abrazo porque “los chicos no lloran”. Sin palabras para que su voz no se escuchara entrecortada… No había en realidad nada más que decir, tal vez esas palabras que él mismo había propuesto callar y nada más. Pero no dijo nada, sólo enjugó sus lágrimas con toda la fuerza de su corazón y subió a su automóvil dispuesto a emprender su viaje.


Su camino de regreso era muy diferente al camino de venida. El primer viaje estaba lleno de confusión, casi miedo. Realmente no sabía a dónde iba, no sabía que iba a encontrar. El miedo a lo desconocido oprimía su alma de una forma inenarrable. En cambio su regreso era un camino ya conocido, sólo que ahora luchaba por romper una banda elástica que lo mantenía unido a ese lugar. No es que quisiera romperla realmente, es que debía hacerlo, y así lo hizo.

Partió ya de tarde, cuando el sol había recorrido ya la mayor parte de su carrera. Y mientras más se alejaba de aquel lugar la luz lo iba abandonando poco a poco. Que difícil fue para él pronunciar unas palabras tan estoicas, aquellas palabras que lo ataban inevitablemente a lo que debía ser y no a lo que él quería. Y mientras el sol se perdía en el horizonte, el sentía que debía cargar con todo el peso del astro para evitar que terminara de caer.

Luego simplemente se quedó a solas en la oscuridad… lo peor apenas iba a comenzar.

martes, 2 de agosto de 2011

Al compás

"¡Vamos a bailar!"

"Pero, si tú no bailas." Me dijo mientras me dirigía una sonrisa y una me lanzaba una mirada de asombro.

"Ya lo sé. Y tampoco ignoro que a ti tampoco te gusta. Es sólo que pensé que tal vez podríamos bailar esta noche."

Ella me miró con curiosidad durante un rato. Luego agregó: "¿Y por qué querríamos hacer algo así? Bien sabes que no me gusta la música para bailar, además de que ni sé ni quiero aprender, ya te he dicho lo que pienso sobre eso"

"Y por ello fue que me fijé en ti, no creas que lo olvido" le respondí. "Pero lo que te estoy proponiendo no es ir a bailar música común a un lugar común lleno de gente común."

"¿Qué tienes en mente?" me preguntó. "¿Uno de esos lugares extraños donde la gente se siente intelectual y creen que bailan de forma distinta? Finalmente se termina sempre en lo mismo..."

"Lo sé, lo sé, pero escúchame. No te propongo ir a ningun lugar, no te propongo ningún tipo de música. Yo quiero bailar contigo al compás del universo. Acompañados sólo por planetas, soles y cometas. En ese lugar donde ningún instrumento es capaz de producir sonido, porque no se necesita música, ni pista, ni nada más que tú y yo."

No dijimos nada más, ella simplemente tomó mi mano y fuimos a bailar.

miércoles, 27 de abril de 2011

Troya

Luego de diez años de enfadosa lucha sin resultados, el ejército aqueo, comandado por Agamenón, estaba ya cansado del sitio a la infranqueable ciudad. Aunado a ello, una terrible peste asoló el campamento causando grandes bajas al ya de por si desmoralizado ejército.

Los grandes comandantes comprendían que habían ofendido algún dios y que debían congraciarse con él, sin embargo, el grueso del ejército –compuesto por gente sencilla, por campesinos que habían abandonado sus tierras y sus familias por orden de sus reyes– no tenía idea de lo que estaba pasando, para ellos sólo había muerte, hambre, desolación y una causa perdida. Habían ido a luchar a esa tierra extranjera, dejando toda su vida atrás, sólo por recuperar a una mujer: la más bella del mundo, decían las leyendas. Pero para un simple soldado la causa era vana, por muy bella que fuera Helena, no valía una guerra tan larga, además, esa belleza le pertenecía sólo a Menelao, su legítimo esposo, y un simple y llano guerrero tenía que morir sin albergar siquiera la esperanza de poder yacer en el lecho de Helena.

Todas las esperanzas aqueas de que la guerra tocara su fin estaban puestas en Aquiles, aquel guerrero, hijo de una diosa, a quien se creía invencible. Aquiles peleaba por la fama que la victoria acarrea consigo. ¿Qué le importaban a él Helena, o la causa de los griegos, o el monopolio económico que vendría con la conquista de la ciudad? En cambio, en Troya, todas las miradas estaban puestas en Héctor, hombre valeroso, sin duda, pero que no estaba a la altura de aquel legendario guerrero Aquiles. Héctor lo sabía, sin embargo, no temía enfrentar a su rival, temía más por el futuro de su esposa y su hijo una vez que cayera él, el más honorable de los troyanos.

Una confrontación entre Agamenón y Aquiles estuvo a punto de poner fin a la guerra, porque, si Aquiles partía –ofendido como estaba– la escasa moral que les quedaba a los aqueos se desvanecería y ya no verían razón para luchar, más aún, sin Aquiles entre sus tropas ninguno podría ver a Héctor acercarse a la batalla en las filas de vanguardia sin sentir que sus piernas se debilitaban y su cuerpo caía al piso presa del horror. Agamenón estaba consciente de que él no era nada sin Aquiles, no es que sintiera miedo de Héctor, pero tampoco es que quisiera enfrentarlo en batalla, así que, tragándose su orgullo, prefirió pedir disculpas a Aquiles para que la guerra continuara en buenos términos para los aqueos.

Sin embargo, imposible sería evitar que los destinos de Héctor y Aquiles se encontraran en una trágica batalla donde uno de ellos iba a morir. Esto estaba previsto, no por el destino, sino por la cólera de un par de diosas que, en busca de venganza, habían provocado que se desatara la cruel guerra de Troya. Todo el problema se originó varios años atrás, cuando Discordia se presentó con un regalo mientras se celebraba una boda: Era una manzana de oro que tenía inscrita la leyenda “para la más bella”. Afrodita, Atenea y Hera se disputaron aquella presea. Como no había manera de que ninguna de ellas aceptara que la otra era más bella decidieron que la decisión debía tomarla un mortal. Eligieron a Paris, hermano de Héctor, como juez. Las tres, jugando un tanto sucio, quisieron sobornar al inexperto jovenzuelo ofreciéndole dones que sólo ellas podían otorgarle, pero la astuta Afrodita, conociendo los corazones de los mozos en desarrollo, le ofreció un regalo que le sería imposible rechazar: a Helena, la mujer más bella del mundo. El fallo, como es de imaginarse, se dio a favor de Afrodita. Las otras dos diosas, encolerizadas, juraron venganza. Así fue como, en su cólera, creyeron que la mejor forma de vengar la afrenta de Paris, borrarían la ciudad de Troya del mapa, por ser la ciudad natal del joven que las había ofendido.

Cruel desgracia la de Héctor, tener que morir él, que jamás había pensado siquiera ofender a las diosas que ahora causaban su perdición. Así fue como finalmente, Héctor se encontraba tras las murallas infranqueables de Troya, detrás de la puerta, sabiendo que su muerte llegaría en breve, su padre y su esposa lloraban amargamente, le pedían que no saliera… afuera aguardaba Aquiles, éste había mandado llamar a Héctor exclusivamente, quería luchar con él y sólo con él. Héctor se puso su armadura lentamente, no tenía prisa, pero tampoco estaba alargando su suerte. Tomó su casco y se paró tras la inmensa puerta que defendía su ciudad. Ordenó que se abrieran las puertas, afuera aguardaba Aquiles y el ejército Aqueo. Las puertas comenzaron a abrirse y se hizo un silencio espantoso… todo el mundo estaba a la expectativa, los mismos dioses se había reunido en el cielo para ver lo que iba a ocurrir.

Salió Héctor al encuentro de Aquiles, lo miró con una amplia sonrisa en el rostro, llevaba en una mano su casco, salió sin lanza o espada. Caminó con paso firme, pero lento hacia donde Aquiles estaba, se paró frente a él, lo miró, lo abrazó… Aquiles se sintió desconcertado. Finalmente Héctor le habló:

“Hermano, sé has venido aquí con el único propósito de acabar con mi vida. En cualquier otra circunstancia te daría las gracias, hoy no será la excepción, no obstante, me gustaría antes comunicarte mi pensamiento. No se nos oculta, por nuestro noble linaje, que estamos el día de hoy, aquí, peleando por Helena. Pero tú bien sabes que esa mujer nada tiene que ver contigo, ni conmigo, ni con Troya ni con todas las ciudades griegas que se han reunido aquí para reclamarla. Helena es un conflicto entre Paris y Menelao que los dioses han querido hacer más grande. Glorioso es morir por el honor cuando se nos ha arrebatado por la fuerza, entonces luchar por una causa propia se convierte en la mayor de las virtudes, no hay vida más gloriosa que la que termina en el campo de batalla. Sin embargo, yo te pregunto ¿qué de gloria encuentras en morir por arbitrio caprichoso de los dioses? Un gran honor sería para mí morir abatido por tu lanza si acaso mi ciudad le hubiera hecho algún mal a la tuya. Pero ambos sabemos que el día de hoy uno de nosotros morirá, yo moriré, sólo porque tres diosas jugaron un juego y no supieron perder. Hoy es voluntad de Atenea y Hera que Troya caiga y Afrodita no es lo suficientemente fuerte para defenderla. ¿Por qué, hermano? ¿Por qué pelear defendiendo los caprichos de aquellas? ¿Por qué derramar nuestra sangre mortal y por qué dedicar nuestros esfuerzos en combate por aquellas que pueden aplastarnos en un solo instante? ¿Por qué servir de diversión para los inmortales? Yo no desconozco tu fuerza, ni pretendo conservar mi vida, sólo me gustaría ser justo. ¿Por qué los humanos debemos cargar con los conflictos de los inmortales, cuando ya nuestros propios conflictos son suficientes para agobiar nuestras espaldas? Piénsalo, y si después de pensar aún quieres acabar con mi vida por una razón vana, no opondré ninguna resistencia”

Y acabando de hablar comenzó a desembarazarse de su armadura y se sentó en el suelo. Aquiles entonces miró hacia el cielo durante un largo rato, luego tomó su lanza y se preparó para disparar… Dirigió su disparo con la mayor fuerza que pudo hacia el cielo, dio la mano a Héctor, lo abrazó, luego dio media vuelta y se fue ante la mirada expectante de dioses y hombres.

domingo, 3 de abril de 2011

Entre la gente



A veces te extraño, cuando, a mitad de la noche se enciende algún pálido lucero, pienso en ti...

viernes, 18 de marzo de 2011

Experimento

Mi costumbre es ir los viernes a tomar
–E invertir mi salario en cerveza
Para alejar penas de mi cabeza–
Oculto en un rincón del oscuro bar

Salgo una noche con paso peculiar
Frente a mí una joven atraviesa
Ebrio quedo por su extrema belleza
Y le Digo “¿Te puedo acompañar?”

Apresurados vamos a su casa
Ella muerde mi cuello con fiereza
Mientras me desangro el tiempo pasa

Despierto recostado en la Marquesa
Y débil por la tremenda resaca
Insufrible es el dolor de cabeza.

lunes, 28 de febrero de 2011

Si es cremoso es baboso

¿Se han dado cuenta de lo tremendamente estúpidos que son la mayoría de los comerciales que transmiten por televisión? Digo, se supone que deben ser lo suficientemente llamativos pero ¿por qué deben hacerlos tan ilógicos, incoherentes y tontos? Sé que siempre ha habido y habrá malos publicistas, aunque también los hay muy buenos, pero, vamos, últimamente tenemos una enorme abundancia de los primeros.

¿No están convencidos de mis palabras? Analicemos, pues, algunos de los más incoherentes. Por ejemplo, aquel que dice más o menos así: “¿Te has puesto a pensar que pasaría si pudiéramos detener el tiempo? Los besos durarían semanas, y esa luna llena sería para siempre…” Para comenzar, si detienes el tiempo no existiría la noción de semana, ni siquiera existiría un “para siempre”, porque el “siempre” implica justamente la duración perpetua ¡en el tiempo! Así que, creyendo que existe tal posibilidad, teniendo el tiempo detenido, un beso no puede durar semanas, el carácter durativo no existiría, no habría forma de determinar la duración de algo, porque sin tiempo no hay concepto de segundo, minuto, hora, día, etc.

Bueno, no se quieren meter en cuestiones físicas, veamos otro ejemplo entonces. “Ya llevamos DOS horas de novios y aún no has cambiado tu estado de soltero en Facebook… te da pena andar conmigo ¿verdad?” Dos horas… Este comercial no sé si refleja lo superficial de nuestra sociedad o trata de ejemplificar la idiotez de los seres humanos, como quiera que sea, esto sólo tomaría sentido tomando en cuenta la tontería del ejemplo anterior, porque dos horas durarían semanas.

Y ya que seguimos con anuncios de banda ancha móvil, que me dicen de aquel que está en dos partes. En la primera parte una chica como de 15 años está triste porque tiene frenos en los dientes y entonces nadie le va a hacer caso. Lo anterior me parece típico en el comportamiento de un adolescente y quizá hasta sea normal. Pero sigamos con el anuncio. La madre de la muchacha se conecta a internet y le sugiere que le mande una invitación (una vez más a Facebook, extraño no) para ser amigos al chico que le gusta. La niña lo hace y en el momento el muchacho saca un Black Berry (ya saben, todos los adolescentes llevan un teléfono con red 3G consigo) de su bolsillo y acepta la invitación. En la segunda parte el mismo muchacho va a la casa de la muchacha a hacer tarea “porque no tiene internet”. Puede pagar un plan de red 3G pero no tiene internet. ¡Genial! ¿No?

Y que me dicen de esas cancioncitas idiotas de “vamos a llamar el doble de tiempo…” o “soy ejecutivo, tengo un Smartphone” Por dios, eso es para retrasados mentales. Si gastan tanto dinero haciendo publicidad ¿por qué rayos no la hacen bien? O aquello de “El mejor lugar para trabajar es el que te gusta” porque obviamente todo tu trabajo consiste en entrar a internet y buscar a tus compañeras nuevas en Facebook (¿no les parece que ya mencioné esto tres veces?).

Los peores, creo yo, son esos comerciales de “si es cremoso es granoso, a ti te sirve pero a mí no…” o “tu maquillaje me sacó granos”. Para comenzar ponen a una niña malcriada gritándoles a sus padres, en segundo lugar ponen a unos padres con cara de arrepentimiento por lo que hicieron. Digo, unos padres que de verdad amaran a sus hijos les enseñarían a respetarse a sí mismos en lugar de estarse preocupando por un maldito grano. En segundo lugar nos están diciendo que la vida de nuestros jóvenes gira alrededor del susodicho grano. Además está comprobado por un psiquiatra profesional que el no sé qué porcentaje de los adolescentes con acné piensan en el suicidio. Y lo peor de todo, antes pasaban a un escuincle baboso con su cara de cacahuate garapiñado con una severa depresión porque sus padres se preocupaban más por el dinero que por ver por el bienestar de su hijo. Pero ahora no, ahora todos los anuncios son de muchachas también con cara de cacahuate garapiñado. O sea que el mercado ha pasado a ser exclusivo de las mujeres porque las mujeres son más cabezas huecas que los hombres ¿no?

Ah, pero también están aquellos anuncios que dicen que los hombres piensan con las axilas. El transpirar por las axilas les impide pensar bien, supongo que es porque el sudor empaña los pensamientos. O aquel que “no es lo mismo festejar sin levantar los brazos…” por dios no tiene sentido. Pero eso sí, los hombres que piensan con el sobaco consiguen a las mujeres más atractivas. Yo supongo que lo anterior se debe a que una mujer cabeza hueca que en su adolescencia usó maquillaje contra las imperfecciones “complementa en sentido contrario” a un hombre que piensa con las axilas secas.

Hay alguna publicidad que no es precisamente mala como aquella de “por los que se hicieron fama y se echaron a dormir” aunque, en lo personal, jamás he entendido que tiene que ver el alcohol con el tema. Simplemente no tiene sentido.

Y los anuncios del gobierno son de lo peor que existe, ahora, además, incluyen subtítulos para que puedas leer lo que dicen…

No entiendo por qué los anuncios deben ser tan tontos. ¿Acaso están pensados sólo para llamar la atención de la gente tonta…? Olvídenlo, creo que ya tengo la respuesta.

jueves, 3 de febrero de 2011

La despedida. El final

Caminamos en silencio durante un largo rato. El silencio se iba tornando cada vez más incómodo con forme avanzaba el tiempo. Yo me sentía molesto, todo me molestaba. “Se está nublando” dijo ella. Su voz me irritaba, no podía soportarla. ¿A qué había venido? ¿Por qué caminaba conmigo? Yo la miré con desprecio, ella se percataba de mi febril estado, yo lo sabía, pero dentro de su alma, un alma buena, quería ayudarme… no sabía que no se puede ayudar a quien está completamente extraviado.

“Pronto lloverá” volvió a decir. Su voz desgarraba el silencio y yo la odiaba por eso. Seguí caminando sin decir nada, con la mirada clavada en el suelo, como si quisiera encontrar el camino que desciende al infierno. Sí, eso era lo que deseaba. Ella me seguía, no se apartaba de mi lado. En el cielo resonó un trueno que anunciaba la pronta llegada de la lluvia. Eso me alegró, yo podría caminar bajo la lluvia esperando que un rayo terminara con mi existencia con la única esperanza de que ella buscara un refugio para resguardarse de la lluvia.

Sentí la primera gota mojar mi cabello. Levanté la mirada hacia ella y la vi con una sonrisa malévola, incluso cruel. No dije nada. Caminamos hasta refugiarnos bajo un techo. Ella temblaba de frío. Se quedó parada, inmóvil bajo el techo. Yo di media vuelta y me dispuse a caminar. “Espera…” gritó ella al tiempo que me sujetaba de un brazo. Las lágrimas comenzaron a dibujarse en su rostro. Yo la miré con verdadero desprecio. Odiaba profundamente su llanto, odiaba sus manos tratando de aferrarse a mí, pero lo que más odiaba es que sus lágrimas no fueran de tristeza, sino de pena, de misericordia, de… lástima, tal vez. ¿Qué creía, que me hacía un favor, que mi corazón se ablandaría sólo por sus estúpidas lágrimas?

No. Yo era un ser vil y desgraciado, incluso cruel pero sumamente orgulloso, soberbio y altanero. Así que sin decir una sola palabra me desembaracé de sus manos y comencé a caminar bajo la lluvia, ella se quedó atrás, mirándome partir, mientras yo explotaba en una frenética y maniática carcajada que se opacaba con el estruendo de los truenos celestes.